Días de trompos

 HUBO un tiempo en el que si una madre de la calle Ronda del Pino, allá en mi Picadueñas, te veía talón hincado en tierra haciendo un hoyo para jugar a los bolindres el único remedio que te quedaba era salir corriendo antes que te asestara un escobazo. ¡Y no fueras llorando a tu madre que te arreaba otro! La verdad es que la calle —antes de que el Ayuntamiento la asfaltara para nuestro dolor— parecía un campo de minas recién reventado. Van los críos estos días cargados con trompos a los que muchos llaman peonzas. No pasa un segundo tras salir de clase cuando comienzan a lanzarlos con habilidad asombrosa. Son de plástico y cada poco los padres debemos pasar por caja para que —si se lo merece, por supuesto— pueda ver su centrífuga habilidad girar sobre el asfalto. Entonces, en plan viejuno, me acuerdo de los de madera. Y es cuando creo que hemos ido para atrás. Aquellos duraban para siempre, a menos que otro de punta más afilada  se cruzara en su camino.

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