Carta de un becerro bien educado

QUERIDA, respetada, admirable y envidiada Junta de Andalucía:

El que suscribe, se llama Cangrejito Segundo, y es hijo de Cangrejito Primero, el que hizo posible en la pasada mañana del Domingo de Resurrección la celebrada fiesta del Toro del Aleluya en mi pueblo, Amén.

Estoy escribiendo con la pezuña delantera izquierda de mi cuerpo serrano, porque soy zurdo. Lo que han hecho con mi padre, Señora Junta de Andalucía, no tiene nombre. Mi padre sí que lo tenía, puesto que se llamaba Cangrejito de Chiclana, para servir a Dios a usted.

Era un toro de bien. Jamás corneó a nadie ni en defensa propia. Creció en una dehesa como un príncipe. Y mi madre era una santa. A ella la mató un camión porque la pobre era miope y no vio el artefacto, que iba cargado de ovejas, y ocurrió lo que tenía que ocurrir…

Huérfano de madre desde temprana edad, cuando más falta me hacía una teta de vaca gorda y sonrosada, me fue criando a biberones de cuatro litros Alfonso el mayoral, que era una prenda de hombre.

El fue quien me enseñó a escribir, con lo difícil que es conseguir que un novillo escriba de corrido, y no de corrida, que es una palabra que echa a temblar a los toros más templados.

Alfonso, mi protector, murió como mi madre que en paz descanse, porque también era miope de los dos ojos y también lo atropelló un camión de gran tonelaje.

Sin madre y sin mayoral, que ya es desgracia, me vi desamparado hasta que el hijo del mayoral cumplió los dieciocho años y se hizo cargo de mi educación.

Con tres yerbas, llegué a ser un becerro guapo y distinguido, y nunca han tenido que reprocharme nada, salvo comer con cuchara como hacen los señoritos.

Para no serles a ustedes pesado, Señora Junta de Andalucía, pido la protección de tan respetado organismo ya que el Ayuntamiento de mi pueblo desoye mis peticiones. Lo único que yo deseo, es que los toros del Aguardiente, o del Aleluya, sean tratados con salero torero como siempre ha mandado la tradición, en estas maravillosas fiestas de Resurrección. Pero en lo que no estoy de acuerdo es en que después de ser vapuleados, corridos y tratados como lo que son, luego les den una muerte de toro manso en el matadero como a los pavos en Navidad.

Mi sangre brava se revela contra una muerte sin barcos y sin honra.

Por ese motivo sostuve con mi Alcalde el siguiente diálogo:

-Señor Alcalde…

-¿Otra vez estás aquí, insistente becerro?

-Aunque sea insistente, usted nunca me hace caso.

-Me parece a mí que tú vas a ser un toro manso cuando te llegue tu hora.

-Yo no soy manso, señor Alcalde. Lo que ocurre es que ante la muerte todos sentimos repeluco. ¿A usted le haría gracia verse empujado y acorralado por todos los mozos del pueblo, y amarrado por los cuernos a una soga inacabable?

-¡Yo no tengo cuernos, descarado animal!

-Que se cree usted eso, señor Alcalde. Pregúntele usted al tonto del pueblo y verá cómo se pone colorado como un tomate.

El tonto del pueblo, que escuchaba por una ventana, irrumpió en el despacho del señor Alcalde gritando:

-¡No le haga usted caso, don Eusebio, que este becerro es muy embustero, y quiere librarse del toro del Aleluya..!

La carta que escribiera Cangrejito Segundo, no llegó nunca a la Junta de Andalucía porque, al ir a certificarla el pundonoroso becerro, le fue arrebatada del hocico por el tonto del pueblo, que tenía la lengua fuera como siempre, y babeaba un montón.

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