Mejor por partes

  • El poema 'La Niebla' del escritor José Mateos se desluce en la Compañía

Las obras de teatro escritas en verso (Tirso, Calderón o Lope, o el duque de Rivas, por citar uno más moderno), estaban concebidas desde un principio para eso: para ser representadas sobre un escenario. Esto es: había en el autor una intención clara de entretener al público, de crear personajes y situaciones dramáticas o hilarantes. Empero, 'La niebla' es un poema de José Mateos que nunca fue concebido para ser representado sobre las tablas de ningún teatro. Así las cosas, casi huelga explicar la dificultad enorme por adaptar un texto que no tiene argumento, ni más dramaturgia que la creada por Gaspar Campuzano, alma máter del traslado de los versos a las tablas, y que, por otro lado -era inevitable- deja trazos zarandísticos, si cabe la expresión. No en vano, son muchos años los de Gaspar en La Zaranda y tenían que notarse en esta obra cuya propuesta escénica está salpicada, aunque no en exceso, de fotografías afines a la compañía. El atrezzo, los personajes polvorientos, el conjunto escenográfico es una pincelada breve pero intensa de un Gaspar que acertó casi de pleno en su debut como director de escena. Y decimos casi porque resulta incomprensible vestir a las dos actrices exactamente iguales, peinarlas exactamente iguales, para que reciten exactamente en igual tono. Era como ver a una artista desdoblada.

El efecto, lejos de innovar o crear un resultado que ahora mismo no adivinamos, nos pareció un error que no contribuyó a darle a la obra ningún matiz. Si en vez de dos, hubiera salido una actriz a actuar, no hubiera pasado absolutamente nada.

Ahí, prácticamente, se termina todo. La calidad de texto de Mateos no puede discutirse, independientemente de que entre más o menos en los gustos de este crítico. En cuanto a los actores, cumplieron el difícil papel de recitar unos versos austeros, tétricos e inquietantes. El amor, la muerte y el paso del tiempo, piedras angulares de la poesía universal, no tienen más ingredientes, luego, claro está, hay que saber escribirlos con maestría.

Por otro lado, la música fue un importante apoyo que ayudó y mucho a crear ambiente. La obra se salva, de todas formas, no por la suma de sus elementos, sino por la división de éstos. El resultado de esa anexión es una obra aburrida, aburridísima, tal vez por la naturaleza de un texto que, como decía al principio, no nació para ser teatro.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios