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"Los preludios fueron el laboratorio de Scriabin"

  • El pianista madrileño Eduardo Fernández se consolida como una figura en ciernes de la actual música española con su registro de los Preludios completos de Alexander Scriabin

Eduardo Fernández (Madrid, 1981) Eduardo Fernández (Madrid, 1981)

Eduardo Fernández (Madrid, 1981) / luis gaspar

De las primeras muestras dedicadas al género a finales de la década de 1880, cuando no era sino un adolescente, hasta las últimas, escritas en 1914, un año antes de su prematura muerte, podría decirse que Alexander Scriabin (1872-1915) pasó toda su vida escribiendo preludios. Eduardo Fernández (Madrid, 1981) lleva años profundizando en la música del compositor ruso y ha llevado al disco una integral de esta parte esencial de su obra, la primera de un pianista español.

-¿De dónde le viene ese interés por Scriabin?

-En los años de Conservatorio ya trabajé los Estudios, las Sonatas. La evolución de su música es muy singular y yo quería profundizar en ella. Mi primer proyecto era centrarme en las Sonatas, pero desde hace cuatro o cinco años me surgieron diversos encargos en torno a los Preludios, entre ellos uno de la Fundación March, para un concierto en que toqué cuarenta y ocho. Era imposible estar tocando los Preludios y grabando las Sonatas, y no tenía mucha lógica además. Llegado a ese punto me pareció más interesante abordar los Preludios y dejar las Sonatas, que tienen un punto más de intensidad y complejidad, para más adelante.

-¿El preludio es la mejor forma de conocer la evolución de la música de Scriabin?

-Es una buena forma. Scriabin usó los Preludios como un laboratorio para sus Sonatas, y las Sonatas fueron el laboratorio del Mysterium, esa obra grandiosa que proyectó pero no llegó a realizar. En el preludio, Scriabin se siente muy cómodo, porque no está condicionado ni por la forma ni por la extensión y puede usarlo como vehículo para transmitir sus ideas teosóficas.

-¿Cuál es el peso real de la teosofía y el misticismo en la música de Scriabin?

-Justo estoy haciendo mi tesis doctoral sobre esta cuestión y yo diría que desde 1905 en que conoce a Madame Blavatsky y su teosofía, ese peso es casi del 100%. Y aún se hace más acusado cuando traba amistad con el poeta simbolista Vyacheslav Ivanov. Sus primeras obras pianísticas son muy chopinianas. En ellas, podría haber variado algunos acordes de lugar y no pasaría nada. A partir de la Sonata nº 6 todas las notas tienen un cometido, todas encajan en una maquinaria de reloj perfectamente preconcebida y sincronizada.

-¿Era Scriabin realmente sinestésico?

-El concepto de sinestesia ha cambiado con el tiempo. A principios del siglo XX era una asociación consciente de diferentes sentidos, podía ser sensorial, artística, religiosa, de lo que fuera. A raíz de la evolución de la neurología, hoy la sinestesia se considera una disociación neurológica involuntaria, no forzada. Scriabin sería sinestésico en el siglo XX, pero no en la actualidad. En su forma de escritura todo lo que tiene que ver con la sinestesia deriva de la teosofía. Modifica los colores del prisma de Newton a su antojo, para adecuarlo a los principios teosóficos de los colores. No es que tengamos que ver rojo o azul cuando suenan determinadas notas, sino que esos colores se asocian a determinadas sensaciones (rojo: demoníaco; azul: místico, celestial) y la música se encarga de desencadenar esos estados de ánimo.

-En el fondo hablamos de ideas que pueden vincularse con los ethos de los modos antiguos o la teoría barroca de los afectos.

-Totalmente. Si nos vamos a sus obras finales, nos damos cuenta de que compone sobre sistemas octatónicos, y eso le permite modificar las alturas de tal modo que la música funciona de manera circular, lo que se asocia al concepto circular de la vida de la teosofía: la vida como una acumulación de elementos hasta un estallido que provoca la catarsis y la regeneración. Los Preludios carecen de introducción, pero muchas veces nos la encontramos al final, después de la catarsis, lo que parece simbolizar un nuevo comienzo. Los últimos preludios son circulares.

-¿Qué es lo más importante que un pianista debe tener en cuenta para enfrentarse a Scriabin?

-Es vital conocer todo su mundo muy profundamente, no quedarse en la superficie de los conceptos poéticos que se asocian con el compositor. Scriabin llena sus partituras de adjetivos, pero cuando analizas en profundidad te das cuenta de que esos adjetivos sobran. Hay tanta información en las notas que la literatura sobra, pero para eso tienes que profundizar mucho en el análisis.

-¿Qué aporta Scriabin a la modernidad?

-El último Scriabin ofrece un lenguaje por completo nuevo, que tiene más que ver con su propia doctrina mesiánica que con la historia de la música. Expresa eso a través del piano que, era la herramienta que mejor conocía, pero en el fondo él se creía un elegido para difundir ese mensaje místico a la Humanidad. Su estilo acaba con él. Hay algunos compositores rusos (Roslavets, Protopopov, Alexandrov) que pretendieron seguir su forma de escritura, pero como les faltaba la esencia, el porqué del uso de esas figuras rítmicas o esas condensaciones de materia, su obra resulta vacía, banal. Scriabin no tiene continuadores.

-¿Quiénes son a su modo de ver los grandes intérpretes del piano de Scriabin?

-Entre los vivos, me fascinan Sokolov y Volodos. Pero no hay que olvidar que nos han quedado algunas grabaciones del propio Scriabin, aunque sólo de sus primeras piezas. Luego también hay que tener en cuenta a algunos grandes intérpretes que tuvieron contacto directon con él, como Rachmáninov, que fue un gran amigo, Horowitz, aunque lo conoció siendo muy niño, o Sofronitzky. Algo se impregnarían del compositor

-Grabó usted Iberia antes de cumplir los 30. ¿Le van los desafíos fuertes?

-Estudié Iberia con Esteban Sánchez cuando era muy joven, y tocaba ya los dos primeros cuadernos. La muerte de Esteban me impactó tanto que estuve mucho tiempo sin hacer nada de música española. Pero años más tarde me pidieron hacer el cuarto cuaderno. Así que me di cuenta de que la tenía casi montada, y empezaron a pedírmela para algunos conciertos. Con 24 años la estaba tocando ya completa. Salió la oportunidad de grabarla y lo hice. No lo veo como una osadía. Siempre puedo hacer una Iberia de mayor. Pero si la hago solo de mayor, me puedo arrepentir de no haberla grabado joven.

-¿Y las Sonatas de Scriabin?

-Están ahí, en mi cabeza. Hay un proyecto para tocarlas todas en Madrid en marzo de 2018. Pero entre medias se me han colado otros muchos proyectos. Las grabaré algún día.

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