El Arte de la etiqueta

Aquellos olvidados artistas

  • Los artífices de la imagen del vino de Jerez consiguieron colocar las empresas litográficas e imprentas de la ciudad entre las primeras del país.

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La historia del vino de Jerez es tan rica, amplia y variada que, en el menor despiste, zas, deja algún muerto en el armario. La desolada imagen que pudimos ver hace dos semanas de las entrañas de lo que fue 'Jerez Industrial' nos congeló el alma. Por eso, bueno sería traer a la memoria a aquellos olvidados artistas de la imagen del jerez, que fueron legión, pero que por no se sabe qué motivos han permanecido en el más absoluto de los olvidos.

El trabajo es prolijo y largo, muy largo. Por dos razones: El número de artistas es interminable y, por otro lado, porque no ha habido valiente alguno que haya entrado a saco en las profundidades de unas empresas jerezanas que, en los últimos años que acompañaron al auge y caída de nuestros vinos, figuraban entre las primeras de España en creatividad y eficacia. Se trataban de empresas litográficas e imprentas que, provistas de un entusiasta personal, conmovieron el mundo de las artes gráficas. No exagero. Cuando la bodega Domecq decidió cambiar sus etiquetas, la campaña se le encargó a una prestigiosa compañía de artes gráficas de Madrid. Hasta Jerez enviaron a su diseñador artístico, un elegantísimo y circunspecto hombre que fumaba en pipa, para que los animosos y activos jóvenes creativos de la empresa 'Pro-Gra-Ma) (Proyectos Gráficos Mamelón), que gestó ese grandísimo artista que fue Juan Montes Pina, compartieran opiniones con aquel extraño hombre y le echaran una mano. Les colocaron en una mesa haciendo etiquetas. El hombre circunspecto se acercaba por detrás de cada uno y veía lo que dibujaban. Observaba, se ponía en pie y resoplaba. Se quedó blanco como el papel. Se echó entonces mano al bolsillo y repartió entre los jóvenes su tarjeta de presentación mientras decía:

-'Aquí tenéis vuestra casa en Madrid. Cuando queráis. ¡No sé todavía porqué me han mandado aquí'!

O los catalanes de 'Llovet', de lo mejorcito entonces, que recibían los originales y se encargaban de la cuatricomía. Sorprendidos por la calidad de lo que recibían, tomaron un avión y vinieron a Jerez solamente para conocer quiénes eran los que hacían los originales.

Rindamos culto, pues, a estos hombres, difuntos y no difuntos, que tomaron el testigo de artistas con enorme talento como fueron Miciano, Carlitos González Ragel, Justo Lara, Manuel Muñoz Cebrián o el singular José Luis Torres, entre otros, porque los nombres se amontonan. Lo que viene a continuación podría ser aquella vida, la de estos románticos, que crecieron y aprendieron como pudieron en plena penuria, aprendices de la calle, pero que, con su ingenio y talento, lograron salir adelante en tiempos peores al presente. Eran pícaros.

Y pícaro, lo que se dice pícaro, era por esos años cincuenta este 'superviviente' de aquella generación de artistas. Pedro Carabante Medina (Jerez, 1945), 'Peri', hombre aún en activo que cada día edita su viñeta en este periódico, resultó brillar como un experto en dibujo y creatividad. Pero antes de eso, su vida fue un constante esfuerzo. Y talentoso que era, llegó hasta donde llegó gracias a su pico de oro y su enorme caudal de ingenio e improvisación. Fue aprendiz de tapicero, dependiente en una ferretería y 'mandaero' en una óptica. Hasta que apareció un día por Jerez un tal José Cerveto, representante de las lavadoras 'BRU', que lo contrata junto a su amigo Manuel Bernal para vender a domicilio aquel revolucionario invento. Sus escasos conocimientos los suplían con brillantes dotes de convicción y algunas gotas de marrullería, lo que en ocasiones acababa en situaciones divertidas y delirantes. Pero aquello prosperó y el tándem "Manuel Bernal y Pedro Carabante, mecánicos de lavadora" -como rezaba en su tarjeta de presentación- procuró un buen dinerillo a los dos quinceañeros.

