La otra mirada

Birmania, objetivo cumplido

Tan  solo el hueco sonido de los cascos del caballo y el chirriar de la calesa rompen la silenciosa y absoluta oscuridad de la noche. No llego a explicarme como el cochero consigue no salirse del camino. Quizás porque lo haya hecho miles de veces y podría hacerlo a ciegas.

Aun queda un buen rato para que el sol comience a clarear el cielo, pero quiero llegar temprano al templo que me han recomendado, y tener todo el equipo fotográfico dispuesto para cuando ocurra.

El templo, entre los más de dos mil que pueblan la ciudad de Bagan en Birmania (hoy llamada Myanmar), lo han elegido entre mi guía y el cochero. El templo está abierto y es posible acceder hasta una terraza superior donde contemplar el amanecer. No sin antes haber tenido que trepar un poco entre sus piedras.

Quedan todavía varios minutos para que el cielo empiece a adquirir un tono licuoso y me encuentro preparando objetivos, tarjetas, Iso, temperatura de color, etc. cuando de repente se oye una voz aflautada desde abajo. El cochero, que ha subido conmigo para no perderse el espectáculo, le responde en birmano algo absolutamente indescifrable para un occidental. Y tras el intercambio de varias frases descubro que el chaval, de unos diez años, se encuentra ya arriba con nosotros.

Con una sonrisa encantadora, impropia de las seis de la mañana, me ofrece amablemente una ristra de postales por mil kyats, el equivalente aproximado a un dólar americano.

La verdad, me quedo desconcertado, pues no es lo que me esperaba encontrar en ese momento que vaticinaba fuera mágico, y declino su invitación.

El no insiste más y se sienta a mi lado, supongo que a contemplar mi parafernalia de monopie, cámara y objetivos que quizás nunca haya tenido en sus manos y cuyo coste probablemente daría de comer a toda su familia un par de años.

El cochero y él, que creo entender se llama Tin Win, intercambian de vez en cuando frases, que lógicamente no comprendo, pero de las que deduzco la inteligencia, nobleza e increíble optimismo del chaval.

En un dificultoso inglés le pregunto si no tiene que ir a la escuela, y me responde que sí, pero que antes tiene que hacer "bisnes". Supongo que para ayudar en casa.

No me había llamado la atención el maquillaje sobre su cara, porque en Birmania es absolutamente usual que mujeres y niños lo lleven. Se llama "Tanakha" y sirve de protector solar a la vez que de coquetería. Se realiza con raspaduras de tronco de ese árbol y creo que puede ser un bonito nombre para mi trabajo fotográfico por su significado metafórico.

El momento mágico comienza a producirse, las luces del cielo lo van tiñendo de distintos colores hasta llegar al anaranjado más intenso previo a la presencia del sol, el mismo sol que tendrá su amanecer en España unas seis o siete horas más tarde.

La presencia de Tin Win, lejos de incomodarme, añade aún más magia al instante. Sus ojos despiertos y vivos, su inteligencia, su paciencia, su discreción, su optimismo, su capacidad de lucha por la supervivencia, me hacen sentirme aún más un privilegiado por estar allí, junto a él.

Los ojos del chaval reflejan a la perfección la maravilla del momento, del increíble entorno, de la alegría de vivir, de sentir… de sentirme vivo.

Es ésta, solo una de las cientos de sensaciones que, como mi amigo Bernardo Palomo revelaba en su columna del pasado día treinta, he vivido en un alucinante viaje por Birmania de doce días. Días en los que además de innumerables horas de avión he subido en globo para recorrer los miles de templos budistas de Bagan de entre los siglos XII a XIV. Me he adentrado en las vivencias de los monasterios budistas, en los alrededores de las estupas donde las gentes profesan su fe. He recorrido mercados ancestrales, ríos y lagos con embarcaciones idénticas a hace siglos, carreteras a las que hacemos un gran favor otorgándoles ese nombre. Pero sobre todo he visto y he fotografiado gentes, rostros, ojos, miradas. Diferentes, únicas, transmisoras de emociones y sobre todo llenas de vida, llenas de ese afán por sobrevivir aunque las condiciones sean adversas.

"Tanakha", el maquillaje de sus rostros, no puede ocultar una realidad por mucho que la maquille. Esa realidad creo que la traigo atrapada en los bits de mi disco duro y siento la necesidad de mostrarla, de enseñarla, de compartirla. Al final la fotografía es un excelente vehículo para ello. Y "Tanakha" será mi trabajo en el que exprese todas esas sensaciones que he vivido a lo largo de estos días.

El objetivo que me llevó a Birmania está en parte cumplido. Ahora solo me queda mostrarlo. Por eso permítanme este anticipo, que no me he podido reprimir.

¡Ah! Por cierto, al final le compré las postales a Tin Win, se lo ganó por su esfuerzo y por su paciencia y buen comportamiento budista. Y no le regateé ni un kyat, como premio por el madrugón.

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