PaParruchadas

ESTOY abrumado. Alguien dijo alguna vez que en las situaciones graves es cuando se puede distinguir a los grandes hombres y, por tanto, también podemos saber quienes son los inútiles que intentan darnos gato por liebre. Es, en los momentos más difíciles, en esos en el que las decisiones que se toman o se obvian resultan cruciales para nuestro futuro, cuando podemos percibir, con mayor certeza, la categoría política y la capacidad de liderazgo de los dirigentes que están al mando de la sociedad en la que vivimos. Y parece ser, que los tiempos que ahora estamos viviendo se pueden incluir, sin temor a equivocarnos, dentro de la categoría de "momentos difíciles". Por consiguiente, estamos en disposición de poder averiguar de qué madera están hechos los "líderes" con que cuenta nuestra clase política.

Abrumado estoy, porque al presidente del gobierno de España, Zapatero, parece que le viene grande su puesto. Abrumado, porque es incapaz de cesar a los ministros que él mismo nombró y que han demostrado hasta la saciedad y con cansina reiteración, una pasmosa e insoportable ineptitud para desarrollar la responsabilidad que se les ha confiado. Si lo de "La Maleni" es de auténtico cachondeo, lo de Solbes es de verdadera preocupación.

Sin embargo, no dejo de reconocer que Zapatero está luchando. Está tratando de hacer cosas, está tomando medidas, no sé si serán suficientes ni si son las más adecuadas -lo veremos pronto-, pero sé que lo está intentando.

En esta disyuntiva, compleja y problemática, es cuando las alternativas políticas, creíbles y posibles, deberían hacerse notar y emprender una movilización que entiendo imprescindible para poder generar las expectativas que todos necesitamos.

Pero… abrumado sigo porque, Mariano Rajoy, máximo responsable del PP, principal partido de la oposición que representa a más de diez millones de votantes; el que debería de presentar batalla política, quien debiera desplegar alternativas viables, el responsable de sustituir las deficiencias de Zapatero con opciones válidas, imaginativas y esperanzadoras; lejos de asumir el protagonismo que ahora le reclama la sociedad española -no sólo los simpatizantes del partido que representa-, de lo único que hace gala es de una inenarrable estupidez.

El PP se deshace en trifulcas internas. Las vergonzosas luchas fratricidas por el poder, las zancadillas de los unos a los otros, las contradicciones, las falsedades, el nepotismo, el excesivo peso de antiguos patriarcas -viejos o no-, la intransigencia de los adocenados y burgueses "apellidos" que, en muchos casos, son los que siguen pesando en la "ideología" de los populares y, en definitiva, el monstruoso, indigno, patético y bochornoso egoísmo que impera dentro de las filas del Partido Popular; demuestran muy a las claras a los ciudadanos, que la inoperancia es lo único que se puede esperar de Rajoy.

Y abrumado continúo, cuando escucho a D. Mariano prometer, sin que nadie le crea -probablemente, ni él mismo-, que mantendrá unido al PP "pase lo que pase" y al mismo tiempo escucho o leo las noticias en cualquier cadena de televisión o en cualquier diario, comprobando el reñidero de gallitos en el Rajoy ha convertido la formación política que lidera. Y compungido me siento, cuando las alternativas que la mediocridad grisácea de D, Mariano propone son ideas tan "brillantes", "constructivas", "creativas" y "originales", como estas: "el gobierno tiene que hacer lo contrario de lo que está haciendo", ¡toma ya!; o: "lo que tiene que hacer el gobierno es no gastar a troche y moche", ¡guaaauuu!; o: "el gobierno ha engañado a los españoles negando la crisis", ¡a estas alturas y todavía con esa monserga!; o: "el gobierno se siente derrotado de antemano, ha tirado la raqueta y cree que los partidos se ganan solos", ¿esto es todo lo que usted tiene que decir?, ¿es esta su "aportación" para salir de la crisis"?

Lo que si está demostrando Rajoy es que esos españoles que dice defender por encima de todo y esa España por la que dice luchar con patriotismo "sea como sea"; le importan muchísimo menos que él mismo. Si no fuese así, se dedicaría a poner orden en su partido, primero; a dejar de mirarse el ombligo -como recomienda a los demás que hagan- después; a dimitir, a continuación y a dejar, por fin, que otros, más capaces, arreglen lo que él no pudo ni supo arreglar. Le haría un gran bien a la nación y dejaría de decir paparruchadas.

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