Pasó el tiempo y, como la mayoría de sus artistas coetáneos, Perico logró meter cabeza en 'Jerez Industrial'. Fue Rafael, el de la confitería, un policía armada ya jubilado quien, maravillado por sus dibujos, le recomienda al señor Navas, uno de los jefes de 'Jerez Industrial'. ¿Qué era y significaba 'Jerez Industrial'? "Era el corazón del grupo de empresas de artes gráficas, dividido en tres ramas, litografía, tipografía y cartonaje. Fue motor de la ciudad, puntera en España y contaba con sedes en varias provincias hasta que la caída del vino acabó con toda esta fábrica de sueños. Su propietario fue Antonio Salido Paz. Yo ingresé en el departamento de hueco offset a las órdenes de Juan Blanco y compartí aprendizaje con Pepe Cobos, Manolo Cervera o el extrovertido Paco Ortega, padre de nuestra magnífica Melchora Ortega".

También tuvo oportunidad de conocer el proceso artístico de la genuina técnica litográfica. Pepe Gutiérrez fue un excelente dibujante litógrafo que guardaba el secreto de trasladar a la superficie lisa de una piedra calcárea el boceto que, previamente diseñado por un colega, había elegido el cliente para su posterior reproducción. El procedimiento era lento y trabajoso y esas piedras serían precisamente las que fueron 'distraídas' de la fachada de la última sede del grupo 'JISA', en calle Taxdirt, hecho que fue descubierto hace pocas semanas por José L. Jiménez.

'Jerez Industrial' absorbía todo tipo de trabajo: cartelería, etiquetas para vinos y brandies, folletos, trípticos... No faltaba trabajo, que era abundante, pero también se sucedían situaciones muy divertidas. Como la de aquella máquina alemana a la que llamaban 'Katre', que fabricaba las etiquetas con unos tinteros enormes y que tenía una parte baja. El Tagarnina era el encargado de la máquina y a este le ayudaba un oficial que, cuando le cogía las vueltas, se dedicaba a dormir.

Cierto día, apareció Pepe Contreras en el taller para mostrarle a Antonio Salido la nueva máquina. Pepe se asombró al descubrir a ese hombre en pleno sueño.

-¡Eh!, ¡eh! -le despertó con el pie- ¡Quillooooo!

- Pero, ¡hombre de Dios!, ¿qué está usted haciendo ahí abajo?, le preguntó Salido.

Y el que dormía soltó la ocurrencia:

- Don Antonio, no dormía. Estaba estudiando 'las revoluciones' de los tinteros!!!

Cuando Pedro ya destacaba como dibujante y creativo en 'Jerez Industrial', se cruza en el camino de la vida con un tipo especial, un inquieto y emprendedor artista, de acusada personalidad, que se llamó Juan Montes Pina, el hombre que creó a mediados de los cincuenta aquel irrepetible equipo creativo de 'Programa' (Proyectos Gráficos Mamelón), que será pieza clave en la elaboración de la nueva imagen de los vinos y brandies de Jerez en su último período de esplendor.

Juan Montes fue sobrino de un grande de la etiqueta, José Luis Torres Fernández, hombre singular y autodidacta que tenía su estudio en el Mamelón. Desde allí trabajó para las más importantes bodegas de Jerez, El Puerto y Sanlúcar y casi todas sus obras salieron de las imprentas más cotizadas entonces de la zona: 'Jerez Industrial', 'Litografía Hurtado', 'Gráficas Andaluzas' o 'J.M. Barroso'.

Lideraban 'Programa', junto a Juan Montes, el sanluqueño Manuel del Valle Cortés y Rafael Virués de Segovia, otro 'monstruo' de la etiqueta que trabajó para infinidad de bodegas. El colectivo lo formaban Sebastián Moya González'Cachirulo', el propio Perico Carabante, Juan Herrador Granero, Antonio Higuero Domínguez, el fotógrafo Manuel Rodríguez, Manolo Gómez, contable, Gonzalo Aguilar Robles y otros rostros que podemos descubrir en la tarjeta de felicitación que publicamos en esta misma página.

Muchos de ellos se habían formado en la Escuela de Arte de Jerez, cuya labor fue providencial para estos muchachos, y se habían iniciado en los talleres de 'Jerez Industrial'. Después coincidieron en 'el Mamelón', que tras tres décadas tuvo en parte su continuidad en 'Frontera Publicidad', la que muy posiblemente fue la última empresa de esas características. Tras ello, cada uno tomó un camino distinto.

En 'El Mamelón', la cantidad de trabajo que remitía 'Jerez Industrial' era ingente. Tanta que finalmente decidieron asociarse. Un buen día, ya en su última sede, en la calle Pizarro, Juan Montes comunica a su equipo un infortunio: Existe un problema con el mejor cliente, José María Ruiz-Mateos, que había comprado bodegas Paternina pero que andaba 'mosca' con las pruebas que 'JISA' le enviaba de la etiqueta de una de sus joyas: El 'Conde de los Andes'. 'JISA' rebotó la pelota y se la mandó a su socio. El problema era agudo. Ruiz-Mateos advirtió que, si no se arreglaba el asunto, retiraría todo encargo en adelante, una debacle. Montes pregunta por un voluntario y Carabante se ofrece: Tenía 30 años y un niño en el mundo. Un avión le lleva a Madrid a las ocho de la mañana con una provisión de ¡15.000 duros! Una vez allí, se dirige a las Torres de Jerez. 'El Peri', que había diseñado la etiqueta una noche antes en Jerez, hace el paripé: Se instala en un despacho, pide materiales y un cigarrillo.

-¿Un cigarrillo?, ¿usted fuma?

-No, es para otra cosa.

Este dato es muy curioso: estos artistas acostumbraban a hacer los dientes de sierra de las etiquetas quemando los bordes con un cigarro. Era el 'secreto de Rufino'. Todo porque cierto día, un tal Rufino se plantó en 'Programa' y vio cómo lo hacía uno de los operarios.

- ¡Ah!, ¡mira! ¡Ya sé cómo hacéis eso!

- !Pues ya sabes tú el secreto, Rufino!

Y así se quedó. Desde entonces, se le llamó a esa 'técnica' 'el secreto de Rufino', y así se le recuerda todavía.

Bien. Con la etiqueta ya lista, Pedro deja pasar unas horas en el despacho de Torres de Jerez. Aparece entonces el hijo de Juan Pérez:

-Esto está ya listo. Véalo.

- Yo no, no -contestó expresivamente el otro-. ¡El presidente es quien tiene que verlo!

Perico esperó unos minutos en el despacho. De repente, oyó un tropel ruidoso de pisadas. Venía el presidente. Se abrió la puerta y José María apareció eufórico con los brazos abiertos, sosteniendo en una de sus manos la botella etiquetada por 'Peri' . Se acercó y le dijo:

-Dame un abrazo. ¡Hace tres meses que esperaba algo así! ¡Eres un fenómeno! ¿Cómo no lo hiciste antes? Hoy almuerzas conmigo.

El otro estaba deseando coger la puerta, como si le impusiera en exceso esa arrolladora personalidad.

- Yo tengo que volver a Jerez -se excusó- Quizás otro día...

Meses después, José María volvió a Jerez; localizó al 'Peri' y le invitó a una cazuela de conejo y unas croquetitas en el 'Tendido 6'.

El fin de la historia ya lo conocéis. Los vaivenes y cambios en la propiedad y el cultivo en el sector bodeguero, amén del batacazo del consumo, provocó a lo largo de los 80 la caída de la demanda de las bodegas y, con ello, el progresivo cierre de sus empresas auxiliares.

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