Manuel Morao, un viaje de mil años

Cuando el ascendiente imaginario de Manuel Morao, el Patriarca Ben, el Egipciano, atravesó, a finales del siglo XV, el último escollo del río Guadalete, para llegar a Jerez, su tierra prometida, quedó maravillado por el color canela de sus torres y murallas, que aún rodeaban a la mayor parte de la ciudad. Pero encontró, hacia el Oeste, junto a la Puerta que más tarde se llamaría de Santiago, una suave colina, un cerro de tierras blancas, idóneo para instalar allí su campamento. Después de atravesar, con su pequeña tribu de músicos ambulantes, miles de kilómetros de desiertos y arenas, el bosque de los alcornocales les pareció casi un milagro; podían casi acariciar los madroños con sus manos de bailarines, recoger zarzamoras negras, que se enredaban entre los arroyos cubiertos de rododendros y casi pisar los conejos, que aparecían por todas partes y que cazaban con sus perros podencos, traídos de Egipto. Avanzaron cruzando las dehesas de Asidonia, cubiertas de lomas, de matorrales de lentiscos y de reses retintas, que pastaban en unos prados rebosantes de flores y de cardillos y alcachofas silvestres, con copetes reventones de color cobalto. Buscando siempre el Poniente, hacia su ciudad encantada, alcanzaron la campiña jerezana, llena de trigales, que se mecían como sus brazos gitanos con el aire fresco del atardecer, de viñedos verdes, rendidos con el peso de sus racimos de uvas, rubias como el sol, mientras que al paso de sus tartanas, les salían y zumbaban, apresurados, grandes bandos de perdices rojas, tan gordas como pionas. Les habían contado, que en esta tierra, que ansiaban, vivían muchos artistas como ellos y orfebres, que estaban construyendo grandes iglesias y casas señoriales, con patios y jardines llenos de limoneros y que allí se valoraba mucho el arte.

Como el grupo de Ben, formado por un centenar de gitanos, eran todos cantantes y bailarines, pensaron que allí serían bienvenidos y tal vez, si encontraban trabajo, podían quedarse allí para siempre. Arreglaron sus carromatos, llenándolos de mantas de colores, de cortinajes de sedas, que guardaban de la India, de flores que encontraron en las cunetas y entraron en Jerez cantando y bailando, con un compás, con unas voces y con un ritmo, que jamás había sido visto en aquella ciudad.

-¡Vivan, vivan los gitanos! -¡Mirad, mirad, fijaos, en aquella gitana tan guapa; cómo mueve su cintura esa chiquilla! -¡Ole, ole, qué arte tienen! -!Quedaos aquí, cantad y bailad siempre para nosotros! -¡Eso, eso, que se queden! -gritaban los chaveas, sobrecogidos con tanta belleza-. - ¡Ole, vivan, vivan los gitanos!

Y aquí encontraron a esos vecinos que supieron apreciar el arte gitano; un baile y un cante inigualable, que habían aprendido en su largo caminar, en un éxodo de cinco siglos, desde que salieron del norte de la India, huyendo de las guerra, de las pestes, perseguidos y expulsados de todos los sitios, pero siempre cantando, siempre bailando para olvidar sus penas, sus duquelas. Del Punjad, traían el braceo, el uso de los crótalos, los panderos y las ropas de colores fascinantes, que adornaban las figuras de sus mujeres, también el sentido profundo y espiritual de la vida y la convivencia con otras razas. Atravesaron la Mesopotamia, Persia y todo el Oriente Medio, y aprendieron de las tribus con las que se cruzaban sus ritos, sus culturas; oyendo sus voces de terciopelo y a veces roncas, sus toques exóticos y hasta sus oraciones, que con los años, adaptaron aquí a sus saetas y a sus cantes por martinetes, tan secos y rajados. Cruzaron por Palestina, donde las mujeres de la estirpe de Ben, aprendieron la manera de seducir con el baile de los 7 velos, unos movimientos que aplicaron a su siguiriya y a la soleá. Y en Egipto, conocieron, en sus fiestas de las mil y una noche, en las tiendas de los príncipes, el baile del vientre; la forma de mover la cintura tan intrigante, tan mítica, tan sexual, que encandilaba a los jeques, a los emires y a los propios gitanos, que asistían y actuaban en todas las celebraciones, donde destacaban siempre con su música, llena de sentimiento y "jondura".

De manera que Manuel Morao, quinientos años más tarde de aquel aterrizaje prodigioso de Ben y sus gitanos artistas, recibió y aprendió de sus ancestros, todo eso, todo ese bagaje, el mestizaje de las distintas culturas musicales, que fueron transformando, ya en Jerez, en el verdadero cante, baile y toque gitano, tan complejos, tan geniales, que son imposibles de imitar, porque los llevan en su propia sangre, en los genes de un pueblo, que usó la música para salvarse, para sobrevivir, durante nada menos que mil años.

Y luego, Manuel, le infundió su propio estilo a lo largo de casi todo el s. XX. El Patriarca, Manuel Morao, volvió a atravesar el mundo, trasmitiendo ahora todo lo que había recibido de antaño, pero con su aportación artística personal, aquella que le salía del alma, de sus entrañas. Comenzó su segundo Gran Viaje, recorriendo Europa y mil lugares distintos. Y a esos sitios, tan lejanos, les llevó Manuel, el toque gitano más sublime, lo más puro de Jerez, un rasgueo de guitarra, tan angustioso a veces, tan alegre otras, pero siempre profundo, diferente y único. El sonido estremecedor aprendido en un viaje de mil años, danzando, cantando, sonriendo y llorando.

Enhorabuena, Manuel, patriarca del toque flamenco y gitano de Jerez, te mereces ser hoy su Hijo Predilecto y gracias Morao, por habernos enseñado la música de tu sangre, la marea de arte que trajo hasta aquí aquella familia, quizá no llamada de Ben, pero tan llena de gracia, de embrujo, de duende y de color.

-¡Quedaos para siempre entre nosotros!

-¡Vivan, vivan los Gitanos de Jerez!

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios