Defensa del caballero Seingalt

No hace mucho, dimos noticia aquí de uno de los libros más influyentes del XVIII europeo: la Historia de mi vida de Giacomo Casanova, aquel Caballero Seingalt de feliz y vertiginosa memoria. La edición, en Atalanta, recibió el Nacional de Traducción por el excelente trabajo de Mauro Armiño. De igual modo, es Mauro Armiño quien traduce este ensayo de Sollers, Casanova el admirable, cerrando así la ancha voluta que va de las arcanas peripecias del aventurero veneciano a las entusiatas notas del ensayista francés, cuya visión de Casanova dista mucho del héroe amatorio, mecanicista y agónico, que la posteridad nos deja.

No es casual que Sollers firmara también un breve perfil de Sade. Allí, en la cruda escenografía del marqués, era la vindicación del poder, su disposición fisiológica, lo que se enunciaba. No obstante, en este Casanova el admirable, hijo pródigo de las Luces, lo que se alumbra es la libertad llevada a un absoluto armónico y dichoso. Si el pensamiento francés, desde Foucault a Bataille, quiso ver en Sade el germen opresivo, la cerrada cuadrícula de la Ilustración, este Seingalt de Sollers sirve justamente para lo contrario. Para datar, a través de una vida excepcional y trepidante, el triunfo del albedrío humano. Una libertad, en cualquier caso, producto de la cultura, y cuyo fondo inadvertido es la alegría, el gozo mayúsculo, sencillo, teatralmente pastoril, de estar vivo y contarlo. A esta empresa van dedicadas estas páginas. Y para ello, Sollers se dirige como un lector atento, que anota y elucida cada uno de los pasos, cada uno de los excesos y derrotas de aquel genio mixtificador, que escapó a las prisiones de la Serenísima.

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