Jesús Rodríguez ofrece en La Concha un hermoso e íntimo canto rociero

  • El pregonero fue fiel a sí mismo anoche en González Byass con un pregón lleno de su característica prosa poética en el que contó e idealizó la romería de Jerez

Jesús Rodríguez acercó anoche la romería a los sentimientos de los que llenaron La Concha con un pregón que fue fiel a su propio estilo, profundo, íntimo, sosegado y hasta cierto punto didáctico. Su prosa y verso, más de lo primero, fueron las perfectas aliadas de las formas tan particulares que tiene el pregonero de decir las cosas, buscando la complicidad del oyente para crear un silencio atento, sin altibajos, moderado por la mesura y las deliciosas metáforas que se conjugaron en el pregón de las cosas grandes y pequeñas de lo rociero. No fue un pregón largo. Duró una hora. Tuvo la virtud de saber captar la atención de una audiencia que supo entender lo que Jesús quiso decirles desde el punto de vista de alguien que no conoce con profundidad la romería pero con vivencias que no se guardó para contarlas a todos. El pregonero tuvo la gran ventaja de ofrecer una visión del Rocío desde una perspectiva diferente que le permitió describir el camino y los "sentimientos de los hombres" ante la Virgen. La Concha registró el lleno de costumbre con una decoración más elegante que engrandeció un escenario sorportado en el dosel del Cristo, adornado con centros de flores que enmarcaron el cuadro de la Virgen de Padilla, completando el conjunto los candelabros de la carreta que volvieron a dar luz de cera. También fue nuevo el acertado protocolo previo y posterior del pregón, con la llamada que hicieron los piteros de Sanlúcar, la imposición de la medalla al pregonero, todo rematado con el canto de la Salve por el coro de la hermandad. Al final, se volvió al almizcate de la bodega Los Reyes para, ante la réplica del monumento a la Virgen, volver a rezarle cantando. Con la presencia de la alcaldesa, Pilar Sánchez, la delegada de Cultura y Fiestas, Dolores Barroso, del hermano mayor, director espiritual y junta de gobierno, el pregón se dividió en las etapas del camino y de la romería, seis capítulos desde la salida de Jerez hasta el regreso, todos prologados con el sonido de una flauta travesera que tocó José Juan Vega. Tras un saludo inicial en el que no faltó el agradecimiento a su presentador y amigo, Antonio Sánchez Mejías, que introdujo perfectamente al pregonero -hay quien apuesta por este nombre como futuro pregonero después de su estreno de ayer-, empezó su recorrido por el capítulo que definió como la de "las viñas y el río". "Una mañana Jerez despierta con un olor a miel templada. Sube al cielo, que ya da claror de alba, un estruendo de gente componiéndose y alentándose, y una tibieza de establos removidos". Así empezaba el relato de la salida contado en tiempo presente como si estuviera sucediendo: "Los romeros andan despacio, parándose en cada momento. Hay un rebullicio del hablar de muchos pero se escucha una voz y todos callan..." para oírse los compases de una sevillana: "Rocío de la campiña, de pámpanos coronada; pálido lirio de cal y manantial de agua clara". Describiendo los sentimientos del inicio, fue relatando cómo la hermandad salía de la ciudad y entraba entre los viñedos y la campiña del Calvario con referencias al campo, a la vid, a los rengues y la llegada a Sanlúcar "que en este tiempo hasta a los pájaros se les cae el pico en cuanto lo abren, el nombre Rocío", hasta llegar al embarque y el primer encuentro con Doñana donde "queda la noche temblorosa y entregada en Marismilla. Descansa el aire y un autillo da las buenas noches a los romeros con un grito de lástima". La segunda etapa del pregón, coincidente con el segundo día del camino, sirvió al pregonero para reivindicar y exaltar los topónimos de Doñana: "No hay onomástico de tierra como el suyo", resaltando cómo la gente del Coto "buscó para sus sitios los nombres de las cosas cotidianas: las peripecias de los hombres, el temblor del agua, la ciencia del polen, la migración de los pájaros o el secreto impalpable de los vientos". Contó un paseo guiado por Doñana con el guarda Carmelo Espinar y de su mano fue descubriendo los rincones y parajes con sus singulares nombres y el por qué de ellos. "Es verdad que si sus sitios se llamaran con nombres gloriosos tendrían fama pero también es cierto que entonces se convertirían en bien común, es decir, ajenos a ellos, los de Doñana que son lo que los crearon para que sus palabra siguieran siempre vivas en las gargantas de los suyos". La noche en las Carboneras, el rosario, la candela y los rezos, donde las "devociones tejen con las sombras un ámbito de convento", pusieron el punto y seguido para entrar en la etapa que la llamó como la del Ángelus y las rayas del Coto. Siguiendo con la recreación poética de los parajes y los sentimientos del romero en las rodás, se entretuvo en los cantes a la Virgen y en la ensoñación que produce Los Ánsares: "El paisaje se hace iglesia inmensa, desnuda y viva; las notas no tienen bóveda que las retenga y se elevan por encima de los árboles, de las nubes y del firmamento hasta dormirse en los benditos oídos de la Estrella de la Mañana".

