Escritos que anticiparon la crisisLeer bien

Lectores sin remedio

HOY parece evidente que la bonanza económica, esa tan añorada y que nos acunó durante tanto tiempo, no fue bien aprovechada por los que tenían que gestionarla, y eso pese a que pocos pongan en duda que no hay felicidad que mil años dure. Pues bien, a pesar de que era de esperar que algún día llegarían los tiempos difíciles, casi nadie entre tantos prohombres y mujeres, del campo de la economía, de la política, del mundo empresarial, hizo nada para prepararnos sobre lo que se nos venía encima. ¿Tuvieron suficiente información?, ¿la ignoraron? Si tenemos la curiosidad de rastrear un poco sobre el asunto, nos daremos cuenta de que algunos signos de alarma, al menos de precaución, ya salieron de los talleres tipográficos. Quizás el más conocido fue el informe publicado en 1976 titulado "Los limites del crecimiento", obra muy denostada en un principio y de la que son autores Donella Meadows, Jorgen Randers y Dennis Meadows (Podemos encontrar una reedición de la misma en Galaxia Gutenberg: "Los Limites del crecimiento 30 años después" , 2006), y que es evidente que nadie tomó en serio, no sabemos si porque eran tiempos para el disfrute y la buena vida y no para la lectura, o porque realmente no se creyeron tales vaticinios catastrofistas (algunos, si somos sinceros, nunca se llegaron a cumplir). ¿Pero por qué la mayoría de los grandes economistas no fueron capaces de anticipar lo que se nos ha venido luego encima? En un interesante artículo publicado en El País, a finales del año pasado, el periodista David Fernández lanza una arriesgada afirmación: Los gurús de la economía no anticiparon la crisis por miedo a disentir y por interés". Y sentencia: "Muchos analistas también viven del negocio". Como ejemplo de esto último podríamos poner a Nouriel Roubini, profesor de economía de la Universidad de Nueva York, y que si bien tuvo el mérito de ser uno de los pocos economistas que , allá por 2004, ya empezó a hablar del "crash" de la economía, ahora está haciendo su "agosto" dando conferencias por todo el mundo sobre la crisis, por las que cobra cifras astronómicas. Anécdotas aparte, lo cierto es que hoy, en este país, cuando hemos iniciado una dura transición económica que no sabemos cuánto va a durar, tanto el que conserva con dificultades su puesto de trabajo, como el que se ve regulado por una ERE, o los que ya acampan delante de las oficinas del paro, ven con auténtico pánico, no exento de escándalo, que esos que tuvieron que gestionar los tiempos de bonanza económica y no supieron o quisieron hacerlo, son los mismos que ahora tratan de pilotar esta travesía del desierto. Mientras, nos vamos enterando del rosario de despropósitos a los que muchos de nuestros dirigentes, en todas las esferas del poder, se dedicaban en aquellos felices tiempos de vino y rosas.

Ramón Clavijo Provencio

La semana pasada mi compañero de página titulaba su columna "Leer lento" y establecía la comparación, tan obligada como interesante, con el movimiento ya bastante extendido por nuestro continente del "Slow food", a modo de oposición al "fast food". Y hasta se preguntaba mi amigo Ramón, más que compañero, si no estaríamos en los comienzos de un "slow read", que si no lo ha inventado nadie, desde ahora y aquí mismo, y con su permiso, lo patentamos por si algo cae. Es curioso que entre lectores también suelen aparecer en las conversaciones ciertos temas recurrentes, y la forma y cantidad de las lecturas es, sin duda, uno de ellos. No hace mucho mi lector cómplice, Paco (un saludo), me comentaba que cada vez lee menos libros porque necesita de más tiempo para saborearlos, disfrutar de la lectura, y a modo de contra-ejemplo me ponía el caso de un común conocido, que contaba las páginas leídas por minuto, es decir, ya no seguidor sino un fanático (si seguimos con la comparación de mi amigo Ramón) del "fast read" (y si nadie tampoco lo ha patentado, sirva este artículo de cédula de creación). Pues, si les soy sincero, yo no soy partidario ni del "slow read" y mucho menos, por supuesto, del "fast read". Y así como cada uno tiene su metabolismo, por el cual admite o tolera mejor o peor los alimentos, y depende también de qué alimentos, todo lector (y en esto sigo la clásica frase "conócete a ti mismo") tiene su capacidad lectora más o menos adaptada a sus condiciones. Habrá quien lea con más rapidez y los habrá con mayor lentitud; pero en lo que todos podemos estar de acuerdo es que hay unas condiciones mínimas para que la lectura de cualquier libro se asiente en nuestro organismo y nos haga ese efecto benéfico que todos esperamos. Habrá libros de más difícil digestión que exigirá un proceso de lectura más lento, y libros más livianos que podemos comer (perdón, "leer") a cualquier hora. Y no menor importancia tiene en este proceso el silencio, la concentración, la disposición a la lectura y, para algunos, hasta el formato. Lo que está claro es que uno no puede leer mirando el reloj y yo me atrevería a decir que ni a comer, porque ambas actividades tienen tanto de sustento como de placer.

José López Romero.

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