EDUCACIÓN

Los metales arqueológicos y su conservación

  • Noviembre 2017. Se celebran Jornadas tan interesantes como las de Buenas Prácticas, de Escritores y Educadores en el primer tercio del s. XX y de pintura gaditana del siglo XIX

Casco griego Casco griego

Casco griego

En la naturaleza, con la excepción del oro y en algunos casos la plata, los metales no se encuentran en estado nativo. Los procesos geológicos los han ido conformando en compuestos minerales que, después de su extracción, son separados mediante procesos metalúrgicos. El resultado de estos procesos, el metal puro, es pues, un producto artificial desvinculado de su historia geológica, inestable y con una tendencia natural a la corrosión.

Los metales arqueológicos, objetos elaborados en algún momento de la historia por el hombre y expuestos de nuevo a la luz y la intemperie tras siglos o milenios de latencia en condiciones de enterramiento, son doblemente inestables. A la inestabilidad propia del metal manufacturado hay que sumarle su posterior reintegración y adaptación a un medio natural (el yacimiento), donde puede sufrir cambios en su forma y en su estructura interna, y finalmente, un nuevo impacto, el que sufre tras su definitiva extracción ya como pieza arqueológica.

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Un ejemplo paradigmático de esta adaptación del metal a las condiciones cambiantes de su entorno es el bronce. En origen tiene un color dorado anaranjado, sin embargo en las piezas arqueológicas elaboradas con este metal predomina una gama de colores que va desde el negro acerado, el rojo, el verde o el azul. Estas alteraciones con respecto al color original no son sino óxidos o carbonatos ocasionados por la interacción del metal con las condiciones del subsuelo y conforman la mayoría de las veces una pátina estable y protectora, que debe ser respetada en los tratamientos de restauración, pues además de aportar belleza al objeto, le añaden valor como claro testimonio del paso del tiempo y garantía de su autenticidad.

El bronce arqueológico puede presentar también otras alteraciones más graves, que no se limitan al aspecto exterior, su patina o color. Es el caso de una patología conocida como la "enfermedad del bronce", producida por el ataque por cloruro de cobre, cuyo potencial destructivo pone en grave riesgo la integridad física del objeto arqueológico y por lo tanto requiere para su conservación de un tratamiento más contundente.

El hierro es el metal más inestable y por ende más problemático en cuanto a su conservación. La presencia de oxígeno y humedad son agentes detonantes de procesos de oxidación. Solo una resolutiva y rápida actuación preventiva puede atajar la corrosión acelerada y las consiguientes deformaciones irreversibles que conlleva.

El Museo Arqueológico de Jerez cuenta con objetos de metal de distinta naturaleza entre los que podemos destacar en bronce, el casco griego hallado en el rio Guadalete y en hierro, la espada de antenas perteneciente a la necrópolis de Mesas de Asta. En el bronce del casco se aprecia una bella pátina bastante homogénea de malaquita (carbonato de cobre) con moteado de tenorita (óxido de cobre) que ha demostrado a lo largo del tiempo ser muy estable. Por el contrario, la espada presenta un estado de conservación más complejo, pues aunque está compuesta de hierro principalmente, también tiene pequeños porcentajes de cobre y plata. La zona más deteriorada es la hoja, donde el hierro carece de núcleo metálico y presenta graves deformaciones; toda la pieza es muy inestable y por lo tanto, aunque ha sido restaurada, requiere un control más exhaustivo y constante.

Además de los tratamientos aplicados en el laboratorio de restauración (limpieza, inhibición, consolidación...), la conservación de los metales arqueológicos conlleva una serie de medidas continuadas de conservación preventiva, es imprescindible que el entorno medioambiental, donde se exponen o son almacenados, no tenga una humedad superior al 30%. Las vitrinas del museo están adaptadas para crear un microclima en esas condiciones.

En el reciente traslado del casco griego al Museo Arqueológico Nacional para la exposición "El poder del pasado. 150 años de Arqueología en España" se han aplicado todas las medidas necesarias de conservación preventiva en cuanto a embalaje, manipulación, transporte, seguridad... pero el factor que más ha garantizado la buena conservación del casco ha sido mantener en todo momento los mismos parámetros climáticos que tiene en su exposición habitual del Museo de Jerez.

Las medidas de prevención en los Museos evitan y minimizan los deterioros de los objetos sin tener que intervenir sobre ellos. Actuaciones tan sencillas como evitar los cambios bruscos medioambientales en el entorno de un metal arqueológico, alejan la posibilidad de que se activen de nuevo los mecanismos de la corrosión y garantizan su conservación.

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