Abandonado

  • Los vecinos de la antigua Escuela de Relaciones Laborales y el Palmera Plaza continúan denunciando la insalubridad de las dos céntricas construcciones

"No me llames vida; llámame cielo, que la vida se acaba y el cielo es infinito". Es lo que reza uno de los grafitis que se encuentra en las paredes del edificio de la antigua bodega Díez-Mérito, un lugar que a día de hoy yace abandonado en pleno corazón de Jerez por la Junta de Andalucía. La frase parece ser aclaratoria de lo que le ocurrió a este viejo casco bodeguero, otrora también sede de la Escuela de Relaciones Laborales. Antes gozaba de una vida extraordinaria, pero con el paso de los años se ha quedado sin ella, pareciendo el abandono infinito, quedándose sus paredes con la única compañía de ratas, serpientes, lagartijas y otros animales.

Los vecinos llevan varios años denunciando la insalubridad que supone tener un edificio de estas características abandonado. Y eso que debía ser un centro médico. Ese era el proyecto que tenía la Junta de Andalucía para ese edificio hace más de una década. El ente regional sigue queriendo transformarlo, aunque de momento no hace nada por arreglarlo: lo único que continúa haciendo es pagar el alquiler de la otra edificación donde se ubican las instalaciones del Servicio Andaluz de Salud que debían estar en ese mismo lugar.

Que sea una selva en pleno corazón de Jerez -justo al lado de la estación de tren y de autobuses- ya es lo de menos para los vecinos. Los animales han colonizado el edificio y amenzan con hacer lo mismo con los colindantes. Pilar exclama que este no es un edificio cualquiera, pues ocupa prácticamente una manzana: "Tenemos hasta 9 cubos de basura cerca -en la calle Diego Fernández Herrera-, por lo que las ratas tienen comida de sobra para alimentarse y campar a sus anchas", denuncia. Estos animales son su peor pesadilla. "El otro día llevé el coche a la revisión del taller y me dijeron que tenía un nido al lado del motor, que se habían comido una espuma protectora que trae y que podían hacer lo propio con parte de la electrónica o haber entrado incluso dentro del habitáculo", expone antes de aclarar que ya le da "asco hasta sacar a mi perra por estas calles".

No es la única vecina que ha tenido problemas con las ratas en su coche. Los roedores han perdido el miedo a salir a las zonas colindantes del edificio e intentan colonizar el garaje del edificio de al lado. A Bárbara también le han entrado ratas en el capó del coche: "Fui al taller y me dijeron que dentro tenía huellas de rata, que tuviera cuidado porque si roían algún cable eso no me lo cubría ningún seguro".

La desratización no es una solución. Comerciantes del lugar afirman que si llevan a cabo esta acción, "nosotros tenemos que irnos". Lo mismo le dijeron a Pilar los técnicos del Ayuntamiento que se han acercado a ver la zona: "Vino un hombre y nos dijo que era imposible desratizar. Además, decía que, aunque lo hicieran, las ratas están dentro del edificio y se refugiarían ahí. La única solución sería caerlo entero".

Poca vida humana pasa por el edificio. En los últimos tiempos y a plena luz del día se han llevado las rejas de los ventanales, que ya no oponen resistencia a ningún asaltante. En el patio, un palé de madera y unas pequeñas escaleras son las pistas fundamentales para ver que allí entra todo aquel que tenga voluntad y una mínima agilidad.

Los grafiteros tienen barra libre para expresar su arte en las paredes de este edificio abandonado. La misma frase sirve para pasar de la antigua Escuela de Relaciones Laborales al lujoso hotel Palmera Plaza. Por la mañana llegan jóvenes con mochilas a sus espaldas: "No, nosotros no venimos a hacer grafitis. Pero, que sí, que aquí se ponen a hacerlos". No hace falta imaginarlo: las paredes están llenas de pintura firmada por unos artistas cuyo dominio del spray a veces no es mucho mejor que la salud del edificio.

En lo que antes fueron lujosas habitaciones ya no queda nada. El expolio es tal que, para entrar, no hay más que salvar un pequeño muro que a un niño de 10 años no llegaría ni a la cintura. Y dentro hay vida que intenta llevarse lo poco que queda. "Veníamos buscando unos apliques para los extintores, pero ya no quedan, se lo han llevado todo", dice uno de los dos hombres que miran de soslayo al ver dos personas extrañas entrar.

Por allí también anda un hombre que afirma ser vecino y muestra el edificio como si fuera el anfitrión. "Yo vengo aquí a cortar las hierbas, porque se me meten en mi casa. El año pasado tuve que llamar al Seprona, ya que entró una serpiente ratonera en mi casa y no teníamos valor de matarla", afirma.

Poco o nada ha cambiado. Ya ni siquiera alienta a los vecinos el ver llegar en taxi a dos hombres enchaquetados con carpetas en las manos al lujoso hotel. Podrían ser del juzgado de Barcelona donde se lleva el caso de la quiebra de la empresa que tiene en posesión el edificio o podrían ser compradores, aunque una vecina del barrio bromea: "Lo mismo vienen a llevarse más carpetas, que es lo único que queda".

Ambos edificios gozan de la misma salud y nadie parece saber que yacen ahí. Todo el que pasa por el Palmera Plaza mira hacia dentro, donde las botas de vino rotas que presiden el patio no dejan la mejor de las imágenes de Jerez. Un jerezano exclama en la puerta: "Esto es una pena". Pilar, la vecina de la calle Diego, zanja: "El Ayuntamiento o alguien debe hacerse cargo de esto, no pueden tener un barrio tan grande ifectado". Una vez más, la declaración final sirve para cualquiera de los dos edificios.

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