El día después del 'Cervantes'

Alcalá huele a jerez

  • El Parador Nacional de la localidad celebra una cata de vinos del Marco en un maridaje 'de libro' con flamenco y la literatura de Caballero Bonald

Comentarios 1

 Alcalá de Henares huele a Jerez, y a jerez. Con mayúsculas, porque la localidad madrileña acoge estos días innumerables actos en torno a la entrega, el pasado martes, al jerezano José Manuel Caballero Bonald del Premio Cervantes. Y con minúscula, jerez, -por esas cuestiones lingüísticas-, porque dentro de dicha agenda, el Parador Nacional celebró ayer una cata de vinos del Marco. O lo que es lo mismo, un agradable paseo por la vitivinicultura de nuestra tierra. 

Una cita capitaneada por José Argudo, de González Byass, que condujo a los participantes hacia un paraíso argónido, en un maridaje de flamenco con la guitarra de Roberto Hernández y la obra de Bonald. Una jornada que contó con la colaboración además del Ayuntamiento de Jerez y la Fundación Caballero Bonald.

El vino, hacedor de cultura, que le ha dado mucho a la literatura. Líquido, fruto de esas tierras de albariza de las que Caballero tanto habla, que iluminadas por el sol parece que ciegan. Porque con una copa de oloroso ese duende de la inspiración aparece con mayor fluidez. 

El recorrido por la paleta de colores comenzó con Tío Pepe, un fino brillante. Un toque alegre y festero en el paladar, y a la vez seco y punzante, como las letras intimistas y de dolor de la bulería. Alfonso, un oloroso contundente, que canta por soleá. Es un vino marinero, como el navegante Caballero, porque está entre dos aguas, entre la crianza biológica y la oxidativa. El amontillado Viña AB, iniciales que tienen su origen en Andrés Botaina, que es una bulería por soleá. El palo cortao Leonor, un accidente positivo, una seguiriya rebelde, un vino infractor, como podría calificarlo Bonald. Una feminidad que se vuelve contundencia. Un palo cortao "de libro". Solera 1847, un cream, un fandango. Instala la alegría en el paladar. Un trago es como la vida misma, pasa a la garganta a golpe de nudillo suavemente contra una mesa, a compás. Vinos marcados de por vida, "como un estudiante de un colegio de curas", bromeó Argudo. Algunos de ellos 'de pañuelo', tan fragantes, que bienperfuman al más exigente gentleman. 

El vino y el mar, Bonald y el oloroso, tan estrechamente unidos, porque el Marco alcanza la costa. Como esos vinos de ida y vuelta de antaño. "Ocho botas para Manila, seis de regreso", reza algún albarán de los Archivos de González Byass. Un viaje que les daba redondez, una mantecosidad especial. 

Oleres y sabores a madera, avellana, nuez, que casan con pollo de campo, atún de Barbate, platos de caza, arroces, quesos, dulces, patés..., o un libro en una tarde de lluvia, sin más. Placeres del vino que tanto ha difundido Bonald en poemas como 'La botella vacía se parece a mi alma', 'Punto muerto' o 'Mirada del vidrio'; o José María Pemán, "... para dar alegría al corazón...".

Vino, literatura y flamenco. Flamenco, que también forma parte de la trayectoria literaria y vital de Caballero Bonald, y que el flamencólogo José María Velázquez-Gaztelu ensalzó ayer previa a una lectura de versos de Baudelaire, Borges, Claudio Rodríguez y el autor jerezano, ya que para él era esta jornada de homenaje, de celebración del vino del Marco, el toque y esas algarabías del corazón. 

Porque el de Oficio de lector publicó la que él mismo consideró un "balance histórico irrepetible" sobre el flamenco con El archivo del arte flamenco (1968) o, entre otras muchas publicaciones, Anteo (1956) con poemas pioneros que rompen con todos los estereotipos del flamenco,"que inauguran un estilo que va más allá de las coordenadas líricas". 

Fue un impulsor y descubridor de flamencos. "Nunca olvidaré las veladas flamencas junto a él, cuando me aceptó como grumete en su travesía para la elaboración de aquel archivo. A su casa fueron Antonio Mairena, Tomás Torres, el tablao entero de Zambra; se ha escuchado la soleá de Talega, Tío Borrico, Diego del Morao...", cuenta Gaztelu, que gradece a la par a Pepa Ramis, esposa de Bonald, su acogida en aquellos tiempos. Porque Bonald vivió la bulería de los patios de Jerez, con todo su esplendor creativo. Incluso se ha dao sus pataítas, aunque de forma fulgurante, Y cantaba, alentado por eloloroso, por Las Niña de los Peines y Cuando voy a los bailes del Duque de Osuna.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios