El Bonald que yo conocí

  • Recuerdos de un periodista frente al escritor y de un largo camino de regreso

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Cuando visité por vez primera a Pepe Bonald me encontré en uno de esos detestables pisos de alquiler veraniegos de Sanlúcar que, con suerte, mucha suerte, dejaban asomar el Guadalquivir y donde en vez de cuatro cuelan a ochenta. Vivía en el corazón de la ciudad, engullido entre el bullicio de sus calles del centro y el populoso Bajo de Guía. Nada más inapropiado para un sesentón de formidable aspecto que invierte su tiempo entre la mente y la pluma. Y ahí estaba él, en la soledad del apartamento, con esa apariencia más propia de un sesudo experto en cuestiones del más allá o de profesor chiflado, que la de un escritor ya henchido en éxitos. Yo creo que aquella entrevista de 1986, y las que siguieron desde su retiro sanluqueño, sirvieron para algo y así lo manejó sabiamente este hombre: su regreso como héroe a una ciudad que sacrificó a cambio de la literatura. Y no creo que no amara su tierra. Hablamos y hablamos y entonces le planteé la cuestión. Me respondió casi como lo tuviera perfectamente medido. Era una simple frase del Quijote que introdujo en el celebrado Dos días de septiembre: Sancho estaba bebiendo vino en una bota. Al terminar de beber, descansó, dio un gran suspiro y dijo: '¡Qué bueno es este hijo de puta de vino!'. Y el que le entrega la pequeña bota, le contesta: '¿Ves cómo has alabado este vino llamándole hijo de puta?' Y lo de puta, en el sentido de una injuria acarreada por el amor. "Yo sólo he pretendido traer a mi literatura los recuerdos, sin afán de insultar a nadie, sino de criticar como se critica a la persona amada". Y contó que tenía entre manos una nueva novela que seguía la estela de Dos días de septiembre, que, en su época, Jerez era una ciudad de gran hostilidad hacia la cultura, que era como un adorno superfluo, innecesario, como una ocupación propia de desocupados, que existía entonces una Academia que era como una especie de casino, que había que escapar de Jerez si se quería ser escritor, que había mucho sabihondo de sacristía y mucha gloria local y mucha bobaliconería académica y que los mejores exponentes de la cultura local o habían sido postergados o habían levantado el vuelo. Y recordó entonces a Juan Ruiz Peña o a Juan Valencia, olvidados o desconocidos, poetas distintos a aquellos que dedicaban su tiempo y trabajo a los himnos al vino de Jerez o a su historia. Desde entonces, no volví a encontrarme a Pepe.

Años después de aquella cita, las librerías colocaron en sus estanterías la novela que me anunció en Sanlúcar. Era En la casa del padre, con sus auténticos señores y auténticos imbéciles que vivieron el auge y decaimiento de la industria bodeguera.

Tuvieron que pasar más de quince años para que Caballero Bonald fuera nombrado Hijo Predilecto de la ciudad. De 'hijo descarriado', a hijo predilecto. Y dos años antes para que contara con una fundación con su nombre. Ahora, hastiado de una intensa vida de ida y vuelta, ha cambiado el piso veraniego por un acogedor lugar en la exclusiva carretera de la Jara, un refugio donde escribe en barroco y piensa en jerezano. Y, al fondo, Doñana, el mar, un paraíso en medio de un páramo donde practicar su principal afición, la de navegar.

Cuando después de treinta y cinco años de actividad literaria, Bonald se sentó por primera vez ante un auditorio jerezano, alguien le preguntó por qué no lo había hecho antes. Pepe, sin inmutarse, respondió con cierto aire triste que no es que no fuera reticente a la hora de venir, "sino que, simplemente, nadie me ha llamado".

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