Buena racha para los vampiros

EEUU, 2011, Terror, comedia negra. 109 min. Dirección: Craig Gillespie. Intérpretes: Colin Farrell, Anton Yelchin, Toni Collette, Christopher Mintz-Plasse, David Tennant, Imogen Poots, Dave Franco. Producción: Michael De Luca y Alison R. Rosenzweig. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Cines: Bahía Mar, Las Salinas, Al Andalus, Victoria, Yelmo, Ábaco Jerez, Cine Cité.

Un arranque prometedor es el más eficaz elemento de suspense puramente cinematográfico que existe. Porque no es cuestión de lo que vaya a pasar en la trama o de si se salvarán o no los personajes -cosas al final secundarias siempre, aunque importantes- sino de si se va a salvar el director, logrando cumplir lo prometido en ese arranque prometedor, a través de medios puramente cinematográficos. Suspense de oficio o de autor, según los casos, por así decir.

Noche de miedo empieza bien, muy bien. ¿Se salvará, salvando a su película, el director? Les resuelvo este suspense fílmico que no revienta las películas: Gillespie se salva en la que es su mejor película tras las mediocres Lars y una chica de verdad y Cuestión de pelotas.

Rehaciendo una película de 1985 Gillespie pulsa a fondo el eficaz recurso del personaje que se da cuenta de un peligro en el que nadie cree. El tranquilo barrio residencial de la pequeña ciudad americana de siempre. El nuevo y muy atractivo vecino que encandila a todo el mundo, especialmente a las mujeres, pero no al protagonista.

Desapariciones inexplicables. El tonto que insiste en que pasa algo raro. El listo que al final le cree, descubriendo el horror, pero no es creído por nadie. Las desapariciones que no cesan. El vampiro (Collin Farrell) actúa… Y sólo el joven protagonista Charlie (Anton Yelchin) sabe quien es.

Además de la buena administración de los tiempos, de un acertado equilibrio entre la aventura ligera de terror adolescente y el terror puro y de las buenas interpretaciones de Yelchin y sobre todo de un sombrío y estupendo Farrell, es en la fuerza visual (desde el inicio con los cielos requeridos por la tradición gótica del género vampírico) donde reside la clave del buen resultado de esta película.

Gracias al uso de la luz y del color Gillespie logra dotarla de una atmósfera unitaria y atractiva que concentra lo mejor del perfume de la serie B de terror. El diálogo sobre el carácter real o ficcional de los vampiros mientras los dos adolescentes buscan a un amigo desaparecido en su casa vacía representa bien la inteligente mezcla entre atmósfera y acción que dota de un interés poco frecuente a esta película.

Se agradece que se juegue a las alusiones, en vez de apabullar con sangrientas evidencias, en la mejor parte de la película, aquella en la que el chico sabe quién es el vampiro, éste sabe que lo sabe y los dos fingen ignorarlo. Se agradecen buenas secuencias de puro terror, como la de "la despensa" (llamémosla así) del vampiro escondida tras el armario o el hallazgo del uso la cruz: lo importante para el vampiro no es su presencia, sino si quien la esgrime lo hace por fe o por superstición. Y se agradece el buen estilo cinematográfico que -como ya se ha dicho- juega más con las atmósferas, las luces y un muy logrado suspense que con el efectismo (sobre todo en su primera parte, hasta la fuga en coche que da paso al voluntariamente disparatado episodio de Las Vegas: pero que nos quiten lo mordido en la primera hora de película).

Buena racha para los vampiros en estos tiempos de casquería. Tras las dos versiones de Déjame entrar (la sueca de 2008 y la norteamericana de 2010) este remake es, aunque en un tono más ligero, una más que aceptable vuelta de tuerca de este al parecer inagotable subgénero.

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