Konchalovsky vuelve a casa por Navidad

Comedia-musical, Reino Unido, 2010, 110 min. Dirección: Andrei Konchalovsky. Guión: A. K. y Chris Solimine. Fotografía: Mike Southon. Música: Artemiev y Tchaikovski. Intérpretes: Elle Fanning, Nathan Lane, John Turturro, Frances de la Tour, Richard E. Grant, Yuliya Vysotskaya, Charlie Rowe. Cines: Bahía Mar (EL Puerto de Santa María), Yelmo (Jerez) y Cinesa (Los Barrios).

Con los hermanos Nikita Mikhalkov y Andrei Konchalovsky, todo sea por distinguirse, pasa como con Médvedev y Putin o como con Ridley y Tony Scott: que uno no sabe ya quién es el bueno y quién el malo; o mejor dicho, quién es el menos malo de los dos.

Hubo un tiempo en que ambos eran dos jóvenes promesas del nuevo cine soviético, y así lo confirmaron algunas de sus primeras películas, Una pieza inacabada para piano mecánico o Tío Vania, en la mejor tradición chejoviana. Sin embargo, ambos decidieron tomar rumbos diferentes y más lucrativos, ya fuera en el exilio, caso de Andrei, que rodó en Hollywood títulos que van de Los amantes de María a la sonrojante Tango y Cash, o quedándose en casa para reconstruir el esplendor perdido de la Gran Rusia Blanca, caso de Nikita, que nos ha castigado con su insufrible saga de Quemado por el sol o con delirios épicos tipo El barbero de Siberia.

El tiempo lo pone todo en su sitio y ahora los tenemos a los dos de nuevo bien colocados, ya sea en cargos públicos o practicando sin rubor ese cine academicista, transeuropeo, grandilocuente y sin personalidad alguna que huye de todo aquello que huela a invención, riesgo o simple interés por algo que no sea cobrar el cheque.

Konchalovsky se parapeta detrás del prestigio del ballet de su ilustre compatriota Tchaikovski, adaptación del cuento de hadas de Hoffmann, y se sube al carro de la tecnología 3D para confirmar que lo suyo nunca fue la sutileza. Su Cascanueces 3D, un europudding aparatoso que ostenta el dudoso honor de tener una nominación a los Premios Razzie "por el uso más dañino del 3D para los ojos", demuestra que, ante la falta de ideas propias, nada hay más sencillo que esconderse detrás de una suntuosa escenografía distópica (de trasfondo y estética nazi), un lujoso vestuario, un elenco internacional, efectos digitales de medio pelo (ratas, muñecos y juguetes animados con la misma poca gracia), números coreográfico-musicales de dudoso gusto kitsch y las hechuras de una superproducción para sacar rédito estacional al espíritu de la Navidad con cierto pedigrí culturalista.

Apenas la vis caricaturesca de Nathan Lane y John Turturro y la delicadeza natural de Elle Fanning, que en todo caso estaba mucho mejor en Somewhere, donde no le hacía falta actuar, nos estimulan mínimamente el ojo mientras los valses de Tchaikovski nos invitan, qué se yo, a imaginar la película que con unos mismos materiales podría haber hecho un Tim Burton inspirado.

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