Jerez, tiempos pasadosHistorias, curiosidades, recuerdos y anécdotas

Degeneración en la forma de vestir en Jerez: del terno a las bermudas

  • Durante la Semana Santa y en la Feria era casi condición obligatoria vestir el terno azul de las grandes solemnidades y ponerse corbata, por mucho calor que hicieraLos hombres iban al fútbol o a los toros, vistiendo de traje con chaqueta y corbata. ARCHIVO MUSEO DEL TRAJE

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Estoy por asegurar que jamás, antes de ahora, la indumentaria de los jerezanos y jerezanas no ha podido ser más vulgar y de peor gusto, en términos generales, que la que usamos en los tiempos que corren. Del clásico terno de los domingos y días de fiesta de mediados del siglo pasado, hemos ido degenerando de tal forma, en los últimos tiempos, hasta llegar a vestir de cualquier manera. Indudablemente mucho más cómoda, en la mayoría de los casos, pero desde luego también más chabacana. Al mismo paso que se han ido relajando las costumbres, la indumentaria ha ido perdiendo todo el interés y la atención que antes requería de nuestros paisanos; pues vestir bien, con cierta elegancia, era una de las señas de identidad de quienes vimos la primera luz en esta tierra y así lo señalaron elogiosamente muchas personas que nos visitaban en tiempos en que, incluso un jornalero, sólo en mangas de camisa, aunque no llevara chaqueta, cumplía perfectamente con el requisito de la natural elegancia, al salir de su casa un domingo.

En Semana Santa y en la Feria era casi condición obligatoria vestir el terno azul marino de las grandes solemnidades y ponerse corbata, por mucho calor que hiciera. Los hombres iban al fútbol, a los toros, al cine o, simplemente, a dar un paseo, con chaqueta y corbata. Y las mujeres, nuestras mujeres, nuestras madres y nuestras esposas, no digamos cómo salían a la calle, desde la más rica a la más pobre, siempre vistiendo con el mayor decoro, honestidad y recato. Siempre elegantes. Porque por muy humilde y sencilla que fuera su condición, la elegancia no estaba reñida con el buen gusto en la indumentaria de aquellas mujeres de los años cuarenta a los setenta y tantos, en que ya todo pareció venirse abajo. Hasta llegar a principios del siglo veintiuno, enseñando el ombligo las más jóvenes, y la raja de salva sea la parte (como decían los antiguos), hasta nuestros días, en que parece que estamos volviendo a la época de Luis XVI, con la otra raja, la de la canaleta o el canalillo, generosamente abierta al aire como un expositor o escaparate, para que todo mortal la disfrute.

Y no digamos los hombres, no ya tanto los más jóvenes, sino hasta respetables ancianos, luciendo peludas pantorrillas por debajo de las modernas calzonas o bermudas que, en un ambiente de playa, en un pueblo costero, podrían pasar desapercibidas, y resultaran hasta obligadas por frescas y cómodas pero que, en una ciudad del interior, como Jerez, repelen a la vista por su evidente mal gusto. El pantalón corto, que vestido por una hermosa mujer puede resultar atractivo, en un hombre es algo realmente feo y deplorable, sobre todo en quienes lucen las más velludas pantorrillas. Y no achaquen tal moda a los rigores del verano, porque todavía nadie se ha asfixiado por vestir un pantalón como Dios manda; incluso llevando esos de color rojo chillón, tan de moda hoy día, que muchos gustan de usar, huyendo de los más discretos colores.

La degeneración en el vestir de los jerezanos y las jerezanas ha llegado a tal punto, en los últimos tiempos, que de aquí a nada las señoras se despechugarán por completo - con grande apertura de ojos por parte de los más machos -, mientras los hombres dejarán de usar pantalones y pasearán todo el año luciendo sus horribles calzonas. "Es lo que ahora se lleva", dirán algunos. Se lleva, porque usted quiere, amigo. Porque nadie le obliga a vestir como un mamarracho, ni como una mamarracha. Que algunos hasta parecen payasos, con perdón para los payasos, que tienen todo mi respeto y admiración. Porque ellos se visten así, para hacer reír en el circo, pero no para hacer el ridículo por la calle.

Y no pretendo pasar por retrógrado, insinuando que debamos volver los hombres al uso del clásico terno, que está ahora más que muy bien guardado, tan solo para sacarlo del ropero en bodas y solemnidades, de acuerdo con los nuevos tiempos, sino que vistamos cada uno como le de la real gana; pero, eso sí, buscando siempre un mínimo de buen gusto en la forma de hacerlo y en las prendas que elijamos para cubrir nuestro cuerpo jacarandoso, siempre con la más natural e imprescindible elegancia natural de la que los jerezanos hemos hecho gala toda la vida y ahí están nuestros sastres - oficio en vías de desaparición - para confirmarlo.

Las calzonas para la playa, pueden estar bien para el paseo marítimo de Valdelagrana o La Costilla, pero no para la calle Larga. Y si le gusta ponérsela, allá usted con su pregonado evidente mal gusto. Nadie le va a exigir que se ponga chaqueta ni corbata, en verano. Esos tiempos pasaron a la historia. Que yo todavía recuerdo a un alcalde de Jerez, de mediados del pasado siglo, que obligaba a los funcionarios a usar dichas prendas, en las oficinas del Ayuntamiento; dando él mismo ejemplo de llevarlas, diariamente, cada vez que acudía a la Alcaldía; aunque naturalmente su ropa era más fina y más fresca que la de sus funcionarios que tampoco disponían de los ventiladores que él tenía en su despacho, a la hora de despachar con sus concejales y jefes de departamento.

Eso de ir bien maqueado era algo de lo que presumíamos mucho los jerezanos de antes; pero ya no se estila ni ponerse terno ni maquearse; como un amigo mío de juventud, que no salía un domingo a la calle, mientras que su madre no le planchara la raya del pantalón del traje, cuando todavía estos no eran de tergal, ni mezcla de lana y poliéster, como los de hoy día, cuya raya no se deshace, en el mayor de los casos.

Y recuerdo que era todo un rito, los domingos y festivos, a medio día, aquello de ir a los aledaños de Los Madrileños y La Vega antigua, para limpiarse los zapatos; porque eso también era un signo evidente, no solo de limpieza, sino de ir presentable, a tono con el vestido, con la indumentaria.

Y, en eso, nadie ganó nunca a un modesto trabajador, a un obrero de los talleres del diario 'Ayer', llamado Dieguinchi Moreno Iglesias, que si no usaba más 'terno' que un mono de trabajo bien limpio y 'escamondao', sus zapatos eran los más relucientes y brillantes que paseaban por Jerez.

A su memoria dedico este recuerdo, porque fui compañero suyo y porque, además de ser una gran persona, cantaba como los mismos ángeles.

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