Tierra de nadie

El horror de nuestra condición

Espanto, fue lo primero que, con toda probabilidad, sentimos ante la desoladora tragedia del pequeño Gabriel. Luego, al conocer la autora, ya confesa, del escalofriante crimen de Las Hortichuelas de Níjar, un sentimiento de incredulidad nos congelaba el corazón para dejar paso a una sensación de impotencia angustiosa. Después, dos preguntas atenazaron nuestras conciencias: ¿cómo es posible semejante abyección?, ¿puede la condición humana, "per se", llegar a algo tan horroroso, o es ésta una más de las muchas excepciones que, queremos creer, confirman la regla que defiende lo contrario?

Si, con el estómago revuelto, un nudo en la garganta, el corazón encogido y el alma rota; vamos repasando lo que sucedió y, sobre todo, cómo sucedió; la más absoluta y profunda consternación nos hunde en un mar de sensaciones terribles y angustiosas.

A la infame cobardía de golpear a alguien físicamente más débil que tú, se le une una crueldad sin fondo cuándo la víctima es un niño inocente que ningún mal te ha hecho; la sangre fría para ser capaz de estrangularlo después, cuesta mucho trabajo reconocerla como posible en alguien de nuestra misma especie: un ser humano…

El grado, tenebrosamente infinito, de cinismo brutal y repugnante necesario para conseguir mantener la actitud que la asesina sostuvo, desde que cometió el crimen hasta que la Guardia Civil la detuvo con el cadáver de Gabriel en el maletero de su coche, se me escapa… sencillamente, se me escapa. No soy capaz de asumir que fuese real lo que todos vimos en las pantallas de televisión durante aquellos trágicos doce días, no alcanzo a comprender cómo alguien puede llegar a tal grado de inhumanidad, como alma alguna, prendida al cuerpo de una persona, puede mostrarse tan terroríficamente impasible, inalterable, insensible… No puedo ni siquiera imaginar la inabarcable degradación de la bestia que vive en la atroz criminal de Las Hortichuelas de Níjar, no puedo…

La oscuridad de los procesos que se suceden en la mente asesina de quien minimiza, hasta anular por completo, el daño a su víctima y el terrible dolor que causa a quienes la querían, desconcierta por su ferocidad y pone los pelos de punta por el brutal salvajismo que implica.

Acompañar a la madre, destrozada, de Gabriel en la búsqueda desesperada de su hijo; escuchar, inconmovible, sus angustiosos lamentos, sus desgarradas peticiones para que liberasen al chaval… Acariciar, besar, convivir… con el padre del crío, enjugar sus atormentadas lágrimas, preñadas de sufrimiento y pena… "Compartir" el insondable dolor de los padres, "colaborar" en su búsqueda, hablar del niño como si no supiese bien que yacía enterrado, frío y solo, sin la vida que ella le había arrancado con sus propias e inmundas manos… ¡Santo Dios!

En mi opinión, no hay explicación racional para tanta maldad. Nada, que le hubiese podido suceder a esta nauseabunda criminal; ninguna situación, por terrible que ésta fuese, por la que hubiese tenido que haber pasado en algún momento de su vida, maldita ya para siempre, podrían acercarse siquiera a sugerir una explicación, asimilable, a cómo y porqué alguien, que se supone humano, puede llegar a la denigrante y absoluta degeneración que la convierte en la bestia capaz de hacer lo que ella hizo. Sólo el mal en sí mismo, tan desolador e impersonal, tan injusto, tan tremendo, tan sin sentido, sí, pero… por lo visto, comprobado y constatado, ¡tan humano!; sólo el mal, por su propia esencia, podría, tal vez, explicar lo inexplicable.

He soñado con Gabriel, ese pequeño al que nunca conocí. He llorado con el dolor y la pena de sus padres y me he conmovido con su actitud. Me he revuelto de furia e indignación contra la bestia responsable de tanto padecimiento, causante de tanto daño. Y me he sentido también desolado al palpar la evidencia, una vez más, de los horrores que se ocultan en los turbios rincones de nuestra condición.

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