Empa(s)te Goffriller-Steinway

No, no piensen que el título de este artículo se refiere a la crónica del encuentro entre dos equipos de futbol, ni que sus protagonistas Müller-Schott y Hewitt son los capitanes de estos hipotéticos equipos, se trata en realidad de los nombres de dos maravillosos instrumentos: un violonchelo y un piano, y de sus extraordinarios intérpretes.

¿Quién puede entender que la potencia sonora de un gran piano de cola se someta al lirismo del violonchelo sin perder un ápice de su carácter? Algo fuera de lo corriente ocurre cuando, además, entran en juego partituras de tres excelsos compositores como Bach, Beethoven y Schumann y se consigue que la linealidad discursiva del primero no se convierta en rutina y aburrimiento, cuando las dificultades armónicas y rítmicas del de Bonn, agrestes y aristadas si no se entienden, suenen con el avasallador arrebato de la genialidad, o que el lirismo del romántico sajón no incline la balanza en favor de uno de los contendientes.

No es fácil ser un virtuoso y no perecer en la inmensidad de la prepotencia interpretativa. Que difícil es lograr el consenso y el equilibrio para recrear con total naturalidad las obras de estos genios sin someterse a una visión particular y extravagante buscando una originalidad innecesaria e irreal.

Sin dejar de ser personal, la interpretación del dúo formado por la pianista canadiense Angela Hewitt y del violonchelista alemán Daniel Müller-Schott el pasado jueves en Villamarta, consiguió que escucháramos a Bach, a Beethoven y a Schumann y nos olvidáramos de los ejecutantes. Las notas que surgían del Matteo Goffriller, un violonchelo fabricado en 1700 por este luthier italiano, nunca fueron ahogadas por la contundencia del moderno Steinway, rara y admirable virtud de esta pianista que, sin embargo, ha dejado bien sentado con su extensa discografía como solista que posee la fuerza necesaria en el teclado.

El joven Daniel Müller-Schott se ha encaramado al parnaso de los grandes virtuosos del violonchelo gracias a su técnica apabullante y al ímpetu y la lozanía de sus treinta años. Su juego, limpio y apasionado, consigue conectar pronto con el auditorio que queda embargado por unas lecturas arrebatadoras.

Si tuviéramos que escoger lo más significativo del programa como paradigma de la interpretación, nos quedaríamos con el Adagio con molto sentimento d'affetto de la última sonata para violonchelo de Beethoven, toda una lección de empaste y equilibrio que fueron, en definitiva, las características principales de este memorable concierto.

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