El montaje reúne a más de medio millar de personas

  • Este año se pagan de 600 a 800 euros por camarero y 1.000 a los cocineros. El parque es estos días el paraíso de los 'lateros'

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El parque González Hontoria, que no la Feria del Caballo, se erige estos días en una entelequia. Y es que parece mentira que de semejante desbarajuste sea capaz de salir una fiesta como Dios manda en apenas cuatro días y medio. Hay un dato que podrá parecerles gracioso, pero que por sí solo lo dice todo: el parque es estos días el paraíso de los ‘lateros’, individuos que  venden latas de refrescos en una nevera para que los ‘esforzados del albero’, que no son otros que los montadores de casetas, se refresquen un poco. O sea, por donde en unos días volarán botellas de fino helado, barriles de cerveza ávidos de serpentín y refrescos (frescos por dos veces) ayer lo que se oía eran voces de “¡cerveza a euro!, de las grandes (50 cls.)”. Lo dicho, una mezcla entre entelequia y paradoja.

Ayer no menos de 500 personas, quizás 600 trabajaban sobre un infierno de polvo amarillento intentando darle forma a esa sucesión de barras y tablaos llamada Feria. No menos de cuatro operarios se afanaban por cada caseta. 

Un grupo de trabajo, conformado por dos jerezanos y un sanluqueño, le daban forma ayer a la caseta del Círculo de Labradores. Sus esfuerzos no eran otros que intentar encajar las piezas de ese inmenso rompecabezas que es una caseta. Según decían, su experiencia les dicta que dependiendo del estado en que estén los materiales, si la caseta ha cambiado o no de sitio, si todo está ajustado de antemano y sobre todo si se trata de uno o de dos módulos, puede tardarse de un mínimo de un día a un máximo de cuatro en acabar las labores de carpintería, fontanería, pintura e incluso albañilería que supone instalar una embajada en el país de la fiesta. Este equipo en concreto lleva ya doce años montando casetas para que luzcan en la Feria. Reconocen que “tras tanto sudar y tragar tanto polvo apenas nos quedan ganas de venir... Pero siempre se pica y aunque sea un día se viene”.

Pasear por el González Hontoria ayer podía ser de todo menos agradable. Con el acceso abierto a vehículos de todo tipo (y es que estos días pasan por allí de trailers a ciclomotores dejando entremedias todo el rango de automóviles de dos y cuatro ruedas) la polvareda se asienta en apenas media hora con la facilidad que lo haría un día de fiesta en siete u ocho horas de juerga.

Mientras los carpinteros, pintores y demás ‘escultores’ de casetas se dejan el sudor entre el polvo hay quienes intentan buscarse una ocupación que les ocupe una semana y les reporte una ganancia.

Es el caso concreto de Adrián, un joven en la veintena pasada que pide trabajo en la caseta de González Byass como camarero. Aquí el servicio lo lleva un catering, se le informa. 

Poco después coge su moto y sigue preguntando un día donde más que de hosteleros el parque está repleto de encargados. Antes de irse asegura que no es la primera vez que ha ido al Hontoria a pedir trabajo, “pero nunca he tenido suerte”. Según dice “la mayor parte de las casetas buenas cuentan con un catering contratado de antemano, otras son explotadas por los propios socios, peñistas o hermanos y muchas más por familias que si tienen un trabajo disponible se lo reservan a alguien de su sangre”.

¿Cuánto gana un camarero en la Feria? Pues según pudo sondear este medio ayer, a grosso modo echar la Feria del Caballo puede reportarle a un camarero unos ingresos comprendidos entre los 600 y los 800 euros, cantidades que se disparan en 200 o 300 euros más en el caso de los cocineros hasta rozar o superar ligeramente los 1.000 euros. Hay quienes piden incluso que sean los futuros camareros quienes pongan en pie las casetas.

Lo que es un comentario generalizado es que en el parque el 99% de las personas que trabajan los hacen asegurados. Es lo que tiene el efecto disuasorio de las operaciones llevadas a cabo por la Seguridad Social el año pasado, cuando hubo quien salió corriendo por no tener ‘papeles’.

El González Hontoria es estos días un banco de pruebas en toda regla. No en vano, ayer a mediodía, el alumbrado lucía en un resplandor inapreciable camuflado por la fuerza de la luz solar. Incluso en las calles aledañas, como el paseo de la Rosaleda, se instalaban esos focos que permiten no dejar zonas a oscuras, dando seguridad, y acompañan al feriante incluso cuando ha sobrepasado ya esa frontera amarilla en que se convierte el cerramiento del parque, el cual delimita dónde se celebra la fiesta y dónde se debe poner de una vez por todas el punto final. 

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