Irlanda: el diálogo entre dos aguas

  • Antonio Rivero Taravillo analiza el pasado y presente de la literatura del país, invitado este año a la Feria del Libro de Sevilla, un rico patrimonio que va más allá de la tradición gaélica

La Academia Sueca concedió el 1963 el Nobel de Literatura a Yorgos Seferis. El poeta griego había reelaborado en su obra asuntos de la Odisea. Cuarenta años antes el premiado había sido W. B. Yeats. También el irlandés había recogido la epopeya de su patria, y había llevado al héroe Cú Chulainn a sus versos y a algún drama; y no sólo a ese personaje, también otros del acervo de Irlanda. Un acervo que puede blasonar de haber compuesto en irlandés medio la primera versión de las andanzas de aquel Ulises a cualquier lengua, hacia el año 1200. También, más de siete siglos después, la más sonada y libre a cargo de James Joyce.

Irlanda es, con Grecia, el país europeo que mantiene viva una tradición literaria más antigua. La cultura helénica es sin duda anterior y mucho más rica; ahora bien, los sucesos consignados en los relatos irlandeses del ciclo del Ulster se desarrollan en torno al siglo I de nuestra era, aunque sean de elaboración algo posterior, transmitida primero oralmente y luego en manuscritos valiosísimos como el Libro de Leinster. Aquellas leyendas en prosa en las que se intercalan versos que subrayan la intensidad de ciertos parlamentos se fueron modificando en diferentes versiones, que fueron enriqueciendo la tradición. Además, otros temas se fueron añadiendo a ese acervo: el ciclo mitológico, historias de reyes, relatos de las bandas de cazadores errantes, los fianna, seguidores de Fionn Mac Cumhaill.

Irlanda es el país de la palabra, sus pobladores son parlanchines, aman la poesía y los cuentos Lisa McInerney, premiada autora revelación, estará en la Feria del Libro

Lo escribo así y dudo si hacerlo como Finn MacCool, con otra convención ortográfica, pues el irlandés o gaélico (se prefiere emplear la primera forma, dejando la segunda para la rama de la lengua que Irlanda injertó en Escocia) es una lengua muy antigua, que ha ido evolucionando y ha ido cambiando su ortografía. Así, y saltamos ahora de nuevo al siglo XX, el personaje de Finn fue retomado por uno de los autores más importantes del siglo XX, Flann O'Brien, que lo hace personaje de una novela paradigmática del posmodernismo: En Nadar-dos-pájaros. Allí O'Brien traduce tiradas enteras de estrofas de un tipo de poesía muy cara a los antiguos irlandeses: la del elogio de la naturaleza. Este género brindó versos espléndidos a partir del siglo V, y algunos de ellos, los puestos en boca de un rey loco que se hizo ermitaño, pasaron a un libro de versiones de otro Nobel irlandés, Seamus Heaney, quien también vertió de la antigua lengua céltica un poema atribuido a san Columba en el que este se lamenta de que su mano está cansada de copiar manuscritos.

En la Isla Esmeralda, pues, hay un constante diálogo entre los tiempos y entre las lenguas, de modo que la tradición vernácula arraiga en el idioma inglés y da a este un caudal nuevo. Irlanda es el país de la palabra; sus pobladores son parlanchines, amantes de la poesía y de un buen cuento, agradecidos al misterio y dados a las creencias en lo sobrenatural porque de ese hontanar mana como en el ancho y majestuoso río Shannon de la canción de los Pogues (grupo "mezcla de los Clancy Brothers y de los Six Pistols" que también renovó la tradición) una gran cantidad de canciones y narraciones. El primer Yeats compuso baladas en las que aparecen los seres feéricos, donde hay encantamientos, donde el paisaje alienta con un respirar pagano heredado de unas creencias con las que el cristianismo no pudo del todo y prefirió aliarse. Él y lady Gregory y toda una hueste de escritores del llamado Renacimiento Literario Irlandés bebieron en esas fuentes nebulosas del Crepúsculo Celta.

Es la certeza de que las hadas existen, de que convive con nosotros su pueblo retirado a túmulos, colinas, cuevas, lo que hace que esos lugares mágicos, los sídhe, vayan al folklore, el inabarcable folklore irlandés, y se conviertan en notas musicales del más grande arpista irlandés, el ciego Turlogh Carolan que vivió entre los siglos XVII y XVIII (la donosura de la melodía Sí bheag, sí mhór está contagiada de la gracia de las hadas, de "la gente pequeña", como los irlandeses vienen llamando desde hace siglos al pueblo sucesor de una raza mítica, los Tuatha Dé Danann).

La fantasía congenia de manera muy notable con el carácter irlandés: Jonathan Swift creó sus Viajes de Gulliver al socaire de las narraciones de navegaciones extraordinarias como la de Bran (san Brendan); Sheridan le Fanu o Bram Stoker navegaron por otras aguas, las rojas de sangre de sus sendas novelas de vampiros Carmilla y Drácula. Sin embargo, los irlandeses saben también estar muy pegados a la tierra, y hay una narrativa realista que no embellece las penurias de los compatriotas y dibuja las lacras de la sociedad, retratando a la clase trabajadora, como en el caso de Roddy Doyle, famoso mundialmente por la adaptación de una de sus obras en la película Los Commitments pero también por otras novelas, algunas de ellas aparecidas en España.

Desde la invasión inglesa del siglo XX, Irlanda ha tenido que bregar con el dominio de sus vecinos, y durante siglos se ha rebelado contra esa presencia. Son luchas que han dejado su huella en la literatura, incluidos los asesinatos del último tercio del siglo XX en el Norte de la isla. La poesía se hizo eco de ello, pero también la narrativa y el teatro (Irlanda posee una brillante tradición dramatúrgica, y el Abbey Theatre es el teatro nacional, donde han estrenado grandes del género como Brian Friel). Un autor que lleva la lucha por la independencia y la guerra civil a sus relatos es Frank O'Connor, aún no traducido al español. Brendan Behan, que de joven militó en el IRA, ha escrito sobre ello. Genio de la literatura oral, improvisador y rey republicano de la agudeza y el ingenio, Behan dijo en una ocasión, dándole la vuelta a lo previsible de la frase, que él era un bebedor con problemas de escritura. Cuando llueve, el alcohol de sus restos se diluye un poco en su tumba del cementerio de Glasnevin.

Es Glasnevin el camposanto más célebre de Dublín: allí están enterrados desde Maud Gonne, la amada de Yeats, a Gerard Manley Hopkins o Roger Casement (protagonista de El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa). En la parte menos visitada, al otro lado de la calle, se encuentra la sepultura de Luke Kelly, cantante de los Dubliners que, con esa simbiosis natural entre los irlandeses de música y palabra, puso voz al bellísimo poema Raglan Road, de Patrick Kavanagh. Los Dubliners, con Ronnie Drew a la cabeza, que vivó una temporada en Sevilla, tomaron su nombre del volumen de cuentos de Joyce que se cierra con uno de los más hermosos de que se tenga noticia, Los muertos, que finaliza a su vez con la imagen de unas sepulturas en la película de John Huston que lo adapta. Glasnevin es, por otra parte, uno de los escenarios de Ulises, la novela joyceana de la que hay varias traducciones al español y que concluye, recordémoslo, con una evocación de Andalucía por parte del personaje gibraltareño Molly Bloom.

Si hablamos de voces femeninas, en años recientes una autora irlandesa ha conseguido atraer la atención de los lectores españoles: Edna O'Brien, que será homenajeada en la libresca feria hispalense. Con la trilogía que comenzó en Las chicas de campo ha conseguido un respetable éxito, y hoy, recién aparecida su autobiografía, es una escritora de culto que traslada como nadie las estrecheces de miras y la hipocresía (no todo es idílico en Irlanda) de un país en el que la Iglesia tuvo un gran peso, dictando unas relaciones sociales que fueron asfixiantes para muchos. Pero ya se ha roto el viejo corsé y asuntos como el feminismo, las drogas, la homosexualidad están presentes en obras de narradores actuales tan distintos como Sebastian Barry, Jamie O'Neill, Anne Enright, Colm Tóibín o Lisa McInerney, premiada autora revelación que estará presente en la Feria del Libro de Sevilla. Uno de los más reputados prosistas de la lengua inglesa, John Banville, firma con el seudónimo de Benjamin Black sus novelas policiacas ambientadas en una Irlanda sorda y sórdida de los años cincuenta. No es ni mucho menos el único autor de novela negra: John Connolly está bien representado editorialmente entre nosotros.

Sería, efectivamente, un error limitar la inventiva de la literatura irlandesa a la fértil tradición gaélica: hoy el país bulle con escritores que ya no están tan pendientes del pasado, y también hay, o ha habido, por lo demás, otros que pertenecen a una tradición refractaria a las idealizaciones célticas. Un buen ejemplo sería Elizabeth Bowen, escritora representante de la clase acomodada conocida como Ascendancy, heredera de quienes hasta tiempo reciente ostentaron tierras, honores, privilegios. Alguien que nació en una de esas familias angloirlandesas pero cautivadas (al menos la madre) por lo gaélico fue Oscar Wilde (llamado así, Oscar, por el nieto del Finn de los antiguos relatos y cancioneros). Como George Bernard Shaw fue dramaturgo sobresaliente. También lo fue Samuel Beckett (y Nobel como Shaw), que pese a esa cara de pescador de las islas Aran afilada por las galernas atlánticas no fue muy devoto de lo irlandés y, más que de lo mágico, fue amigo de lo ilustrado, más de lo galo que de lo gaélico, y en consecuencia se afrancesó, añadiendo la lengua de Molière a la literatura irlandesa.

En la escrita en irlandés, nombres importantes son Brian Merriman, Máirtín Ó Cadhain y Nuala Ní Dhomhnaill, representante de una gloriosa generación de mujeres poetas (nunca han faltado en la tradición, particularmente en el género elegíaco). Michael Hartnett escribió poesía en ambos idiomas y abandonó el inglés durante un tiempo con un libro titulado precisamente Farewell to English (1975). Traductor de mucha poesía en irlandés, también puso en inglés a Lorca y su Romancero gitano. Por cierto, que el poeta granadino es también citado en uno de los mejores cuentos en irlandés de Liam O'Flaherty, recogido en Deseo (disponible en español). Otros prosistas importantes de distintas épocas, y en inglés, son William Trevor, John McGahern, Colum McCann, Oliver Goldsmith, lord Dunsany, Aidan Higgins, Patrick McCabe, Mary Lavin o, aún joven, John Boyne, autor del gran éxito El niño del pijama de rayas.

Se conmemoran estos días los 102 años del Levantamiento de Pascua de 1916. Varios de los cabecillas fueron poetas: Patrick Pearse, Joseph Mary Plunkett y Thomas MacDonagh. Si no fuera el arpa su escudo nacional, el de Irlanda debería ser, acaso, un libro.

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