CINE

Hermanados por el crimen

  • James Gray incide en su tercer largometraje, 'La noche es nuestra', en sus tramas de delincuentes y policías que tienen que elegir entre sus familias y sus oficios

La nostalgia criminal está de moda en el cine americano. Hartos a lo mejor de súper policías enfrentados al delito en tecnothrillers donde lo importante es saber manejar la ametralladora y pinchar internet desde cualquier sitio con un simple portátil, algunos directores prefieren mirar hacia atrás, a una época donde era más importante el elemento humano. En realidad, estos filmes intentan recuperar la esencia del viejo cine negro, con atmósferas y dilemas morales entre servidores de la ley y enemigos de la sociedad, dos términos que a veces se confunden.

Así, ha habido novelistas como Dennis Lehane, adaptado por Clint Eastwood en Mystic River y por Ben Affleck en la sorprendente Adiós, pequeña, adiós, que han mantenido el viejo estilo en sus ficciones. En cine, recientemente hemos visto American Gangster, que recreaba la trayectoria de un traficante de drogas en el Nueva York de los años 60 y 70. El gran Scorsese, en sus crónicas criminales como Casino, Uno de los nuestros o la más fallida Infiltrados, sigue esta moda de centrarse en mafiosos del pasado. A ellos se une desde este viernes en nuestras pantallas el director y guionista James Gray, uno de estos cineastas de escasa pero jugosa trayectoria, con La noche es nuestra, ambientada en el Nueva York de los años 80, donde el neón se mezclaba con la invasión del crack en sus calles. Al revés que muchos de los títulos citados, La noche es nuestra no narra la historia verdadera de ascenso y caída de un gangster, sino un drama familiar surgido de la mente de su director y guionista.

Gray sólo tiene dos películas previas, más de prestigio que taquilleras. En 1994 rodó Little Odessa y en 2000 La otra cara del crimen. En ambas demostró saber mezclar historias familiares con crímenes. Su tercera película, La noche es nuestra, incide en estos temas, que se ve le motivan. Trata de un padre policía y sus dos hijos, uno que sigue sus pasos y otro que elige el camino de la delincuencia. Y todo ello ambientado en el Nueva York de 1988, cuando las fuerzas de la ley se hallaban impotentes ante el desarrollo de la mortal droga conocida como crack, algo que aumentó los delitos en la Gran Manzana hasta un 73 por ciento. Una cultura de la muerte que proliferaba en las discotecas de la época, que bailaban los ritmos latinos de Gloria Estefan o la provocativa música de George Michael. Gray ha sacado esta trama de su magín, sin soporte literario previo. Es también un film generacional, pues al fin y al cabo el director fue joven en esos años en Nueva York.

Ha contado con un reparto encabezado por Mark Walhberg, Robert Duvall y Joaquin Phoenix . Al primero, dignificado como actor gracias a la candidatura al Oscar por Infiltrados, ya lo conoce de La otra cara del crimen. El segundo es una institución del cine americano, y Phoenix es además uno de los productores de la cinta. Él es relaciones públicas en una exitosa discoteca neoyorquina, El Caribe. Dedica su tiempo a sus labores nocturnas y a su novia (la estrella latina Eva Mendes). Pero oculta un secreto. Su padre es el legendario e incorruptible jefe adjunto de la policía y su hermano es un prestigioso teniente del cuerpo que precisamente se halla investigando la discoteca donde trabaja por cuestión de tráfico de drogas. Para el relaciones públicas las cosas se complican cuando sus jefes deciden eliminar a los policías que les están acosando, ignorantes del parentesco de su empleado, para el que empieza un gran dilema moral entre su familia y sus socios.

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