Bromas que carga el diablo

  • La obra 'La señorita de Trevélez' fue una sucesión de golpes de ingenio, crítica y humor de guante blanco

Siempre hubo y siempre habrá aquellos que, bien por su carácter o por su posición, hacen uso de toda la mala leche para aprovecharse de los demás o para aplastar a su semejante, bien con una broma más o menos pesada, bien con una actitud caciquil que pueda dar rienda a la mala intención o eso que por aquí conocemos muy bien con el nombre de guasa.

'La señorita de Trevélez', obra de Carlos Arniches a puntito de cumplir los cien años de vida, es un buen ejemplo de lo que decimos. Una panda de graciosos de un casino gastan una bromita a la paleta de turno, a la menos agraciada físicamente de toda la ciudad, a la que hacen creer que un apuesto joven corteja. Pero todo se va enredando, enquistando, hasta que la bromita de marras voltea sin piedad a su víctima. Y ahí, en la chanza, no sólo residen las ganas de diversión a costa del débil, la señorita de Trevélez, sino esa actitud cobarde del que se regocija poniendo el pie sobre el cuello del que no puede defenderse.

No, no ha perdido el texto casi nada de frescura ni de actualidad, a pesar de estar cerca del centenario de su nacimiento; antes al contrario: diríamos que todas las cosas de que se habla en él, podrían extrapolarse a nuestros días. La envidia, el abuso, la vanidad y, por supuesto, la más absoluta incultura, son fruta podrida que todavía vive en el cesto de la sociedad moderna.

El personaje Marcelino Córcoles dice, ya al final de la obra, que la cultura hará siempre menos bruto al ignorante. Que lo hará más bueno y ya no volverá a ser malo pues la sabiduría no dará sitio a la bellaquería. No sabemos si en ello Arniches anhelaba una sociedad más culta en esos primeros años del pasado siglo, pero desde luego lo que sí parece claro es que la ignorancia, y por ende, la maldad, sigue siendo hoy por hoy un binomio inherente de duración ilimitada. Esa estancia desierta del casino que es la librería al principio de la obra, es un espejo de la tibia inquietud cultural que se mueve en la actualidad.

En cuanto a la puesta en escena de esta 'Señorita de Trevélez', habría que destacar, como punto negativo, la ramplona escenografía, más propia del siglo en que se escribió, que de los tiempos que corren. Cierto es que la extraordinaria labor actoral, en la que ahora entraremos, hacía olvidar ese detalle, pero desde luego, la compañía podrá temer alguna otra cosa, pero el presupuesto no se le va a ir, ni de lejos, en la construcción de sus tramoyas.

En el plano meramente interpretativo hay dos actores que se llevan la palma. Por un lado un atribulado Numeriano Galán, llevado a las tablas por Luis Fernando Alvés, que estuvo repleto de comicidad y de gestos que casi superaron a la letra que le tocaba decir. Miradas, expresiones de pánico fueron llevadas con maestría. Por otra parte, gustó muchísimo Tomás Gayo, a la sazón productor de esta obra, que en el papel del hermano de Flora de Trevélez, demostró su versatilidad, con un rol divertido, fresco y ágil, hasta que el engaño del que su hermana es víctima se descubre, y asistimos a una transformación dramática de su personaje que fue convincente e impactante.

Como siempre, Pedro Miguel Martínez, en el papel del comedido Marcelino Córcoles, resolvió como es habitual en él, y Ana Marzoa, la víctima del antipático Guasa Club, cumplió su papel secundario con acierto, pues aunque argumentalmente es la protagonista de la obra, la intervención de la premio nacional de teatro en 1986, es casi testimonial.

Por ahora, 'La señorita de Trevélez' cuyo lenguaje nada en las procelosas aguas de los caduco y lo imperecedero, de lo ingenioso y de lo ingenuo, es lo más destacado del ciclo villamartino dedicado al humor.

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