¿Crisis económica o crisis de la economía?

LA crisis financiera internacional que se desató en enero de 2008, y que ya sin ninguna duda puede parangonarse con la gran crisis de 1929, ha venido a poner de relieve dos hechos muy importantes: que los Estados Unidos practicaban desde los años ochenta una política monetaria y financiera carente de una regulación y un control a todas luces imprescindibles, por una parte, y que el estallido sorprende a una Europa desorientada, con una línea divisoria cada vez más perceptible entre los países del sur y los del norte, y con una preocupante falta de liderazgo, por otra. Ello, por lo que se refiere a Europa, y más concretamente a la Eurozona, explica que desde el primer momento adoptasen un enfoque de política económica ante la crisis basado en unas medidas drásticas encaminadas a reducir el déficit público de los países miembros como único objetivo y a cualquier precio, exigiendo un conjunto de reformas y todo tipo de recortes en sectores básicos para el bienestar de la sociedad, todo ello con el fin de salvar con dinero público a los principales responsables de la hecatombe. Aquí cabría decir que si lo justo es siempre razonable, lo razonable no es siempre justo. O como dice el Premio Nobel Joseph E. Stiglitz, un sistema que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias está condenado a gestionar mal el riesgo. Por lo que respecta a España, al igual que en otros países, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de la "troika" se acometen sendas reformas del sistema financiero y del mercado laboral, tanto por parte del gobierno anterior como del actual, aplicándose duros recortes en los sectores más sensibles, como son la sanidad y la educación, congelándose la cuantía de las pensiones y los sueldos de los funcionarios. A ello hay que añadir la decisión adoptada por el Ministro de Hacienda de proceder a un aumento del IVA, medida totalmente errónea, pues da lugar a un crecimiento de los precios, con la consiguiente caída del consumo, variable fundamental para el funcionamiento de la economía, así como a un indiscutible aumento del fraude tal como nos enseña la conocida curva de Laffer.

La evolución de la prima de riesgo, el acoso de las empresas de rating, las distorsiones en el mercado de capitales, el rescate de Grecia, Irlanda y Portugal, con su coste insoportable en términos de recortes salariales, de puestos de trabajo y de bienestar social, así como las graves consecuencias derivadas de todo ello, hizo reaccionar al gobierno español, que haciéndose eco de lo que al respecto opinábamos algunos economistas, de forma acertada e inequívoca ha rechazado una y otra vez el rescate que unos y otros, incluida la propia organización empresarial CEOE, le requerían por razones difíciles de entender y justificar. En lugar de ello ha afrontado el reto de abordar la situación del sector financiero acudiendo directamente al rescate bancario a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), del que ha recibido antes de terminar el año 2012 la cantidad de 37.000 millones de euros, completada con otros 1.865 millones, entregados en el pasado mes de enero de este año 2013, destinados a reestructurar las cuatro cajas pequeñas restantes.

Al respecto, mientras esto venía sucediendo y sucede, el Jefe fe los economistas del FMI, el prestigioso profesor Blanchard, reconocía recientemente que se había equivocado al elegir como único instrumento de política económica las medidas de recortes y de austeridad, consistiendo el error en no haber tenido en cuenta el impacto del multiplicador financiero, algo elemental que hemos explicado durante muchos años en las aulas de la Universidad y en nuestros libros de texto. Se va vislumbrado, pues que…hay algo más, Horacio, en el cielo y en la tierra de lo que piensa tu filosofía. O

dicho con otras palabras, la política de austeridad obsesionada con el déficit no era ni es la única opción de política económica. Admitirlo equivaldría a aceptar la impotencia y falta de rigor y madurez de la Ciencia Económica, lo que es a todas luces falso, pues constituye una rama del saber compleja y sofisticada, amparada por un rico acervo teórico y de investigaciones científicas contrastadas. Es preciso por ello afirmar rotundamente que no hay una crisis de la Economía (Economics), sino una crisis económica ampliada al campo de los valores y de los principios por los que debe regirse toda sociedad moderna.

Descartado el rescate, reestructurado el sistema bancario y financiero, y acometida una nueva reforma del mercado de trabajo, quedaba por delante llevar a cabo una política económica que, teniendo como variable independiente cumplir con los objetivos marcados por las autoridades europeas en materia de déficit público, se enfrentarse al mismo tiempo al mayor problema de la economía y de la sociedad española, esto es, a la insoportable tasa de paro de nuestro país, el 26%, con gran diferencia la más elevada de Europa. Y aquí reside el verdadero problema, cuyo análisis nos puede ir acercando a la respuesta al interrogante planteado en el título de esta conferencia.

Repárese en el hecho de que los Estados Unidos, que han seguido las pautas de la teoría keynesiana, han logrado alcanzar una tasa de crecimiento positiva en el año 2012 del 2,2 % del PIB, a la vez que un descenso del porcentaje de paro, que se situaba a finales del año en el 7,8 %., todo ello en contraste con lo acaecido en la Eurozona, con una caída del PIB del -0,4, y un paro que se eleva ya al 11,7 %.

En suma, estamos inmersos en una larga y profunda crisis económica y social, en la que se ha acentuado la desigualdad, pues tenemos el índice de Gini más alto de la Eurozona, pero cuanto ha sucedido y sucede no se debe a la incapacidad de la Ciencia Económica para hacerle frente, sino a una inversión en el universo de los valores, a un desconcierto y pérdida de rumbo de Europa, a la existencia de un fuerte sectarismo doctrinal, y a la prepotencia del pensamiento único como una muestra de la mediocridad y falta de respeto intelectual. Pero ante este panorama no hay que decir o pensar que vivimos un tiempo cruzado de un pasado pleno de nostalgia y de un futuro del que nada esperamos, ni podemos olvidar la necesidad imperiosa de cumplir en todo momento con los principios de eficiencia, equidad, ética, legalidad y transparencia.

Con todo este bagaje, y abiertos a cuanto hemos aprendido y sabemos de la Ciencia Económica, con sus técnicas y poderosos instrumentos de análisis, que aquí no podemos abordar, estamos en condiciones de diseñar una auténtica política económica, en el marco de la Eurozona con sus acuerdos y normas, pero con el suficiente grado de libertad que requiere la peculiaridad y situación de cada economía. En esta política económica no puede faltar la "recuperación" de la industria, especialmente en el capítulo de la producción de bienes de equipo, el respaldo a las pequeñas y medianas empresas, la revisión del sistema impositivo, la vuelta a una normalización en el mercado crediticio, los cambios necesarios en la reciente reforma laboral, que en nada contribuye al aumento del empleo, sino todo lo contrario, la recuperación de la competitividad, no vía despidos sino mediante avances en inversión en I+D+i y, finalmente, el mantenimiento del esfuerzo realizado en el sector exterior, procurando diversificar las exportaciones con el fin de que no se concentren en tan alta proporción en el área de la Unión Europea. Si estamos convencidos de ello, no queda sino ponerse en funcionamiento sin dilación, y aplicar sin titubeos el conocido modismo inglés: Where there is a will there is a way.

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