Genética con buena memoria

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La genética humana es asombrosa. Lo mismo se hereda la calvicie que una garganta privilegiada capaz de devolver el metal añejo que palpitaba hace medio siglo en el corazón de un barrio. Al margen del imperio del ADN, que tampoco es garantía irrebatible de nada, la nueva frontera del cante jerezano, heredera de las estirpes con más solera de la ciudad, es una generación marcada por el mp3, el cola-cao y la sociedad del bienestar. Una quinta que poco tiene que ver ya con las ducas y las fatigas de antaño, con los cantes de fragua y gañanía, con el sonido sepia y abandonado de los tabancos. Unas ramas de un tronco indómitas y con un punto anárquico. Pero eso sí, con muy buena memoria. Y, ya se sabe, la consciencia nítida del pasado, del legado que se recibe por transmisión oral u escrita, es el único pasaporte para avanzar hacia el futuro, para mantener la 'jondura' impertérrita a pesar del tiempo y los contextos.

Y es que si algo hubo en la noche del pasado viernes en el Alcázar, aparte de un nutrido elenco de jovencísimas figuras que dan continuidad a la inagotable cantera jerezana y que mostraron sus ansias por agradar, fue memoria. Evocación sincera y suprema por la alargada figura de Manuel Torre, pero también por la de Chacón, El Serna y La Paquera. Y memoria también para recordar a la decana de las peñas flamencas de la ciudad, Los Cernícalos, y aquella épica producción, que auspició a mediados de los 70, dedicada a la Nueva frontera del cante de Jerez y que ahora, 35 años después, se revisa. Precisamente, ha tenido que ser en esta ocasión una entidad financiera del País Vasco, la BBK -que libra desde hace años parte de su obra social y cultural al género jondo-, la encargada de servir de mecenas del proyecto. Una excelente noticia que demuestra la buena salud de la que goza el flamenco a nivel nacional e internacional, pero una evidencia del escaso interés que en ocasiones demuestran quienes debieran estar más cercanos y receptivos a la hora de promocionar y apoyar una expresión tan nuestra.

En todo caso, hubo memoria en la presentación en directo del doble compacto que resume las últimas añadas cantaoras del terruño -esta vez, sólo en género masculino, el año que viene será el turno del femenino-. Y los recuerdos a flor de piel brotaron entre los artistas que subieron al escenario como si estuvieran en una improvisada reunión familiar. Hubo buen ritmo en el tránsito entre cantaores, pese a la abultada nómina de protagonistas sobre las tablas; y el espectáculo, que se prolongó durante más de dos horas, mantuvo el interés y el entretenimiento sin decaer en ningún momento.

La llama de la bulería, siempre presente en esta tierra, ni siquiera carbonizó al resto de palos, en general bien ejecutados y que permitieron asistir a una propuesta diversificada y ajena al chovinismo tan extendido en estas latitudes. Los jóvenes, como así demostraron contra quienes opinan lo contrario, han aparcado (se espera que definitivamente) el compás y las monótonas palmitas por bulerías y ahora estudian y encaran por derecho las letras por tarantos de Manuel Torre, como bordó David Carpio acompañado de un sensacional Manuel Valencia. O se lanzan a pecho descubierto con una ronda de tonás, como la que ofrecieron en el arranque de la velada Antonio Peña El Tolo -con la debla popularizada por Tomás Pavón de en el barrio de Triana-; José Carpio 'Mijita'; las excepcionales carceleras de David Carpio; y el colofón de Jesús Méndez, tan sobresaliente como de costumbre. Porque la cultura ya no se lleva sólo en la sangre, ahora también hay que formarse y beber de las corrientes que regala la historia. Y eso, para quienes empiezan a despuntar en el flamenco, ya es algo fundamental.

Juanillorro se acordó del desgraciaito nací de Tío Gregorio El Borricoy el 'Niño de la Fragua' encaró ofreciendo sobradas muestras de talento las cabales del Loco Mateo. Soleá con pinceladas de Manuel Torre para el 'Mijita', secundado por la brillante sonanta de Juan Manuel Moneo; y Moneíto, momentos antes, se atrevió con los tientos del carro de mi fortuna. El Quini, siempre hiperactivo, animador oficial del Reino del soniquete, se arrancó sucesivas veces por bulerías, y Luis de Pacote se explayó con unas saladas cantiñas con remembranzas al Pinini, El Chaqueta y la Fernanda. Exquisito repertorio y selecto grupo de jóvenes intérpretes sobradamente preparados. Entre todos ellos, sin excesivo protagonismo, Ezequiel Benítez y Jesús Méndez cobraron relieve como abanderados de esta savia nueva del cante que funde Santiago y La Plazuela. El primero cantó bulerías pa' escuchar con tercios de Manuel Torre y El Gloria, mientras que en su incursión posterior tuvo tiempo para el lucimiento personal con una malagueña chaconiana en la que se rebuscó y ofreció la mejor versión de sí mismo. En el caso de Méndez, expuso su ya clásica potencia vocal al decir el cante y, junto al notable tocaor Miguel Salado, brindó un par de fandangazos dedicados a su tía La Paquera, Parrilla de Jerez y Antonio Gallardo. Buen cabal este jovencísimo cantaor cuyo concurso anteayer, en honor a la verdad, supo a demasiado poco.

Como broche de oro al bautismo de fuego de este plantel de jóvenes artistas -muchos de ellos con extensos currículos-, tuvo lugar un generoso fin de fiesta en el que todos y cada uno de ellos contribuyeron con un buen salpicón de bulerías y pataítas. Como bis de la noche, saltaron al ruedo, para darles la confirmación de la alternativa, Juan Moneo El Torta y Moraíto -dos de los protagonistas de aquel primer Nueva frontera-, quienes no dudaron en sumarse a la graduación de unos chicos que, en palabras de Moneo, "son como los de la selección española, los mejores del mundo". Iré con el alba, con El Torta encendido, cerró un vibrante recital que sólo la perspectiva del tiempo juzgará en su justa trascendencia. Siempre alguno que otro se quedará en el camino -la criba inicial contempló hasta 60 artistas- pero lo que es meridiano es que el flamenco por venir está a salvo.

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