Una pesadilla para Europa

  • Los movimientos populares en los países árabes han pillado 'fuera de juego' a la Unión Europea, cuya reacción ha sido unánimemente criticada por su debilidad

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En menos de un mes, Europa se ha despertado sobresaltada. Mientras miraba a potencias emergentes como China, la India o Brasil en busca de mercados, los jóvenes de la franja norte de África, separada de Europa, entre el Estrecho de Gibraltar y Marruecos por apenas 14 kilómetros, han tomado las calles para reclamar democracia, empleo y mejores condiciones de vida.

Desde la caída del presidente de Túnez, Zine el Abidine ben Ali, pasando por las manifestaciones populares que desalojaron de El Cairo al presidente egipcio Hosni Mubarak, o las protestas en Barhein, las revueltas populares han puesto en evidencia que la UE tal vez había dejado relegada a esa parte del mundo, tan cercana geográficamente, a un peligroso segundo plano.

"Hemos reaccionado tarde, no supimos escuchar las reclamaciones populares (en Egipto)", admitía hace un par de semanas, cabizbajo, el presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy. La alta representante de Política Exterior y de Seguridad Común de la UE, Catherine Ashton, no lo ha tenido mucho más fácil, y casi ha tenido que pasar por la humillación de verse obligada a esperar a que el régimen interino en Egipto la invitara, por fin, tras varias negativas, a viajar a El Cairo.

Tras los atentados terroristas islamistas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, o los zarpazos terroristas, del mismo signo, en marzo de 2004 en Madrid, o en Londres en 2005, el Viejo Continente confiaba en que muchos regímenes de facto en la franja norteafricana actuarían de parapeto natural contra el islamismo radical. Por ello, con este trueque político, Europa se sentía tal vez más tranquila: mientras existan gobiernos fuertes (aunque no sean democráticos), la amenaza de nuevos atentados islamistas será menor, se pensaba en muchas capitales.

No obstante, en la Política de Vecindad, desarrollada tras la ampliación (a diez nuevos socios) en 2004, se afirma, según el texto oficial, que la UE ofrece a sus vecinos "una relación privilegiada, creando un compromiso mutuo con los valores comunes: democracia y derechos humanos, Estado de derecho, buen gobierno, principios de economía de mercado y desarrollo sostenible".

Por ello, está en vigor una "cláusula democrática" según la cual la relación entre Europa y sus vecinos debe articularse en torno a los valores fundamentales de la democracia y los derechos humanos.

"Europa va dando palos de ciego, sin un discurso coherente. Los emigrantes, especialmente del Magreb, se han convertido en chivos expiatorios de algunos políticos populistas, algo totalmente inaceptable. Lo que ha pasado en Túnez o Egipto es una clara muestra de la complejidad de la situación que padece la juventud en el mundo árabe, se mira a Europa como un El Dorado, pero no sólo económico. Europa es símbolo de democracia; un referente para ellos", explica Jesús Alquézar, asesor del Banco Mundial (BM) y experto de la Comisión Europea.

En ese sentido, las cifras son elocuentes. Según datos de Bruselas, en Marruecos, por ejemplo, cinco de cada diez desempleados son menores de 25 años y en Túnez las cifras son casi iguales.

Según Eva Jimeno, experta de la Comisión Europea en asuntos de capital humano, "los jóvenes magrebíes lo tienen claro: o crean sus propios empleos o están condenados al paro. Por eso, el asunto de la inmigración ha ido creciendo en la agenda política de la UE. Además, la gestión del factor humano es un punto central del Proceso de Barcelona: diálogo para el Mediterráneo", comenta la experta.

Precisamente, la explosión de revueltas populares en el Magreb debería ser un toque de atención para Europa, donde cada año, y de manera regular, llegan en pateras ante las costas de la islas Canarias o en la isla italiana de Lampedusa, centenares de jóvenes en busca de mejores horizontes.

"Europa debe saciar la sed de democracia y ayudar a colmar las aspiraciones de los jóvenes del mundo árabe porque, entre otras cosas, tiene ante sus pies, a escasos kilómetros de sus fronteras, un volcán potencialmente explosivo, desde el punto de vista demográfico. Además, Europa necesita y va a necesitar cada vez más inmigrantes porque la sociedad europea envejece a marchas forzadas", comenta Alquézar.

A pesar de las buenas palabras, el imprescindible diálogo euro-mediterráneo, sustentado en siglos de historia común, desde griegos, fenicios o romanos, no acaba de arrancar. A pesar de la pompa con que fue lanzada en julio de 2008 en París la Unión por el Mediterráneo esta iniciativa, promovida por el presidente francés, Nicolas Sarkozy, duerme el sueño de los justos.

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