Comunicación, Democracia y Cultura

  • La Academia, hoy

L As contradictorias relaciones entre Comunicación y Democracia definen en nuestro tiempo, un problema complejo, socialmente insoslayable tanto como impreciso. Por ironías de la historia, se trata de una relación paradójica e inevitablemente recurrente en la que más que un binomio para la integración se plantea, por lo general, como un sistema abierto a la contradicción terminológica. Así, la democracia se "adjetiva" mientras que la comunicación, día a día, se nos plantea, más aún en la era de la Sociedad de la Información, como una cuestión sustancial y, por ende, una demanda de diferentes grupos sociales y de la ciudadanía en su conjunto. Pues, conscientes de la centralidad de la mediación social, los ciudadanos observan que, en función de la mayor o menor apertura y diversidad de la comunicación pública moderna, la calidad de nuestro sistema democrático varía, al tiempo que las instituciones y principios de la soberanía pueden y de hecho logran performar y abrir la pluralidad de corrientes ideológicas en el espacio público según las formas contemporáneas de gobernanza. En esta dialéctica, sin embargo, se termina por opacar y ocultarnos el trasfondo de las complejas relaciones constitutivas del poder político en la configuración del proyecto de la sociedad informacional. Tal cuestión, la de la transparencia y la democracia relativa al papel de la comunicación en nuestras sociedades, se nos antoja sin duda una cuestión neurálgica en la era de la simulación. Es por ello que politólogos, comunicadores, representantes de la sociedad civil y del Estado apuntan a la comunicación en demanda de mayor transparencia y pluralismo. En todos los casos, este señalamiento se hace, sin embargo, tópicamente. Al hablar de Comunicación y Democracia la discusión comienza y termina, por lo general, reproduciendo ideas recurrentes que resultan, por obvias, inoperantes, al incidir, regularmente, en cuestiones coyunturales de la propia actualidad noticiosa, sin capacidad de generación de debate público, ni proposición de enmienda del actual estado de control y déficit democrático que afecta a nuestras instituciones de gobierno y de representación.

Podríamos de hecho afirmar, justamente, que la principal contradicción en la que se sitúa la encrucijada de la sociedad tecnológica es precisamente esta. El problema del "malestar de la cultura" en la era digital es básicamente que seguimos pensando domésticamente las complejas relaciones entre medios de comunicación, sociedad civil y Estado, cuando la gran metamorfosis social que estamos experimentando nos dicta, por el contrario, un movimiento nómada de constante cambio científico y tecnológico.

La mistificación tecnológica del nuevo milenarismo pretende agotar el sentido y referencia de lo social en la función instrumental de las nuevas tecnologías de la información, al margen de las relaciones sociales que subyacen a su producción, uso y circulación comercial. Es por eso que, como advierte el profesor Mattelart, la ideología contemporánea de la comunicación que ha inundado a nuestras sociedades se caracteriza por lo efímero, el olvido de la historia y del por qué de los objetos y de su conjunto social.

La naturaleza del libre mercado que convoca voluntades y moviliza en las últimas décadas adhesiones de todo tipo en la configuración de la nueva hegemonía transnacional termina así traduciéndose en la lógica totalitaria del monopolio del habla a cargo de los conglomerados multimedia.

De todo ello me propongo hablar esta tarde, a partir de las ocho y media, en la Real Academia de San Dionisio, dentro del Ciclo dedicado por dicha Corporación a las Ciencias de la Comunicación.

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