"Ahora sabemos que nuestros padres mintieron, todos, respecto a la guerra"

  • El autor leonés publica 'Ayer no más', una novela sobre la necesidad de la memoria pero también del olvido, y que reflexiona también sobre la interpretación deshonesta del pasado y la resbaladiza condición de la verdad

"Qué guerra tan extrañísima, que murieron más de medio millón de personas y nadie mató a nadie", dice Andrés Trapiello, que en Ayer no más regresa a un territorio histórico y literario que conoce bien y al que ha dedicado obras brillantes y perdurables como el ensayo Las armas y las letras. Ahora, en su nueva novela, editada por Destino, propone una honda reflexión sobre la memoria y el olvido. De este equilibrio complejo, siempre inestable, en ocasiones desconcertante y a ratos aparentemente imposible, pero necesario al fin para poder vivir en paz, se ocupa el autor leonés afincado en Madrid en una historia que tiene que ver con la España del 36, pero fundamentalmente con la de ahora.

"Me dije: un fractal de la historia tal y como queremos relatar la historia, no en uno de sus grandes relatos regido por una supuesta voluntad divina", se lee en un pasaje del libro, "sino uno pequeño que conservara, como en un compás, toda la complejidad de la vida y de lo vivido". Setenta años después de presenciar el asesinato de su padre a manos de falangistas en un monte a las afueras de León, un hombre, anciano ya, cree identificar al verdugo durante un encuentro fortuito en una cafetería de la ciudad. De este episodio será testigo el hijo del repentino sospechoso, un historiador que en su intento tanto de conocer lo que ocurrió como de hacer justicia acabará enfrentado a su propio padre, un conocido empresario local, pero también a quienes, desde su autoproclamada superioridad moral, utilizan y falsean el pasado con tal de justificar su oportunismo deshonesto, su revanchismo inconfesable o su mero afán de notoriedad.

"Es quizás la más barojiana de mis novelas", dice Trapiello, que se sirve de la introspección literaria, y del conjunto de voces en primera persona que dan cuenta de este relato, para recordar lo que la Historia en mayúsculas, con sus grandes conceptos perfectos, líricos y cincelados en mármol, suele ocultar: que la vida, con su inevitable densidad moral, con sus contradicciones y conflictos, incluso con sus insondables zonas de sombra, se vuelve ligera o abiertamente inhumana si se anulan los matices.

-¿Por qué se ha extendido tanto en los últimos años la opinión de que la Transición fue un cambalache infame que silenció tácitamente el recuerdo?

-Bueno, es que hubo un cambalache. Pero no infame. La verdad sobre la Guerra Civil, y sobre todas las demás cosas, la hacemos entre todos, es algo pactado. Lo que acordaron en 1975 los demócratas, no los franquistas, fue aparcar el pasado porque se jugaban mucho en el futuro. Treinta años después, cuando ese futuro parece razonablemente consolidado, se vuelve a la memoria, justamente porque ya no es tan traumático y porque hay todavía muchas zonas oscuras de ese pasado que conviene saber. La memoria es fundamental para conocer la verdad, y sin verdad no es posible la justicia: esto es incuestionable. Pero también lo es que sin el olvido no es posible la paz. A mí me han dicho que juego todo el rato a la equidistancia, que es una palabra fatídica, y eso no es verdad. Un demócrata no puede ser equidistante: no hay ninguna equidistancia entre la víctima y el verdugo, hay que saber de qué lado se está. Pero sí estamos reclamados a mirar las cosas con una cierta ecuanimidad, y de eso trata el libro, de alguien que intenta establecer unos mínimos para poder llegar a una cierta verdad. No podemos permitir la ficcionalización de la Historia, recordar lo que nos conviene y olvidar lo demás.

-Para eso, cada uno debería ser capaz de pedir responsabilidades a los suyos, o a aquellos junto a los cuales deposita su simpatía, pero a veces parece...

-Que estamos en el mismo punto.

-Es muy desconcertante.

-Lo es. No ha habido una Guerra Civil, ha habido 20 o 30 millones, una por cada familia, y cada familia tiene una historia de la guerra y considera que la suya excluye todas las demás. El pasado es una construcción, la memoria es una proyección de aquello que deseamos y por eso debemos recurrir a la racionalidad, a la Ilustración, justamente porque avanzamos, porque no somos unos trogloditas.

-Da la impresión de que tanta novela sentimentaloide y maniquea sobre la guerra no ha ayudado precisamente a afrontar esta cuestión con la complejidad necesaria...

-Está mal que lo diga yo pero estoy de acuerdo. Los escritores que nos ocupamos de la guerra hemos incurrido en aquello que denunciamos, en esa especie de parcialidad, el banderismo... Tendemos a la sinfonía. Por eso yo quería hacer una novela de las dos Españas, y de una tercera también. Y desde el punto de vista sentimental es muy comedida, huye de todo lenguaje heroico, épico y sentimental.

-En la novela no salen bien parados algunos personajes vinculados a las agrupaciones para la recuperación de la llamada memoria histórica. ¿Cómo debería haberse hecho esa ley para que le pareciera a usted más justa?

-El meollo de todo no se hizo mal. Pero cuando se retomó el asunto, entre 2004 y 2006, se hizo una ley insuficiente, mal redactada y ambigua, por eso da lugar a muchísimos agravios. Pero se ha progresado. En 2004, medio país estaba en contra de las exhumaciones de fosas y yo creo que a día de hoy nadie se opondría, todo el mundo lo ve natural. En ese momento había mucha gente que se oponía, gente demócrata, no sólo franquistas, porque temían que España se encendiera otra vez por los cuatro costados y se ha visto que no: que la gente lo que quiere es enterrar a los muertos o su memoria, y olvidar. Lo que se hizo mal es que muchos trataron de recordar a medias. Contar el pasado como no fue. Pero la inmensa mayoría no quiere volver a la Guerra Civil para ganarla, sólo quieren enterrar a sus seres queridos.

-¿Llegará el momento en que se pueda hablar de estos temas sin que a nadie se le caliente la sangre?

-Estamos bastante más cerca que antes, eso está claro. Estamos conquistando eso de lo que habla Pepe Pestaña [el historiador que protagoniza la novela], que es exactamente el ideal del ilustrado: no te creas lo primero que te cuentan, pero no quieras ser el último en contarlo. No te creas lo primero que te cuentan, ni siquiera en tu casa, porque sabemos ya que nuestros padres mintieron, todos, respecto a la guerra. Y es cierto que 70 años después entre todos estamos construyendo esa verdad, porque ninguno quiere ser el último en tener la razón.

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