Cierra una de las últimas tiendas de ultramarinos de la ciudad

  • Cristóbal Lara Zambrano se jubila y no queda ya quien le releve en el negocio

Ayer fue para Cristóbal Lara Zambrano un día agridulce en el que tuvo la emoción a flor de piel, ya que por última vez se colocó detrás del mostrador de su tienda de frutas, verduras y ultramarinos, situada al final de la calle Molineros, prácticamente en la Cruz Vieja, y, cuando a las tres de la tarde cerró la puerta, puso el punto y final a un negocio de cuarenta años que, de momento, nadie va a continuar, porque tiendas de este tipo ya apenas quedan en Jerez.

Fue 1967, al acabar el servicio militar, el año en que empezó a trabajar en este comercio pero como empleado, pero en 1969 ya se hizo propietario y poco a poco se hizo con la clientela de un barrio tan tradicional como es el de La Plazuela. Pero ya le ha llegado el momento de descansar, de jubilarse, y de momento no hay nadie interesado en relevarle al frente de este negocio.

"Antes, explica Cristóbal, había más vecinos, y se vendía más, tanto de fruta y verduras como de habichuelas, garbanzos...Ahora, además de que hay menos vecinos porque mucha gente se ha mudado a las barriadas, también está la competencia de los grandes supermercados, pero vamos, que mis clientes están muy acostumbrados y me dicen que tiendas como estas ya apenas quedan".

Ayer se fue despidiendo de quienes se acercaban por última vez a comprar y reconoce que "he aprendido mucho de ellos. Les tengo mucho afecto y ellos a mí, porque te cuentan cosas de sus vidas sin yo haberles preguntado nada, pero es que poco a poco se va entablando una relación de confianza".

También recuerda que "antes se apuntaba mucho", es decir, que se permitía pagar algunos días más tarde, cuando pudiera el cliente, "y hay quienes me han agradecido mucho por este tipo de cosas". Cristóbal ha tenido cinco hijos: María José, Francisco Javier, Cristóbal, Manuel y Daniel, "y a los cinco los he criado, les he dado estudios y todo ha salido de esta tienda". El local es de alquiler, y dice que "si pudiera traspasar el negocio lo haría, pero si no es así me llevaré todo lo que hay y le devolveré la llave a su dueño". Reconoce que "llevar esto es mucha tensión y muchas horas de trabajo: ir a las seis de la mañana a Mercajerez y comprar la fruta, venirse aquí hasta las tres de la tarde y luego desde las seis hasta las nueve y media. Los sábados por la tarde no, pero hubo épocas en las que incluso llegué a abrir los domingos". Ahora se disponer a descansar y viajar lo que pueda con su mujer, Margarita. "Estoy muy contento de haber llegado hasta aquí -dice- porque es importante llegar y disfrutar de lo que quede".

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