Miedo democrático

  • Tierra de nadie

La verdad, no dejo de salir de mi asombro. Uno puede pensar, en ocasiones, que subjetiviza sus apreciaciones a causa de la indignación que puede sentir ante determinadas actitudes obcecadas, torpes, vanidosas o egoístas. Uno, incluso puede ser consciente que la ineptitud de quien presume -y de eso vive- de no tenerla, llega a ser motivo de virtualizar la realidad que no quieren asumir. Pero, uno, no puede callar ante el espectáculo, de puro bochorno bananero, con el que están obsequiando -es un decir- a la ciudadanía española, esas tozudas mentes que, a fuerza de empecinadas, pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino, como si conseguir la cuadratura del círculo fuese algo con lo que se desayunan cada mañana; me refiero a la mayoría de "los que tienen algo que decir" en el Partido Popular.

Criticaba, hace unas semanas, el inmovilismo patológico que azota al PP, su injustificada arrogancia ante un fracaso electoral como el que han sufrido, la memez de una actitud comparable -por estúpida- a la del avestruz que esconde su cabeza en un agujero para "huir" del inminente peligro que le amenaza; y, por casual circunstancia, hace tres días, Esperanza Aguirre proclama, a quien le quiera escuchar, su intención de promover un debate ideológico dentro del partido y también la posibilidad de presentar su candidatura a la presidencia del PP.

Si la actitud de la presidenta de la Comunidad de Madrid, denota que ella si ha tomado buena cuenta de algunas importantes carencias que carcomen a su partido y, en lógica consecuencia, pretende aportar una solución -sin entrar ahora en sus motivos ni en la idoneidad de la solución sugerida-; la reacción, ante una iniciativa digna -al menos- de ser tenida en cuenta, de la mayoría de los llamados "barones" del Partido Popular, deja muy claro el espíritu reaccionario que les adorna, así como su anquilosada visión del futuro político, por no mencionar el incurable inmovilismo que aprisiona y lastra, de modo lamentable, sus posibilidades de éxito.

¿Por qué da la sensación que, en las altas esferas del PP, la postura de Aguirre fuese un descomunal disparate? ¿Tan extraño resulta que haya más de una opinión diferente en un colectivo que representa a millones de personas? ¿No sería, en verdad, lo preocupante que tan sólo hubiese una línea de actuación política en tan amplio colectivo si este fuese, ciertamente, democrático?

El sentido común, la lógica, también la analítica y, por supuesto, la inteligencia deductiva; dejan, tan sólo, opción a una respuesta posible: ¡miedo!

Si, lo que estos señores tienen, es puro miedo. Unos, tienen miedo a que los que vengan pongan en evidencia sus fracasos; otros, miedo a decir "adiós" a las prebendas que el poder y la fama proporcionan; éstos, miedo a que "los nuevos" puedan desvelar sus desatinos; aquellos, miedo a despedirse de su manoseada poltrona… pero todo ¡puritito miedo!, al fin.

Puede que el pavor que les invade, fuese comprensible, si nos pusiésemos a ello; pero es que no tenemos porque ponernos a "tener que entender". Ellos, los que ostentan el poder o aspiran a ello, son, se supone, servidores públicos voluntarios; nosotros, somos los que otorgamos el poder, aquellos que deben ser respetados, atendidos, valorados y beneficiados por su gestión. Son ellos los que tiene que comprender, de "motu propio", que el poder público es efímero, que lo que hoy llega, mañana se va; sin traumas ni llantos, sin envidias ni rencores. Pero, como resulta obvio, el pánico les atenaza y les impide actuar con la altura de miras que se podría esperar de un "servidor" público.

Hay, además, otro miedo que manifiesta, no ya la pasmosa debilidad de la "carne" -lo digo en sentido filosófico, ¡no la vayamos a tener!- de estos políticos reaccionarios, si no la "anemia" que su espíritu acusa de modo alarmante; y es el temor a que los ciudadanos electores, que -entre otras cosas- son los que los han llevado al lugar que ocupan, decidan quien quieren que sea el líder de sus ideales. Este miedo a que el pueblo, soberano y singular, hable; es miedo, íntimo, a la libertad: Ningún demócrata, de raíz y convicción, puede tenerlo.

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