Canto a la reconciliación

La fusión de la dramaturgia inteligible y pingorotuda de José Luis Alonso de Santos con el magistral trabajo como director de actores de Miguel Narros, y la talentosa y monumental escenografía del italiano Andrea D´Odorico, hacen de La cena de los generales un acto de llamada a la concordia entre compatriotas en donde el humor, la fina ironía y la crítica feroz contra la barbarie de la guerra, el dictador y sus adláteres, fluyen por los poros de cada personaje, de cada actriz, de cada actor.

Narros, Alonso y D´Odorico crean el clima perfecto entre fogones olvidados en una cocina de hotel de lujo que, presidida por el emblema falangista del yugo y las flechas y la bandera del aguilucho mueve los hilos de una trama conmovedora regada de humanidad, deseos personales, desengaños y miradas recurrentes en busca de un destino incierto y poco alentador.

Mover a dieciocho actores sobre las tablas exige un dominio excepcional del espacio escénico, que en esta producción se consigue con la inestimable ayuda de unos textos ágiles y pensados en función de la jerarquía individual que cada personaje tiene dentro de la concepción coral de la obra. La acción/reacción de cada cocinero, de cada camarero plenos de actividad, pasan desapercibidas por la lograda naturalidad que proyectan al espectador. Todo parece que está pasando por primera vez en aquella España en donde la ensaladilla rusa no se podía ni mencionar, y en donde lo mismo te fusilaban que te llevaban de boda.

Un sosegado Sancho Gracia en su papel de Genaro como maitre del Hotel Palace, hace su particular lista de Schindler en un intento fugaz por mitigar el sufrimiento de la plantilla de cocineros socialistas, comunistas y anarquistas que, depurados por rojos purgan y se espulgan en las cárceles de Madrid. El chusquero teniente Medina (Juanjo Cucalón), personaliza la mediocridad sobreactuada de la fuerza del vencedor sobre el vencido, mostrando en este caso un pequeño rasgo de humanidad que en última instancia le honra. El canto a la reconciliación que ofrece Alonso de Santos en esta fabulación histórica contada por escenas, debe servir de espejo apaciguador para los intransigentes hoy.

Con final casi feliz el maitre Genaro toca en un viejo violín la marcha nupcial de Strauss despidiéndose con un "salud compañero" que retumbó por todo el Teatro. El Muñoz Seca con el cartel de no hay billetes desde hace varios días, acompañó con palmas por bulerías el estreno del autor vallisoletano que, como bien apuntó Sancho Gracia al final de la representación, cada vez tiene más corazón porteño.

Diario de Cádiz en su contínuo apoyo a la cultura repartió gratuitamente antes del comienzo de la función el libreto-programa de la obra, iniciando así una colección que no debe faltar en la biblioteca de ningún aficionado al teatro.

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