XII festival de jerez

Cante de verdad

  • Gran acogida del público en el Palacio de Villavicencio a la cantaora Elu de Jerez

En la Plazuela, en los rincones de San Miguel, está Manuel Torre, está Chacón, Mojama, Lola Flores, la casta de los Méndez, los Moneo, los Parrilla... Allí hay esencia manando a borbotones, genes a espuerta y un compás separado con tiza frente a los sabrosos y sustanciales aires que nos llegan procedentes de Santiago. Ser capaz de condensar todo ese legado, toda esa tradición oral y cantada durante generaciones, puede parecer una utopía... O puede llegar a ser lo más natural del mundo. Y Luisa Jiménez, Elu de Jerez, con su estirpe y su testimonio, hace de la empresa más complicada, la más solemne y sencilla de todas las alquimias. Porque quiere, porque puede y porque sabe.

Su entonación, su exposición, pueden parecer a priori marcadas por la sobreactuación, pero rápidamente, y más quienes la conocen, se comprueba que su cante, su decir, su queja, es de verdad, sin artificios ni alardes no medidos ni justificados por el guión estricto que marcan los cánones y, lo más importante aún, la historia. Parte de un rito ancestral mecido por la gravedad del eterno retorno: de la base del tronco a las ramas, de las raíces genuinas a la savia más nueva.

Elu expone la fuente de la que ha bebido y expresa su caudal como un torrente inagotable, inconmensurable, de tronío y temperamento. Principia con bulerías por soleá y desde el primer momento surgen los inconfundibles ecos plazueleros. Le secunda Domingo Rubichi, otro cabal perteneciente al primitivismo flamenco jerezano, guitarrista de recorrido y toque limpio, siempre efectivo e intachable. Ni que decir tiene que una parte del recital se dedicó a la memoria de su padre, Diego de los Santos Rubichi, fallecido hace algo más de medio año y uno de los últimos baluartes de la ortodoxia flamenca del terruño bien entendida. Homenaje en su tierra ya.

En la seguiriya, Elu eriza el vello una y otra vez, sin contemplaciones, desde los primeros ayes. Con pose trágica y hondura, conteniendo los versos, rescata esa estampa saetera que un año tras otro buscamos en alguna ventana o balcón de Cerrofuerte al paso del Cristo de los Gitanos bien entrada la medianoche del Viernes Santo. Pone el énfasis trágico una y otra vez, sin artificios aleatorios, y remata por cabal. Crecida, entonada, afinada, sigue sin perder el hilo de su discurso telúrico y continúa por tangos, con reminiscencias de La Niña. Más madera.

Tan a gusto como estuvo ayer por la tarde en Villavicencio, sobrada de facultades y derrochándolas para el respetable, Elu encaró la segunda parte de sus 60 minutos de recital acordándose del alianda en los tres fandangazos que interpretó. Qué honda, qué mineral y qué creíble en su ejecución de la soleá: Esta casita huele a gloria, Dios mío quién vive aquí... Los martinetes dolientes, punzantes, dan paso al fin de fiesta, desplegando todo su poderío y flamenquería. Descalza y con el soniquete bulero, zapatea con furia en su patá, gustándose y gustando. Ovación y ¡chapó!

FICHA

Cante: Luisa Jiménez 'Elu de Jerez'. Guitarra: Domingo Rubichi. Día: 24 de febrero. Lugar: Palacio de Villavicencio. Aforo: Lleno.

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