Historias de Peter

Recuerdo una película de esas que se te quedan grabadas, La casa Rusia. En ella un maduro pero interesante Sean Connery hace lo indecible hasta conseguir sacar de Rusia a la mujer de la que está perdidamente enamorado. Una Michelle Pfeiffer que de rusa está todavía más atractiva. Esa película despertó mi curiosidad por Rusia. Varios años más tarde conseguí ir a Moscú y San Petersburgo, la ciudad de Peter. Me llamó la atención su encantadora decadencia, pero resulto imposible contactar con sus gentes.

Por eso me ha llamado especialmente la atención la exposición de Carma Casulá en la Kursala del Aulario de la Bomba de Cádiz. No están ni Sean Connery ni Michelle Pfeiffer, los que están son personas corrientes, habitantes de la ciudad de San Petersburgo. Bueno más bien, las que están son sus vidas, sus caminos, sus historias, que a la vez es la historia de la ciudad y del país.

La autora utiliza un sistema de trípticos para contar los caminos de estas personas, que nunca han aparecido en ninguna película de amores imposibles o posibles. Sus historias son las de la supervivencia, la de la lucha cotidiana, la de la precariedad, la de la soledad, la modernidad.

En esos trípticos aparecen el personaje, un lugar en el que refugiarse o sentirse ellos mismos y un objeto con el que se identifican o le tienen un aprecio especial.

Así el espectador se puede topar con historias como la de Nina. Una mujer de ochenta y ocho años que perdió a su padre y hermana durante el asedio de tres años a la ciudad en la Segunda Guerra Mundial y que provocó la muerte de más de un millón de personas. Su vida discurrió luego en un campo de concentración, donde tuvo un hijo que le arrebataron y al que conoció hace pocos años. El no quiere saber nada de ella, aunque le permite ver alguna vez a sus nietos. Su refugio es su casa y sus objetos, fotos ancladas en el tiempo, como si se resistiera a afrontar el presente, y menos aún el futuro.

O la historia de Anja, una adolescente de catorce años que se siente a gusto en una casa orfanato. Después de haber deambulado años por las frías y húmedas calles de la ciudad. Huyendo de una madre alcohólica, (algo frecuente en Rusia) y un padrastro que le pegaba. Al final encontró su hogar en una casa de acogida donde estudia. Su objeto preferido es un llavero sin llaves. Puedo llegar a percibir el cariño que siente cuando lo aprieta con fuerza entre sus manos, quizás sea lo único que tenga en la vida.

Pero no todas las historias son tristes en San Petersburgo. Historias como la de Tatiana, de veinticuatro años, que representa la modernidad. Las ansias de liberación de la mujer rusa. De respeto hacia su condición de mujer e incluso de su libertad sexual. Es guía turística y le molesta el concepto de mujer sexualmente fácil que los turistas europeos traen predeterminado en sus mentes. Le preocupa ir vestida a la moda y sus objetos preferidos son, curiosamente, un móvil y un icono ortodoxo.

Pero hay una historia que me descuadró. La de Concepción y Pavel, una pareja de más de noventa años, él ruso y ella de Murcia. Se conocieron en la Guerra Civil española. El amor llevó a Concepción a seguir a Pavel hasta San Petersburgo. A él como a Connery, no le resultó fácil sacarla de España y que la aceptaran en Rusia. Pero como en la película, el amor triunfó. Sus objetos preferidos son el pasaporte con el sello que le permitió atravesar la frontera del amor y una foto de ella que dio fuerza a Pavel los años que duró su camino posterior a la guerra civil por distintos conflictos bélicos, hasta encontrarse de nuevo con ella.

Después de recorrer la Kursala y contemplar las fotos y el catálogo de la magnifica obra narrativa de Carma Cesulá "Ciudadanos de Peter", sentí lo que el personaje de Connery pudo haber sentido el día que llegó a Rusia, las historias que pudo conocer a través de los ojos de su amada Pfeiffer. Y al salir, la puesta de sol desde el Parque Genovés me llevó a la escena final de la película, cuando Pfeiffer y Connery por fin se encuentran, a la salida del sol, en un espectacular barrio con vistas al puerto de Lisboa,…ella había conseguido llegar. Al menos en las películas, el amor siempre triunfa. En la realidad…a muchos le basta con sobrevivir.

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