Una estación vieja a los tres años

  • Las puertas automáticas no funcionan, las losetas de la fachada han estado a punto de abrir cabezas, los esqueletos de las bicicletas del Consorcio se amontonan en un rincón, tiene relojes sin manillas...

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La nueva estación de autobuses de Jerez apenas tiene tres años pero ya parece una vieja. Nada más llegar, la visera de la entrada principal recibe al visitante con tres losetas desprendidas. El día que la primera de ellas decidió aterrizar por su cuenta "por poco le abre la cabeza a un 'aparca' que guarda coches en la zona", manifiesta uno de los conductores de autobuses que hace tiempo en uno de los bares de la Plaza de la Estación. El recibimiento es lo de menos. Por dentro, la estación de autobuses está mucho peor. Este tipo de dotaciones siempre han tenido en Jerez un carácter marginal. La antigua estación de Madre de Dios acumulaba un sinfín de limosneros y yonkis que extendían la palma de la mano con tal de hacerse con el importe suficiente para volver a casa tras comprar la dosis. El aspecto de la 'nueva' (las comillas son obligadas) no ayuda precisamente a la integración. En ella sucede tres cuartos de lo mismo. Nada más entrar se encontrará con un dilema: ¿Por dónde entro? Quienes hayan pensado, simplemente, que a través de la puerta se equivocan. Resulta que una de ellas tiene por delante una valla de las que se utilizan para cortar calles porque el detector de movimiento que la abre no funciona. Tras entrar, llaman la atención en las paredes unos carteles en los que se informa a los clientes que no hagan caso a los relojes (ya se sabe que estos artilugios, aunque averiados, aciertan dos veces al día). El Ayuntamiento aportó el dinero para la reparación, pero no sirvió para nada. Al poco volvieron a estropearse. Es por ello por lo que se decidió quitarles las agujas, para evitar las quejas de los pasajeros que pierden su transporte y achacaban al reloj, antes de ser mutilado, las consecuencias de ello.

El aspecto que ofrece el hall de la estación de autobuses es aún más deprimente. Los pilares que sostienen la techumbre han perdido buena parte del alicatado. Sobre el cemento apenas se mantiene el manchurrón blanco de un cemento que durante muy poco tiempo pudo aguantar el azulejo que le tocó en suerte.

La esquina en la que debería haberse instalado un bar-restaurante (no es precisamente mal sitio para un negocio de esta índole) se acumulan esqueletos de bicicletas verdes, las mismas que el Consorcio de Transportes allí acumula esperando que 'alguien' las repare. Las carencias de la estación llaman poderosamente la atención. Resulta increíble que no haya un 'scanner' ni un arco de seguridad por donde pasen equipajes y pasajeros. La seguridad del personal, ellos mismos en su anonimato lo confirman, está en entredicho. La consigna tampoco funciona desde hace poco más de dos años. Quizás sea mejor así dadas las nulas medidas de seguridad activa.

No todo es negativo en la estación de autobuses. La limpieza ha mejorado sensiblemente después de que el empeño de un inspector municipal, Juan Coronil para más señas, consiguiera que latas, restos de espejos, basuras de todo tipo e innumerables manchas de grasa pasasen a mejor vida. Pese a ello, hay muchos desperfectos en la dársena, el lugar donde suben y bajan los pasajeros de las compañías Linesur, Comes, Los Amarillos y Secorbús, además de los de otras que mantienen con las primeras acuerdos de servicios puntuales. Para empezar, hay terminales que en vez de indicar que tal autobús se dirige a tal destino emiten una serie de ininteligibles ráfagas luminosas. Igualmente, durante estos días de lluvias se ha comprobado la forma en la que una construcción (tan abandonada como defectuosa) puede obrar el milagro de que llueva bajo techado, siendo necesario el paraguas incluso en lugares donde hay cubierta.

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