Amor con mayúsculas

  • La relación de Zenobia y Juan Ramón queda al desnudo en el volumen 'Monumento de amor'

Carta incluida en la obra que acaba de publicar la Residencia de Estudiantes. Carta incluida en la obra que acaba de publicar la Residencia de Estudiantes.

Carta incluida en la obra que acaba de publicar la Residencia de Estudiantes.

"Me he convertido a tu cariño puro / como un ateo a Dios". Este poema, titulado Zenobia, es el único en la obra de Juan Ramón Jiménez en que aparece el nombre de su amor definitivo. Desde que lo concibió estaba destinado a Monumento de amor, una obra que habría de ser el testimonio de su amor por aquella chica de buena familia que decidió casarse con un señor rarito que tenía como único oficio ser poeta.

La publicación definitiva de Monumento de amor por parte de la Residencia de Estudiantes permitirá descubrir a un hombre desbordante, sincero y apasionado, entregado a soñarla y a quererla, sin importarle que lo rechace o se ría de él. En julio de 1913 le respondía ella con una gracia y una sorna incontestables, pero también dejándole abierta la puerta de la esperanza: "¿Por qué está usted siempre con esa cara de alma en pena? (...) Déjese de tristezas una temporada y véngase a jugar con todas mis amigas andaluzas y conmigo".

A pesar de este desparpajo esporádico, Zenobia es muy reservada y poco amiga de expresar sus sentimientos incluso en sus cartas personales. Es más de contar el día a día, todo lo contrario que Juan Ramón, que aparece como un torbellino de pasiones. Ella lo cuenta muy bien en una carta de 1952: "Tú y yo somos el reverso de la medalla escribiéndonos: tú me cuentas todo lo de tu vida afectiva y lo que pasa tengo que deducirlo, mientras que yo te cuento todo lo que pasa y tú tienes que deducir lo demás". Además del hombre enamorado, en Monumento de amor encontramos al observador juicioso e irónico: "Usted, alma mía, es invulnerable, como cualquier diputado a Cortes".

Zenobia fue una mujer adelantada a su tiempo y con las ideas muy claras para no permitir el maltrato que algunas voces han referido. Si hubiera sido así se habría separado; sus padres ya lo estaban y su educación se lo permitía. Pero lo que sí fue, además del gran amor del poeta, es la inteligencia práctica de la que él carecía. Ella entendió la dimensión intelectual de su marido y se ofreció sin miramientos, soportando más de un inconveniente en España y durante el exilio. Baste recordar que su primer piso de casados en Madrid estaba a medio amueblar y lo único que tenían en abundancia eran libros y se acostaban a la luz de una vela.

Este libro, concebido hace casi un siglo, tiene además la modernidad a que ya nos fue acostumbrando el Nobel onubense: la concepción de un texto diverso que es suma de otros que se engarzan como un collar hasta recrear, con la ayuda ahora de la profesora María Jesús Domínguez Sío, prologuista y editora, una visión personalísima y detallada de sus protagonistas y algunos de sus coetáneos. Tiene además la compilación un interés añadido para la familia: fue el último trabajo en el que se empeñaron al unísono el sobrino del poeta, Francisco Hernández Pinzón, y su hija Carmen. Pero la obra es, sobre todo, una oportunidad para recomponer y entender nuestro país y su historia.

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