Punto crítico

Dimensiones

Adoro la hora del almuerzo. Me gusta porque es la hora en la que mi compañero de piso y yo hablamos de las cosas más absurdas. Simples y profundas a la vez. Después del rutinario cómo te ha ido el día, se rompe la veda de la cordialidad para terminar en un imperioso: ¿Por qué no hacemos nada contra los crímenes de Ciudad Juárez? Yo siempre le contesto con la misma monserga a casi todo lo que me plantea. Un discurso comodín, bien estructurado, que me salva ante los ojos de los cultos y me exime de lo estrictamente pedante: que si los poderes fácticos, que si el periodismo, que si las mafias, que nuestros Smartphones, que la tiranía... Le contesto a él y a mí misma, porque ¿qué puedo decir yo a la brutalidad que están haciendo con mujeres al otro lado del Atlántico si la agenda no me las trae nunca para dejarlas instaladas en la conciencia? Como no me trae a Irak o a la rebelión del Congo, salvo que, como se ha leído ahora, sea demasiado difícil ignorarlo. Hoy he volcado un texto sobre moños de flamenca, sigo después de mi discurso del principio, esperando que vea en la nueva historia el egoísmo que de ello se desprende. El mundo es así, le concluyo ante su parsimoniosa mirada. Tiene la manía, mi compañero, de echar siempre la llave, porque si no alguien puede entrar y violarnos (a los dos), me insiste. Como sé que la casa es de ambos, obedezco ipso facto y cada vez que salgo o entro, tuerzo la muñeca para que la ruidosa doble vuelta del mecanismo nos deje aislados y a salvo del exterior. Estoy jodida, siguen las conversaciones, otro día cualquiera. Tú no sabes lo que es estar jodida niñita del primer mundo, sentencia. Y me vuelve a sacar de esta burbuja para tirarme al fango de lleno. Con un empujón dialéctico que me es imposible de esquivar. Le cuento cosas de mi familia, que los echo de menos, que estoy harta del mundo, que este individualismo me va a volver loca, y entonces él, me cuenta las veces que lo han atracado a punta de pistola, el día que discutió con unos vecinos y tuvieron que apagar las luces porque el tipo los amenazó con matarlos, los rituales de su abuela con el perfume un coco seco para quitarle el asma. Historias que se me parecen a las del viejo Melquíades en Macondo: aunque esto no se lo he dicho. Entonces me envía de nuevo al charco, al marrón y pegajoso ungüento de tierra viscosa y agua del que me es imposible escapar. Es un joven venezolano, poeta y profesor de literatura, pero tremendamente racional. Él rompe de bruces mi etnocentrismo cada vez que le hablo de las relaciones, del amor, de la suerte. Lo desmigaja, como si fuera pan duro y seco que se le convierte en polvo entre los dedos. Cada vez que me pierdo entre temas tan de mentira, tan propagandísticos, tan irrelevantes para la vida, él me habla de las guerras, del machismo, de las oblaciones. Cada vez que el mundo, mi pequeño y absurdo mundo, se me cae encima por minucias adquiridas y no propias, él me grita desde la cocina, terminando ya de fregar los últimos platos, hastiado de discutir sobre Méjico o el Congo o Irak: ¡Espabila, mamagüevo, espabila, que la vida se te escapa!

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