Cronenberg descubre el cine negro

Una historia de violencia supuso una especie de transición para Cronenberg, que muchos no entendimos en un primer momento pero con la que más tarde disfrutamos igual que siempre, hacia un nuevo rumbo a la hora de hacer y entender el cine. Más psicológico que visceral, menos efectista y con mayor contención (sólo en ciertos momentos), Promesas del Este es la culminación de un tránsito que lleva al Barón de la Sangre a mostrar su misma truculencia visual, aunque fijándose en otro tipo de historias y personajes, apostando por una vertiente más humana y más alejada de la máquina, lo virulento y viscoso. Todo eso ya se inició, de alguna manera u otra, con Spider y Crash, aunque entre ambas irrumpió ExistenZ, aquel thriller donde se mezclaban videojuegos y la grotesca percepción de no saber qué es verdad y qué es mentira. En cierto modo, aquí ocurre lo mismo, aunque la escena, mucho más elegante visualmente hablando, se reviste de cine negro para narrar una historia de crisis de identidades y de personas equivocadas en lugares equivocados. Y para la historia quedan secuencias soberbias, cómo no, como la de la pelea en el baño turco londinense.

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