Confidencias de vodevil

  • El Villamarta inicia la temporada con la arriesgada apuesta de llevar el cine al teatro

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Dirección y adaptación: Juan Luis Iborra. Reparto: Manuel Tejada. Remedios Cervantes. Sole Palmero. Jesús Cabrero. Teatro Villamarta. Jueves 23 de septiembre de 2010.

A pesar del esfuerzo que hace nuestro teatro Villamarta por acercar a su escenario títulos más que atractivos y con un prestigio de crítica y público de varios meses, lo cierto es que en la noche de autos, y ante poco más de tres cuartos de entrada, el público salió aturdido y con dudas más que razonables sobre el espectáculo que se había encontrado. La propuesta escénica, los mutis y los escasos argumentos de tramoya acabaron dando la impresión de que la esperada hora y media de teatro había quedado en un cuento de hadas de adolescentes, de príncipes y princesas del siglo XXI con final feliz.

Todo ello porque continuamos asistiendo a obras donde el teatro ha perdido la idea de conjunto y sin ella se encuentra con las mil fichas de un puzzle sin modelo que no sabe cómo ensamblar. Jérôme Tonnerre ha querido rizar el rizo y mostrar sobre escenas pospuestas en lenguaje teatral lo que en cine había desarrollado con éxito. Claro, que al igual que cuando vemos en el cine alguna buena obra que antes ya hayamos leído, aquí existe cierta decepción sobre el producto. Juan Luis Ibarra ha cosechado éxitos en la televisión de la TDT con series ricas en contenido y con viveza argumental, pero el arte dramático es mucho más serio, porque sobre las tablas en todo momento las acciones son dirigidas por estados mentales.

En cine los planos son amplios en cuanto a tamaño y muy largos en cuento a duración como reminiscencia de la fotografía. Sobre un escenario sucede lo contrario: un plano encasillado desde el proscenio del escenario y un plano cambiante cada segundo. Por eso, las conductas de los cuatro protagonistas siguen un proceso parecido a la escritura. Experimentamos, pensamos, sentimos las cosas en bloque, pero tenemos que escribirlas en líneas. Y para hacer que el público del teatro sea capaz de captar esos cambios emocionales hay que añadir algo más que el uso excesivo de oscuros artificiosos y pobres melodías enlatadas que enmarañan más que ayudan a entender el nudo de la historia. La escenografía se antoja demasiado estática. La iluminación muy conseguida en localización e intensidad, pero sin matices que ayudasen a entender estados de ánimo. La utilería muy prolífica. Los efectos especiales básicos aunque a veces, a destiempo. Sin duda, lo mejor el trabajo expresivo de los actores y las actrices. Los personajes conseguidos y creíbles. La expresión corporal muy trabajada y la dicción y vocalización digna de las mejores gargantas de ópera.

Hay que resaltar que quien no haya visto la obra en el Villamarta y tenga interés en hacerlo, busque un estado de ánimo ecuánime y libre de prejuicios, y sea capaz de acudir sin demasiadas expectativas de divertimento, aunque en todas las fichas técnicas lea que se encontraría una comedia de situaciones inesperadas, de enredos y sutilezas. Todo lo contrario, pocas sorpresas que hacen un guión bastante plano e incluso predecible a poco que estemos atentos al diálogo de los personajes. Un guión que se hace eco de los personajes de forma inmediata y que consigue que todos los argumentos de cada uno de ellos aparezcan retratados desde un principio.

La propuesta de las cajitas de música, los teléfonos de otros tiempos y el aire retro de las habitaciones consiguen dar un punto de veracidad al texto, muy acertado en el plano de los recuerdos y de las verdades escondidas que solo escapan de la garganta cuando la vida nos hace tomar decisiones de importancia. La soledad que se cuenta de pronto a un desconocido como válvula de escape de la incomunicación y la soledad en la que todos estamos presos. El vestuario también acompaña a cada personaje, aunque demasiado exigente con las protagonistas femeninas, que habrán tenido que hacer piruetas entre bastidores para hacer los cambios a la velocidad que requería el ritmo de la obra. El 'tempo' muy fresco y con una vivacidad digna del vodevil, aunque los excesivos oscuros entre escenas llegan a veces a romper el ritmo conseguido. Aún así es un vodevil que retrata muy bien a un subgénero dramático lleno de situaciones picaronas, frescas y ligeras.

Una muestra de la dificultad del teatro para plasmar a modo de fotogramas de cine el discurrir del guión es el laberinto espiritual de los protagonistas que, en base a sus propias incoherencias, parecen estar encerrados en un laberinto en los movimientos de escena. Tras varias entradas y salidas hay incoherentes momentos en que el espectador acaba dubitativo entre derecha e izquierda, entre la consulta del piso del asesor o la del psiquiatra o entre la decoración de las habitaciones, sin que tengamos que concluir que la mayoría de espectadores asistentes tengan problemas de lateralidad ni de conocimientos sobre conceptos básicos arriba-abajo, derecha-izquierda, o antes-después. Eso sí, un diván, el diván de toda consulta psicoanalítica ha presidido la puesta en escena en todo momento sin que por ello los movimientos de transición, o los que realizan los actores se vean coartados lo más mínimo. Diván que además es nexo muy eficaz entre las diferentes situaciones planteadas. Diván por el que han pasado todos los actores en algún momento, y diván que parecía retar incluso a los espectadores de la sala, a desahogar el inconsciente y hacer que se acercaran al mundo de la salud mental televisada como si de algún "sálvame de luxe" se tratara.

En suma, quien acude al teatro para pensar y divertirse a la vez, a veces se encuentra con el hecho que además debe conocer un poco o un mucho el porqué de lo que ha visto. La teatralidad se hace en escena cada segundo y al menos esta obra lo consigue.

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