Una nueva etapa para el pregonero situó a la audiencia en el día de la presentación, en las vísperas de preparativos para ponerse 'guapos y guapas' para entrar en El Rocío, para adornar la carreta, "como un lentisco de plata", con flores nuevas a las que dedicó su atención, flores que "destilan orgullo al saberse cumplidoras del destino para el que brotaron". Siguiendo con rica y deliciosa metáfora, Jesús Rodríguez resaltó la inquietud por la llegada de hombres, mujeres, niños y animales para llegar "al llano de la ermita que huele a blanco como si estuviera empapado de la pureza que guarda el Santuario". La oración saltó en la voz del pregonero para decirle a Ella ante su ermita: "Quisiera quedarme encerrado para siempre entre las lindes de tu sonrisa, apuñalarme de tus ojos y clavármelos en la sangre para que quede mi corazón herido eternamente de tu mirada". El Domingo del Rocío y el gran Lunes de Pentecostés llenaron de argumentos los siguientes renglones del pregón. Siempre en su línea, sin moverse un ápice de esa intimidad buscada y conseguida, narró la mañana, la tarde y la noche a la espera del salto.

El pregonero describió los sentimientos que salen del alma de los hombres y mujeres cuando se plantan ante la Virgen. Contó el encuentro con una mujer a la que no le salían las palabras, "sólo mírala que Ella te oye", le dijo; cantó el tránsito de las andas por la aldea que "avanzan en un milagro de equilibrio" y se acerca a Jerez donde "no hay nadie que no se haya arreglado para la Estrella de la Mañana". Un hombre busca las andas y roza el manto de la Señora. "Se le ha llenado la cara del color de los panales", dijo sobre este rociero del que desveló las palabras que salieron de su boca cuando estuvo frente a Ella, evocando a los que no están: "Aquí me tienes Rocío, mirándote a los ojos, cara a cara. Perdóname la ingratitud de que esté sintiendo la tristeza del recuerdo de quienes han faltado este año. Si verte hace que el mundo se apague y que se despierten todos los gozos ¿cómo puedo echar de menos a nadie?". Para el pregonero, el capítulo definitivo fue la vuelta, el regreso a Jerez. Cuando expiraba su pregón, Jesús Rodríguez deshizo el camino. La Virgen de Lourdes desveló un "vago secreto" a un romero: "Comprended hombres mi ansiedad: si soy mera piedra tallada ¿por qué entonces os siento con algo que parece alma?". A la tristeza del regreso, a la melancolía del final, Jesús Rodríguez Gómez consoló al rociero diciéndole: "No os dejéis ir por la cantiga triste que llevan pegada al pico las golondrinas. Pensad en que ahora mismo falta un día menos para que llegue esa misma mañana gozosa en que Jerez despierte con olor a miel templada, para que las calles trepiden de nuevo de cascos, relinchos y de voces humanas y para que las palomas vuelvan a arrullarse, desoladas, al advertir que, aunque está su nombre en la boca de todos, sigue sin ser para ellas esa fiesta que hace con los corazones lo que abril con los almendros". Un cerrado aplauso al compás de bulerías fue la merecida rúbrica al pregón, un hermoso canto dedicado a la grandeza del Rocío.

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