Crudo, frío y punzante viaje a los infiernos

Lilya Forever, sin ser nada del otro mundo, es un retrato gélido e inclemente de una realidad horrenda: el tráfico de mujeres. Una soñadora muchacha de la antigua Unión Soviética, a la que su madre abandona tras marcharse en busca de una vida más próspera, es embaucada para que viaje a Suecia, donde cree que encontrará el amor y una salida a su mísera vida. Huelga decir que lo que encuentra es un infierno aún peor que el que ya conocía, el de la vejación y la prostitución. Con una sobriedad y una crudeza punzante, Lukas Moodysson procura acertadamente no caer en la sensiblería y, pese que la narración encara unos cauces absolutamente previsibles, muestra una historia con tintes líricos que abunda en la reflexión sobre los falsos edenes occidentales que a menudo no son más que fachadas de prosperidad que sepultan toda esperanza y dignidad del ser humano que ansía una vida mejor. Lilya forever son dos o tres películas a la vez: la primera, la que denuncia las mafias de la inmigración clandestina; la segunda, una historia de amor y anhelos; y la tercera, una crítica amarga a la desangelada vida en la cara desarrollada del planeta.

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