Antología de Morante de la Puebla en la plaza Las Ventas

  • El sevillano borda el toreo con el capote, cuaja buenas series de muleta, se vacía entre lágrimas y hace historia en Madrid. Manzanares y Pinar, sin suerte en sus lotes

Dijo en cierta ocasión Antonio Gala -en una barrera, ayer en Las Ventas- a Morante. "Tú correspondes al toro, en una historia de amor, breve y amorosa". Y ayer, esa historia de amor la vivió con pasión el público que abarrotaba la monumental madrileña con un torerazo de la coleta -no postiza- a los machos, que toreó de manera apasionada, con todo el cuerpo, sí, y hasta con el alma. No fue un alboroto lo que formó con 'Alboroto' -negro, 573 kilos, aceptablemente presentado, con clase y a menos-, si no... alborozo, alegría, regocijo, placer en grado sumo cuando dio un recital de toreo de capa.

Naturalidad en los cites para embarcar al toro, jugando los brazos y la cintura de manera armoniosa para unas verónicas etéreas, ya grabadas a fuego, sobre la arena venteña. Galleo al ralentí para llevar al toro al caballo. Y en esa comunión con el 'juanpedro', con un público ya enfervorecido, con las palmas echando humo, un quite con un ramillete de verónicas, un abanico con varillas de puro arte, en el que el capote se abría con la luz de la aurora y parecía cerrarse como un atardecer primaveral.

Verónicas para que las cantara un Gerardo Diego. Con un penúltimo lance en el que Morante dio una de las verónicas más inspiradas que se hayan dibujado sobre un ruedo. Y hubo medias verónicas de todos los colores, tan distintas, como hermosas: de compás abierto, a pies juntos, de frente, otra a pies juntos que se cerró envolviéndose en el capote y otra tan ceñida como la historia de amor que contaba a un público enloquecido, que vivía esa comunión como propia. Entonces, ante ese milagro que ocurre muy de tarde en tarde, el público se puso en pie.

Un público embriado, enmorantado, enamorado del arte del toreo de su capa. Y así continuó en los albores de una obra con dos estauarios barriendo el lomo del toro. Y luego, pese a que el toro se había vaciado en el capote, el milagro continuó con una serie con la diestra de cinco derechazos y un pase de pecho imborrables. En la siguiente, el animal, ya apagado, no aguantó más que un par de derechazos y el de pecho.

Cuando se echó la muleta a la izquierda, el Alboroto bicorne se había terminado, entre tanto el alborozo, la alegría, el regocijo y el placer en grado sumo continuaba en los tendidos. Morante, también emborrachado por su original y genial obra, citaba sin conseguir un natural, solventando la situación con un desplante. Y luego, un natural de verdad. Solo uno. Eso bastó para que el público, tras un pinchazo arriba y una estocada caída, solicitara un trofeo, que concedió el presidente. Le pidieron una segunda vuelta al ruedo. No quiso. Llorando entró en el callejón, estremecido, tras el nacimiento de esta historia de amor con Las Ventas.

José María Manzanares, casi sin toro, no se amilanó ante lo vivido y consiguió una faena aseada, con el temple como principal arma. La estocada, contundente. El alicantino se las vio en primer lugar con un sobrero de Vázquez, que sustituyó a un inválido de Juan Pedro, muy protestado por la falta de trapío. El animal no ofreció embestida alguna potable y Manzanares lo despachó con una estocada soberbia.

Rubén Pinar lo tenía muy difícil, casi imposible, conquistar al público de Madrid, tras la obra histórica que su padrino, Morante de la Puebla, había firmado. El albacetense lidió en la efeméride a Aleluya, castaño, de 560 kilos, astado inválido, que no le dio opciones al espada. Sin embargo, con el buen y noble sexto, Pinar acusó falta de oficio y no llegó a centrarse. Le pesó la morantitis, un virus taurino que se propagó ayer por los tendidos de Las Ventas y por el que decenas de espectadores salían toreando de la plaza, calle Alcalá arriba.

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