Cantando la guía telefónica con énfasis wagneriano

Acción, thriller, EEUU, 2012, 165 min. Dirección: Christopher Nolan. Guion: Jonathan Nolan y Christopher Nolan, basados en los personajes creados por Bob Kane. Música: Hans Zimmer. Intérpretes: Christian Bale, Tom Hardy, Gary Oldman, Anne Hathaway, Morgan Freeman, Michael Caine, Marion Cotillard. Cines: El Centro, Bahía de Cádiz, Bahía Mar, Ábaco San Fernando, Las Salinas, Victoria, Al Andalus, Ábaco Jerez, Multicines Jerez, Cinesa Los Barrios.

Creo (en solitario) que Christopher Nolan -un realizador interesante, sin lugar a dudas- es más listo que inteligente y más hábil que creativo. Y sospecho que él debe pensar de sí mismo justo lo contrario. Por eso, tal vez, sus películas (salvo El truco final, la más convencional) me fatigan cada vez más y me interesan cada vez menos, mientras que él -tan contento de haberse conocido y tan feliz por ser uno de los nombres estelares del cine actual, querido por los productores, amado por el público y bien tratado por la crítica- las sobrecarga cada vez más con tratamientos visuales y desarrollos temáticos supuestamente oscuros y profundos. Su trilogía dedicada a Batman, que esta película debe cerrar, me da la sensación de una guía telefónica cantada con énfasis wagneriano. Matar mosquitos a cañonazos se llama a esto en mi pueblo.

El Batman de Nolan es algo así como el extranjero de Camus vestido de murciélago y enredado en aparatosas aventuras de negra épica pesimista trufadas de apabullantes efectos especiales, que parecen querer redimir su carácter de atronador cine de superespectáculo palomitero ensombreciendo el mundo y angustiando al héroe. Pero un tipo que se viste de murciélago para hacer justicia en una ciudad corroída por el vicio y el crimen representados por supervillanos no puede estirarse hasta adquirir las dimensiones de un héroe trágico (ya sea Sigfrido o el señor Meursault).

Hay en Nolan (y no sólo en su bat-trilogía) una pasmosa falta de sentido del humor, una engolada forma de tomarse en serio lo ligero y una carencia de la ligereza propia de la aventura que a duras penas son subsanadas por las muy bien construidas escenas de acción (especialmente en la última parte de su desesperantemente largo metraje) y por las escenas-impacto en las que -esta vez sí- se muestra como un maestro del espectáculo que construye magníficamente estas breves secuencias de carácter casi autónomo. Es un enigma por qué este velocista que triunfa en los 100 metros de la set piece se empeña en correr maratones ampulosos de larguísimo metraje. O por qué este buen compositor y orquestador de canciones se empeña en componer óperas.

La música define bien la deriva de Batman en la televisión y el cine. De la divertidísima sintonía pop que Neil Hefti creó para la serie televisiva en 1966 (no se olvide que este extraordinario y cachondo jazzista compuso las músicas de Cómo matar a la propia esposa, Boeing Boeing o La extraña pareja), y de los burlones compases zíngaro-góticos que Danny Elfman compuso para las ajustadas adaptaciones de Tim Burton -oscuras como corresponde al personaje, pero juguetonas y caricaturescas- (Batman y Batman Returns, 1989 y 1992), se ha pasado a la plasta sinfónica desarrollada por Hans Zimmer y James Newton Howard para la trilogía de Nolan (2005, 2008 y 2012), pasando por los mamotretos sinfónico-contemporáneos de Elliott Goldenthal para las fallidas incursiones de Schumacher (Batman Forever y Batman y Robin, 1995 y 1997). También define bien la deriva engolada de Batman el tratamiento escenográfico. Del ambiente gótico, Art Deco y Art Nouveau de las películas de Burton -que, diseñadas por el atormentado y malogrado Anton Furst, fundían las atmósferas del cómic original con las gótico-barrocas de los mundos dibujados de Tim Burton- Nolan ha trasladado la acción a los perfiles geométricos de un Chicago herrumbroso y grafiteado. El marco oxidado ideal para este héroe cuyo tormento excede las posibilidades del superhéroe de tebeo.

En ambos casos -música y decorados- se evidencia la falta de sentido humor de un Nolan empeñado en tomarse en serio, a lo trágico, al hombre murciélago. Incluso de servirse de él para hacer ejercicios metafóricos sobre los graves problemas que nos afectan, desde el 11-S hasta la actual crisis: en esta tercera entrega hay terroristas, financieros corruptos, ciudadanos hartos y sans-culottes, guerrilla urbana, un aire a lo Metrópolis -la lucha entre el rico mundo de arriba y el explotado mundo de abajo- que tanto fascinó a Goebbels (y la solución propuesta por Nolan a los conflictos se parece demasiado a la que fascinó al jerarca). "La película -ha dicho el propio Nolan- intenta hablar de cosas reales del mundo de hoy… Es una película dramática que habla de terrorismo, de crimen, de economía". Demasiado discurso para tan poco soporte argumental. El mundo salvado por un millonario amargado que se disfraza de murciélago. En esto sí que Nolan puede reflejar la realidad de los indignados que usan la máscara de V de Vendetta: el cómic intentando dar razón crítica de la realidad y la realidad crítica disfrazándose de personaje de cómic.

Michael Caine, Morgan Freeman y Gary Oldman son siempre grandes presencias, pero en esta entrega pierden el peso que han tenido en las dos anteriores. Selina Kyle es un respiro un puntito irónico: se agradece. Tom Hardy es un malo tosco. Christian Bale sufre adecuadamente. Algunas escenas espectaculares cortan el aliento. Pero todo da igual. El énfasis estilístico, la elefantiasis dramática y la infatuación expresiva pesan sobre la película hasta aplastarla. "Trabajando en los límites es como se revela el maestro", escribió Goethe. O como se desvela quien pretende hacerse pasar por un maestro, podría añadirse.

Desgraciadamente la tercera y última entrega del Batman de Nolan pasará a la historia, no por sus calidades cinematográficas, sino por la matanza durante su estreno en Denver, perpetrada por un tipo demasiado parecido en su disfraz al villano de la película.

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