Cádiz, barroca y chirigotera

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Hace unos días me recordaban cómo surgió Cádiz. De un desaire. A diferencia de ¡Viva Jerez!, un embarazo deseado, aquél fue concebido prácticamente de penalti. Fue a raíz de aquel espectáculo con el que Mario Maya homenajeaba a Andalucía, el Flamenco y la Humanidad a través de heterogéneas versiones del himno de Blas Infante. En el caso de la provincia, se rendía tributo desde la bulería de Jerez, sin referencia al otro vértice del Triángulo. La por aquel entonces responsable del flamenco oficial, una tal Bibiana Aido, impulsó, gaditana como es, su apuesta personal por levantar este coloso que dice rememorar al mítico Las calles de Cádiz, ideado en 1933 por Sánchez Mejías y García Lorca para mayor gloria de Encarnación López La Argentinita.

La historia es archisabida. Dicen que ésta realmente anduvo por La Viña y Santa María como cazatalentos. Y este episodio, básicamente, es el que rememora y recrea Juan José Téllez en esta adaptación libérrima de aquella obra. Pero Cádiz es, salvando las razonables distancias, equiparable a una superproducción de Hollywood: tan perfecta, tan manida. Exageradamente cuidada en la forma, impecable en su realización y con pocos peros en cuanto a puesta en escena. Pero también insustancial, desoladoramente previsible y un pastiche perpetrado con tantos fondos como escasa imaginación y profundidad. Sólo algo de estas características puede condensar en un par de horas el territorio del tipismo y ese hilo argumental sujetado por una intercalación de sketches más propios de cuarteto eliminado en las preliminares del Falla que del arte chirigotero de puño y letra del Selu.

Eso sí, sobre el escenario hay un puñado de artistas netamente gaditanos que decididamente confirman su alternativa, especialmente David Palomar y María José Franco. Mariana Cornejo y Rosario Toledo se mantienen en su línea, aunque tristemente tamizadas ante tanto artificio. ¿Y El Junco? Digamos que aporta poco, pues tiene poco espacio (físico y mental) para contenerse y transmitir. En el caso de Ana Salazar, a diferencia de La Argentinita, que también tocaba ambos palos, brilla más como cantante, con una voz aterciopelada que estremece por momentos, que como bailaora, faceta que no obstante defiende con solvencia.

Y es que Cádiz no es un mal montaje, simplemente es insuficiente. Y lo es porque apenas deja que te lleves en la memoria el cuplé por bulerías de Salazar, Voy a perder la cabeza por tu amor, escrita por un jerezano, Manuel Alejandro; una acelerada, pero bien ejecutada por Palmar, malagueña de El Mellizo; y los ecos de un gracejo que no alcanza las cotas de agilidad mental e improvisación de Pericón, La Perla, El Beni y Chano, baluartes de la Tacita que son recordados a ramalazos y primando siempre el tópico. Precisamente un mal endémico contra el que desde aquí se debería luchar. Ya tenemos a siniestros personajes del espectro nacional para recordarnos continuamente que la chacha graciosa, el borracho alegre y la ausencia de ridículo siempre proceden de este rincón al Sur del Sur.

Como anhelaba Alberti, el espectáculo no ahonda en las raíces de Cádiz. Su aparente ambición se difumina en dos horas de show flamenco de variedades, puro entertainment. Obra digerible, pero que no sacia el apetito jondo, el que se recrea en el martillo golpeando el yunque y el que deja sabor a sangre en los labios, el que nace de la fatiga y poco tiene que ver con lo ufano.

Atrevida y ligera. Sin posos memorables para el espectador. Flamenco de palomitas, fast-food, producto elaborado pero light, chovinista aunque conciliador, ni ni fá. Una representación domesticada, milimetrada, sin protagonismo especial, tan correcta como intrascendente, tan de California como de Cádiz. Flamenco para guiris lo llaman, al igual que sucede con la Sevilla de Pagés: toda color, toda luz, toda fachada. Cádiz vislumbra Puerta Tierra pero no traspasa el dintel, se queda en una epidermis de algarabía chirigotera que no deja ver más que un imaginario único de lo que entendemos por ese inmenso e intenso microcosmos que es Cádiz y sus gaditanos, que ha sido y es el Flamenco gaditano. En su descargo, según nos cuentan, la producción no pretende ser didáctica. Y no lo es. Pero tampoco quiere pasar desapercibida. Y sí lo hace.

Los pregones del mirabrás y los caramelos de menta de Macandé evocan por momentos el salitre que cubre esta ciudad insular y las cantiñas del Pinini retrotraen al bullicio de la plaza de las flores, al olor del bienmesabe y la pescadilla del freidor. Pero todo queda difuminado en un concepto musical apabullante que sólo en la segunda parte deja respirar al espectador para que se recree en cada palo, en cada arpegio, en cada escobilla, en los pies y brazos de unos bailaores maniatados por el imperio de la línea argumental y la escenografía.

En la primera parte, por exigencias del guión, todo son interrupciones, un viaje a salto de mata sin refreno. La segunda, en cambio, con los artistas en pleno apogeo, se hace corta: una toná fugaz, unos tientos de Cádiz, una seguiriya con aires jerezanos de Parrilla El Viejo, una soleá bien ejecutada que desentierra aires de Juan Talega, Cádiz y Triana, y a la que ofrece grata respuesta María José Franco. Y sigue resonando el hilo conductor perenne del paraíso de las alegrías, las bulerías de Cádiz, los tanguillos de domingo de coros y aquellos duros antiguos del Tío de la Tiza. ¿La suma? Una obra demasiado larga y a todas luces desequilibrada. Más preocupada por la filigrana, la exuberancia -ahí está la escena del desembarco con un vestuario exquisito o los camareros del colmao tipo Gaultier- y el barroquismo, que por mantener una narración coherente y atractiva. En la sencillez, dicen, está el gusto.

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