Tatuajes a flor de piel ilustre

Eva Longoria borra el tatuaje que llevaba dedicado a Tony Parker. La actriz lucía en la parte trasera de su cuello la palabra Nine, en honor su ahora ex marido, jugador de baloncesto que llevaba el número nueve como dorsal.

Regla número uno del tatuaje: no marcarse con nada vinculado a parejas sentimentales, pues lo que se hace como un gesto de compromiso sin fecha de caducidad acaba siendo una cicatriz que nunca terminará de borrarse. Aunque quizá con la evolución de la tecnología venga una maquinita que los quite de manera indolora y definitiva. Sin duda le sería muy útil a Kat von D (en la imagen) en caso de querer mudar la piel: la estrella del televisivo LA Ink es un lienzo andante, a la par que una artista que cambia los pinceles por agujas. Uno se sienta a ver su programa esperando entretenerse con rockeros trasnochados, pidiendo brazaletes de espino a lo Pamela Anderson. Pero las motivaciones son muy distintas a estos prejuicios: haber superado un cáncer, honrar a un ser querido fallecido o sobrevivir milagrosamente a un accidente de tráfico llevan a personas corrientes a pedirle al tatuador que refleje en la piel una metáfora de esa vivencia para no olvidarla jamás. Y no lo hacen con ánimo victimista, sino para aprender a vivir diariamente con ello y enfocarlo hacia un ámbito de superación personal. El tatuaje como terapia; qué cosas. Pero no vayamos a pensar que son modernidades del siglo XXI: ya en el antiguo Egipto se le confería al 'tattoo' funciones mágicas.

Y es que la clave para no tener que imitar a Eva Longoria es optar por diseños no influenciados por modas ("se llevan las letras chinas", "ahora lo élfico") y ser honesto con uno mismo apostando por sentimientos que no caduquen.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios