El primer acomodador del Lealas

  • Juan Gil Herrera hace memoria del cine donde estibo trabajando durante tres años · La sala entonces pertenecía a la compañía Sirius, propietaria de otras salas como el Jerezano o Cine Sol

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A Juan Gil Herrera le quedan unos meses para cumplir los ochenta años, pero todavía recuerda como si fuera ayer la primera película que se proyectó en el cine Lealas, recientemente desaparecido por el fuego aunque ya llevaba cerrado desde antes de 1980. Se trataba de 'Cuando el calle se cubra de nieve', un largometraje dirigido en 1957 por José Luis Pérez de Rozas y protagonizado por María Piazzai, Gerard Tichy, Ángel Jordán, María Márquez y Rafael Bardem.

Juan lo sabe muy bien porque él formó parte de la primera plantilla que comenzó a trabajar en esta sala: dos acomodadores (él era uno de ellos), dos porteros, el encargado (cargo que Juan ocupó posteriormente), la taquillera, el operador y el ayudante del operador. Incluso se acuerda de algunos de los nombres o apellidos: Feliciano, Benítez, Labrador, Bustamante y Sola, el operador, "y en la taquilla estaba una viuda".

Vivía en la barriada Juan XXIII, por lo que no le pillaba demasiado lejos, y cuando comenzó a trabajar en esta sala la primera de sus cuatro hijos todavía no había cumplido un año. Claro que este no era el único empleo de Juan, que también trabajaba en una aserradora. "Me tragaba las tres funciones -explica- de siete a nueve, de nueve a once y de once a una, y a las ocho de la mañana tenía que estar en la fábrica".

El trabajo de acomodador lo consiguió gracias a un hermano suyo que trabajaba en una gestoría "y conocía a mucha gente, entre los que estaba José Gutiérrez, un cabo primero de policía que estaba de excedencia y que también creo que era accionista del cine. Es que el Lealas, junto al cine Sol, que estaba en la calle del mismo nombre, y el Jerezano, que era el más importante, pertenecían a la compañía Sirius".

En aquella época recuerda que "era normal que algún policía repartiera guantazos en la cola porque se formaba escándalo o no se ponían en orden. Es que entonces iba muchísima gente al cine, y se formaban unas colas... La gente iba a comprar las entradas por la mañana, y podían tardar una hora. Además, si se agotaban incluso había gente que las revendían".

Como no podía ser menos, el cine Lealas disponía también de su bar, su ambigú donde la gente compraba bebidas y golosinas, "y aunque ahora están prohibidas y entonces creo que también, la gente dejaba la sala llena de cáscaras de pipas".

El encargado era "un tal Miguel, y también había un muchacho que iba por las películas, porque los rollos servían para los dos cines. Una misma película se proyectaba en dos sitios. Nosotros empezábamos media hora más tarde y en el descanso se cambiaba el rollo".

Los domingos por la mañana había función matinal, de once a una, y a las cuatro de la tarde comenzaba la infantil. "A las siete -explica Juan- era la de mayores, y siempre había que echar obligatoriamente el NO-DO, porque si no te crujían. Se colaba la policía secreta y no veas..."

Una vez que se acababan las funciones tenían que cerrar todas las butacas para cuando vinieran las limpiadoras a la mañana siguiente.

Juan recuerda también haber tenido que intervenir en alguna pelea que se había provocado o bien en el descanso o antes de entrar en la película. "Yo me tenía que meter por medio -explica- y echarles a la calle o separarlos".

Otra cosa que vigilaban escrupulosamente, especialmente los porteros, era la edad de quienes entraban a ver las películas calificadas para mayores. "Había que pedirles el carnet si nos parecía que no tenía la edad suficiente, porque además como lo vieran luego la secreta en la sala a quien venían a llamar la atención era a ti".

En el tiempo que estuvo trabajando en el cine Lealas, dice que una de las películas que logró una mayor expectación fue la de Joselito, 'El ruiseñor de las cumbres', "que formó una cola... Aquella fue la vez que me dio la sensación que había más gente".

A Juan le gustaba el cine, pero reconoce que "después de tantas horas, acababa harto. Algunos jueves era mi día de descanso, y entonces cogía a mi mujer y a mis hijos y me los llevaba por ahí, a algún bar o a comer, pero por supuesto no al cine. Mi mujer tampoco venía, porque como se tenía que quedar en casa con los niños... He sido yo el que no he podido disfrutar de mis hijos".

Otro de los detalles que recuerda del cine Lealas es que "en la sala, a mano derecha, había dos asientos reservados por si venía alguno de los jefes que tenían además un timbre para avisar al operador de que le diera más o menos volumen a la película".

Cuando había sesión matinal los domingos, "que no eran todos pero algunas temporadas sí", muchas veces incluso se llevaban la comida y se tomaban algo calentándolo en un infiernillo que tenían en el cuarto donde se cambiaban y se ponían el uniforme: una marcial casaca azul con botones dorados, el escudo de la compañía Sirius bordado y unos pantalones también azules.

La sesión más tranquila era la última, "donde, como no fuera una película buena, había muy poca gente, y sobre todo parejitas que se ponían en la última fila y por las esquinas. Luego te encontrabas cosas que se le perdían a la gente y los dejábamos allí por si venían a reclamarlo".

En esa última sesión aprovechaban para cambiar el turno: los acomodadores se pasaban a la puerta y los porteros se metían dentro, pero a esa hora ya estabas harto, sobre todo si era domingo y había habido sesión matinal".

Juan ha visto hasta salir a gente esposada de la sala donde habían buscado refugio, pero todo aquello fue cambiando con el paso del tiempo: el inmueble del cine Lealas que se incendió hace unos días es propiedad de la familia Hernández, de Unión Cine Ciudad, y el solar ya estaba recalificado para hacer viviendas. En la época en que Juan Gil Herrera era acomodador la compañía Sirius estaba presidida por Gabriel Navarro Rincón, que en asociación con su cuñado Eduardo Delage rompieron el monopolio en el sector de la exhibición cinematográfica que, durante más de 25 años, había ejercido la familia Riba, entonces propietaria del teatro Villamarta. Sirius controló diversas salas de verano e invierno: Santo Domingo, inaugurado en 1944, fue el primero y luego le siguieron las salas de San Miguel, Cine Victoria, Cine Barceló, Terraza Jerezana, Terraza Sol, Terraza Delicias, Cine Jerezano, Cine Sol, Cine Delicias y cine Lealas que, en 1967, pasó a llamarse Luz Lealas. La compañía Sirius incluso contaba con salas en otros lugares de la provincia como Rota o Ubrique.

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