Manuel Martínez Arce. In memoriam

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L a Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras me ha brindado la oportunidad de ocupar su tribuna de oradores como ponente del prestigiado y prestigioso ciclo Jerez siempre y, por ende y consiguientemente, la posibilidad de rescatar de las alacenas del olvido una figura jerezana de indudable crédito, nombradía y enriquecedor legado personal: Manuel Martínez Arce. No cabe la menor duda que agradezco sobremanera la invitación -gentil, quizá desmesurada cuanto de mi caso se trata, posiblemente por exceso benévola- concedida por la docta casa. Y la agradezco porque me saco la espina de la desmemoria colectiva para subrayar (en letras fluorescentes) la vida y obra de quien entregara -a manos llenas, a corazón palpitante, a pulmón oxigenado- su inteligencia, su perseverancia, su don de gentes y su fe inquebrantable a la causa periodística, profesional y religiosa. Un ser polifacético, incansable, cortés, inusitado. Porque Manuel Martínez Arce (Jerez de la Frontera, 1907-1989) destacó poderosamente en ámbitos tan castizos y tan sublimes a la misma vez como el periodismo, el mundo de la publicidad y el orbe -¡y la urbe!- de los mundos y los trasmundos de la Semana Santa.

Constatemos brevemente algún significativo apunte a estos tres respectos. Primero: Martínez Arce escribió considerablemente en los periódicos locales. Y su obra periodística, si la miramos hoy al trasluz de las circunstancias históricas que le tocó protagonizar y al arrullo de la típica y a veces tópica idiosincrasia local, constituye un legado paradigmático de prosa sin prisa, de monumento a la dignidad de los valores humanos y una sonata de biensonante soltura gramatical. Escribía artículos muy bien plumeados, como dictados por las alas angelicales su espíritu comprometido con la honradez de su pensamiento, con la rectitud del más conjuntivo decálogo moral, con ese necesario consorcio que ha de establecerse entre las cosas mundanas y los asuntos de Dios. De estilo directo y pegadizo, con acentos envolventes y un tecleado lineal pero profundamente literario, nuestro protagonista destilaba esa pegadiza maestría de los más preclaros escritores de periódicos del medio siglo.

Segundo: Su inclusión en el género publicitario cuajó enseguida, encontró la horma de su zapato, halló el lingote de su valía, desde que entrara a formar parte de la celebérrima empresa Publixerez. Un fichaje cuyos réditos depararía innúmeros proyectos sin duda rompedores, amén de sujetos a un vanguardismo comercial raramente reconocible antaño. Rompería moldes en el gremio con la facilidad de su talento o con el talento de su facilidad. Una rara avis todopoderosa, un romántico de los dividendos, un rentable ideólogo de la sociología publicitaria. Sobre su mesa de operaciones molturó Martínez Arce todo un arsenal de iniciativas que pronto ligarían realidades tan opuestas, tan antagónicas, tan antónimas hasta la fecha como la edición de libros y revistas y los faldones publicitarios, el arte del diseño gráfico y la cultura de sensaciones, las reminiscencias aristocráticas jerezanas y su traducción en un bosquejo colorista de los espacios. Hizo patria sin resbalar en las trampas de ningún chovinismo. Entrelazó el tejido empresarial de la ciudad editando publicaciones de incontestable calidad, formaba e informaba, dibujaba titulares, encargaba etiquetas, suministró enfoques artísticos a la frialdad de la comercialización de la oferta y la demanda.

Tercero: Manuel Martínez Arce luchó denodadamente por el florecimiento, la ordenación y el esplendor de la Semana Santa Jerezana siempre a mayor Gloria de Dios. Dios como guía, como norte, como simiente, como labranza. Y a su tenacísima labor en pro de la ideación, de la creación y de la constitución de la Unión de Hermandades y, por ende, de la Carrera Oficial hay que sumar -como eslabones de una misma cadena- su concluyente concurso en la creación de la Diócesis Asidonia-Jerez, del entonces Secretariado Diocesano de Hermandades y Cofradías -hoy rebautizada como Delegación Diocesana- y de activísimas bolsas de caridad a diestro y siniestro. Como artífice de la mencionada Unión de Hermandades -de cuyo primer Consejo ocupó cargo de secretario- aportó lo indecible, gestionó hasta la extenuación, buceó en las acuáticas profundidades de los despachos burocráticos, de la mano izquierda y la larga cambiada, de la elegantona media verónica en la diplomacia necesaria para convencer a propios y extraños, a políticos y a representantes eclesiales, de la idoneidad -intachable e inmarchitable- de unificar los horarios e itinerarios de las cofradías, así como de construir una entidad responsabilizada de velar armónicamente por los intereses comunes de las hermandades jerezanas. En 1939 reorganizó la cofradía de las Cinco Llagas, corporación de la que fue alma máter hasta su fallecimiento. En la sede de la Academia procuraremos esta noche, a partir de las 20:30, iluminar la senda de su portentosa herencia.

Marco Antonio Velo García

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