Francisco Cirera se alza con el primer premio del concurso fotográfico del agua

  • Carlos Alberto Grande y Manuel Pascual, segundo y tercer premio respectivamente

CORRÍAN los primeros años del siglo XX cuando el hacendado José Paz Partida compró una propiedad llamada Villa Mercedes en las inmediaciones del parque González Hontoria. Aquel lugar era un recreo, una suerte de finca de esparcimiento que poseían las familias adineradas en el extrarradio con una casa para irse de temporada o, sencillamente, echar el día. Por lo general, constaban de una casa (no muy grande), huertas y jardines.

Entre las joyas de Villa Mercedes se contaba un kiosko de dos plantas de hierro y cristal. Lo más mega-mono, lo mas posh, lo mas in en una ciudad tan próspera y avanzada, que ya contaba con alumbrado público, ferrocarril (desde hacía 50 años) y edificios punteros como la bodega de La Concha o la caseta de feria del Casino Nacional, ambos levantados con la misma técnica constructiva que el capricho del señor Paz.

Aquel templete ultra moderno fue durante décadas el centro de las reuniones familiares y normalmente era utilizado para banquetes y cuchipandas varias, amén de causar asombro a los visitantes y servir de juguete a los más pequeños. ¿Se imaginan los días gloriosos que vivió, las risas que albergó, las conversaciones que escuchó el merendero? Sonoros gritos maternos (Antoñitoooooooo, como te caigas por las escaleras te majo a palos), declaraciones de amor (Amada Casandra, si pudiera ver tu tobillo sería el hombre más feliz del mundo), brindis solemnes (y esta nos la vamos a tomar a la memoria de Lord Mollate, patrón de los bolizas) y alguna que otra bronca antes de marchar a la Casa de Socorro (Tío Antonio, le dije que no subiera borracho al merendero, que se iba a caer por la baranda y se iba a partir cuatro costillas). Tiempos felices que se llevó el viento de levante.

¡Pobre Villa Mercedes! Pasaron los años, murió don Antonio y su familia celebró una merienda fúnebre entre lágrimas. Fue la última de un kiosko que comenzó a errar por el mundo. Los herederos lo vendieron y fue colocado en una finca de Montealegre que acabó transformada en casa de ejercicios espirituales bajo la advocación del Padre Damián de Molokai. Aquí, un edificio que necesita el cuidado de una orquídea sufrió un deterioro considerable hasta que fue donado a la Ciudad de Jerez hace ahora cuatro años. En aquel momento empezó la autopista hacia el infierno.

Tras una inversión de 100.000 euros para restaurar el kiosko no hubo en todo el término municipal (de 1.186 km2) otro sitio para colocarlo más que en uno de los principales focos bolizas de la ciudad: la Alameda Vieja. Es cierto que el gracioso templete encaja muy bien en estos jardines, pero también hay que tener en cuenta que el escaso cuidado que se tiene con esta zona hace que esté habitada por gente de vil condición. Desconocer este hecho indica que nuestros gobernantes municipales viven de espaldas a la realidad, como han demostrado al abandonar a su suerte al merendero de los Paz.

Durante el año y medio largo que lleva en su ubicación, el pequeño edificio no ha podido sufrir más atentados, ostentando un récord sólo superado por el monumento de Alfonso X que hubo de ser refugiado en el Alcázar para evitar más tropelías. A los pocos días de ser inaugurado, ya tenía varios vidrios rotos, alcanzándose una cifra de cristales quebrados tan escandalosa que el Ayuntamiento optó para reponerlos. Fue peor, ya que los tártaros continuaron su diversión con cargo a las arcas municipales.

Por si fuera poco, lo más granado de la sociedad jerezana comenzó a frecuentar la planta alta, pues el kiosko no tenía puertas. Así, el habitáculo superior de las mil ventanas partidas se utilizó de salón de té, (cuentan incluso que a una de las tea parties acudió la mismísima Liebre de Marzo), dormitorio, nido de amor, cagadero e incluso de campamento, con su fuego y todo, lo que acabaría por provocar un incendio.

Hoy, gracias a la nefasta gestión del mismo Consistorio que ha despilfarrado 100.000 euros en restaurarlo, el merendero es un truño. Rodeado de vallas (que cualquiera puede saltar), con la mayor parte de las ventanas destrozadas y expuesto a la vista de todo el que entra al centro desde Cuatro Caminos. Una burla a la memoria de quien lo construyó, de quienes vivieron entre sus finas columnas algún momento dichoso. Una falta de respeto a quien lo donó. Una vergüenza para una ciudad que parece haberle vuelto la espalda a su patrimonio histórico. Una merienda de negros que no parece tener enmienda.

El jurado del Concurso de Fotografía organizado por el Consorcio de Aguas de la Zona Gaditana, integrado por los reconocidos fotógrafos Emilio Morenatti, Alberto Galán y Adrián Fatou, se reunió ayer en la sede de la entidad para elegir las tres colecciones ganadoras del certamen entre las más de 70 participantes de un total de 45 autores. El primer premio, dotado con 1.500 euros, ha sido para la colección 'Gocce d'Acqua' del autor Francisco Cirera Molina. El segundo, dotado con 500 euros, a la colección 'Aqua' del autor Carlos Alberto Grande López. Y el tercer premio, con 300 euros, a la colección 'Niños de agua' del autor Manuel Pascual Fernández.

Igualmente el jurado ha concedido una serie de premios adicionales, dotados con 150 euros cada uno, a las fotografías y autores siguientes: 'El río que une la provincia' (elegida la mejor por el jurado) y 'Aguas de Cádiz' de Esteban Pérez Abión; 'La comunidad del agua equilibrio y caos' de Juan José Moreno; 'Agua dulce vida' 1 y 2 de Lola Ruiz Herrera, y 'Frutas' del autor Santiago Pajuelo Torrado.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios