Juan de Haro. Uno de los pocos y de los primeros

RAMÓN Belén me dio la noticia: ha muerto Juan de Haro. El nombre, quizás, a casi todos le puede sonar distante; incluso, para los amantes del arte pueda significar poco la figura de este almeriense, de Cuevas de Almanzora, que fue de los pocos que rompió con los ambientes trasnochados de la escultura - también del arte en general - en aquella España, rancia donde todo estaba impuesto por las exigencias definitivas de unos pocos. El escultor dejó constancia desde el principio de unos intereses que estaban mucho más allá de lo que demandaba una sociedad al margen totalmente de los intereses culturales.

Juan de Haro fue un artista adelantado, un escultor de máximos en una época de mínimos; protagonista de una escultura que él siguió haciendo grande a pesar de que casi todos sus colegas de profesión la abandonaron para doblegarse a las fáciles exigencias de unos intereses pacatos. Juan de Haro dignificó la profesión escultórica; continuó dándole el rigor y el sentido que poco antes le había dado el gran Alberto Sánchez, aquel panadero que fue uno de los grandes, de los pocos y de los primeros en el arte moderno español. A Juan de Haro su inconformismo político, social y creativo, lo llevó a París donde convivió con muchos de los grandes - entre los que estaban Alberto Giacometti - y donde se adscribió a aquella modernidad que faltaba en España y que él retomaría en el amplio sentido, sin conceder brindis al sol y sabiendo que la realidad artística más que tiempo tenía sentido.

Juan de Haro permaneció siempre alejado de las circunstancias espúreas que rodeaba - y que rodea - lo artístico. Solamente dedicó su vida a la escultura, al trabajo solitario en un taller lleno de vida. Quizás, por eso su nombre ha estado silenciado en muchos sectores de un arte interesado, cainita y marginal, un arte que no interesaba al escultor almeriense. Para él, la realidad artística pasaba por una fidelidad absoluta al compromiso creativo. Ha sido uno de los máximos escultores que trabajó la piedra, material con el que se sentía identificado y con el que logró sus mayores y mejores planteamientos artísticos.

Ahora, cuando su falta va a ser motivo de alabanzas, será la hora de que su nombre sea rescatado y su figura artística posicionada en el lugar que siempre le ha correspondido por derecho propio. Es, también, tiempo de que esta Andalucía madrastra asuma su verdadero papel y conceda el testimonio de gratitud que, hasta ahora, no lo había tenido con un artista grande, al que el tiempo injusto que le ha tocado vivir jugó una mala pasada.

Juan de Haro, como Nicomedes Díaz Piquero, como Antonio Cano Correa, como Eduardo Carretero, como Francisco Luque, como Elena Laverón, ha merecido mucho más. Sirvan estas palabras como nuestro homenaje y eterno agradecimiento.

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