Lectores sin remedio por Ramón Clavijo y José López Romero

Mendoza

Eduardo Mendoza provocaba hace algunas semanas la ira de muchos, pero también los aplausos entusiastas de otros. Todo sucedía en el marco del Congreso de la Lengua española celebrado en San Juan de Puerto Rico. Allí, en el hasta ese momento protocolario, convencional y excesivamente académico discurrir de las sesiones, un Mendoza indiferente al qué dirán y con ironía, sello distintivo en su obra literaria, afirmaba: A mí me da lo mismo que la gente lea o no lea y si no lo han hecho hasta ahora no van a empezar porque yo se lo recomiende. Además, la mayoría de libros que nos rodean no sirven para nada. Son una birria". A estas alturas no voy a traicionarme en mis convicciones para aplaudir el descaro de Mendoza, pero les confieso que en parte tengo que alinearme con él. Con su sinceridad y realismo, porque muchos libros -muchísimos- no merecerían nunca llegar a las librerías y menos a manos de aprendices de lectores a los que luego tenemos que convencer de las bondades de la lectura. Y es que cada vez más libros parecen estar escritos con un propósito contrario al que se les podría presuponer, amar la lectura. Algunos han querido ver en las palabras del barcelonés un ataque al esfuerzo de muchos y que de alguna manera se materializan en las campañas de fomento a la lectura. No lo creo, como por supuesto no creo que estemos concediendo demasiada importancia y esfuerzos a las mismas, que más bien son en estos tiempos que corren iniciativas más defensivas que reivindicativas de la lectura. No, el problema no está ahí, y por tanto no creo que se pierda el tiempo en una reivindicación con propósitos tan loables. El problema, como parece señalar Mendoza, más bien está en lo poco exigente que es esta sociedad tecnológica en el ámbito de la cultura con la creación artística, ofreciéndonos sin pudor propuestas nada enriquecedoras, eso sí con envolturas tan atractivas como vacías de contenido que finalmente, como denuncia el autor de La verdad sobre el caso Savolta, poca fuerza tendrán no ya para hacer nuevos lectores sino siquiera retener a los que aún nos consideramos como tales.

Ramón Clavijo Provencio

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