Los Goya celebran hoy sus 25 años de historia

  • La ceremonia, en el Teatro Real, intentará hacer olvidar los desencuentros entre los académicos de las últimas semanas

La entrega, esta noche, de los Goya promete hoy un puñado de emociones diversas. Los 25 años que alcanza el premio auguraban una fiesta por todo lo alto -la solemnidad de la ocasión ha permitido contar con el Teatro Real como escenario-, aunque los preparativos de la celebración se atragantaron. El anuncio de la dimisión de Álex de la Iglesia como presidente de la Academia, en desacuerdo con la ley Sinde, abrió una brecha en la institución que le había respaldado previamente con 15 nominaciones a su Balada triste de trompeta, y el ambiente se enrareció más cuando Icíar Bollaín, vicepresidenta de la Academia y rival de De la Iglesia con También la lluvia -13 candidaturas-, mostró su desacuerdo con la actitud del director.

Después de los acontecimientos, habrá quien interprete el palmarés en clave y verá los resultados como un respaldo o un castigo al desplante del director bilbaíno. Su triunfo en Venecia -premios a la dirección y al guión concedidos por un jurado con Tarantino al mando- parecían anticipar que su filme iba a arrasar en la temporada de galardones, pero la naturaleza explosiva de su largometraje no es precisamente un plato para todos los gustos. Cuando todavía no había estrenado su cinta, Bollaín sorprendió con la elección de la misma para representar a España en los Oscar. No logró finalmente la candidatura, pero su película aguantó hasta el corte final.

Tanto De la Iglesia como Bollaín tienen sus devotos y sus detractores, pero, en todo caso, no se pueden ver estos Goya como un simple enfrentamiento entre ambos. El mallorquín Agustí Villaronga cuenta con 14 opciones a premio con Pan negro, y, aunque su filme no mantiene durante todo el metraje esa intensidad perturbadora de su mejor cine, para muchos es la propuesta más sólida entre las aspirantes. La diversidad de las finalistas se completa con Buried, del joven Rodrigo Cortés, una apuesta insólita que extrae dramatismo de un único escenario -un ataúd donde se descubre encerrado el protagonista, un esforzado Ryan Reynolds- y que desde su paso por Sundance despertó el entusiasmo de críticos y distribuidores extranjeros.

El mismo misterio que depara la categoría a la mejor película se repite en el apartado interpretativo. Bardem compite al mismo tiempo al Goya que al Bafta -los galardones británicos también se entregan esta noche- por la entrega a su personaje en Biutiful. En Inglaterra no tiene posibilidades frente a Colin Firth, pero en España es el favorito, aunque en las votaciones puede pesar que ya ha sido bendecido por la Academia en repetidas ocasiones, y algo similar podría ocurrir con Tosar, que en También la lluvia realiza una interpretación contenida que no suele ser del gusto de los votantes. ¿Y si esta vez se reconoce el trabajo de una estrella en una producción española? No se dio el caso con Nicole Kidman (Los otros) o Rachel Weisz (Ágora), pero igual Ryan Reynolds, que sufrió un claustrofóbico rodaje con Buried, tiene mayor fortuna. Hay un cuarto en discordia: Antonio de la Torre siempre está bien, y pelea con Balada triste de trompeta.

Nora Navas, premiada en San Sebastián por Pan negro, podría hacerse con el Goya a la mejor actriz. No es un nombre conocido, y quizás por ello los votantes prefieran a una recuperada Emma Suárez, galardonada en Valladolid por su papel en La mosquitera, y ya se sabe que los premios gustan de los reencuentros con viejos conocidos. Elena Anaya, enamorada hasta el delirio en Habitación en Roma, mira también a un Goya que nunca hasta ahora la ha querido. ¿Y si Belén Rueda, la musa del terror patrio, da un sobresalto a sus contrincantes?

Quien sí verá distinguido su trabajo sin tener que aguardar a que se abra ningún sobre es el director Mario Camus, premio de honor en una noche que recordará a los que ya se fueron, en especial al maestro Berlanga. La velada será nostálgica, más allá del humor que le ponga el presentador Andreu Buenafuente. Al fin y al cabo, los Goya entran en el cuarto de siglo, y ésa ya es una edad para mirar atrás y sentir la punzada de la melancolía.

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